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Editorial: ¿Qué pasa con TransMilenio?

16 de febrero 2014 , 07:58 p.m.

Nada nuevo hay en las razones que motivaron la más reciente ola de protestas en varias estaciones del sistema TransMilenio de Bogotá. Los reclamos de la gente son los mismos de hace unos meses. La indignación es la misma. El caos y las consecuencias para la movilidad, idénticos.

De nuevo afloraron las críticas por la demora en la frecuencia de los articulados, por el sobrecupo, por las estaciones atiborradas, por la escasa flota de buses alimentadores. A simple vista parecen reclamos justos y fáciles de solucionar. Y sin embargo, no ha sido posible, bien por razones técnicas, económicas o porque no hay voluntad política.

Pero no fue solo este tema el que puso de nuevo en el ojo del huracán al sistema. Una seguidilla de denuncias alertaron acerca de un fenómeno que se torna cada vez más crítico: el acoso y el abuso sexual al que se están viendo sometidas las mujeres en buses y estaciones y que merecen el repudio de la sociedad en su conjunto.

¿En qué momento TransMilenio, orgullo y símbolo de los bogotanos, se convirtió en fuente de protestas, de reclamos y en foco de inseguridad? ¿A quién le cabe la responsabilidad de su suerte actual? ¿Por qué se permitió que las cosas llegaran hasta este extremo?

No se puede seguir repitiendo la frase manida de que los problemas de TransMilenio son producto de su propio éxito. Eso ya no. El problema de TransMilenio es estructural –hace rato que lo es– y gerencial. Cómo será de grave su situación que hasta las soluciones que plantea la Administración suenan a cliché, pues son las mismas que se ofrecen en cada manifestación y bloqueo: más buses, estaciones más amplias, más pedagogía.

Lo mismo pasa con la inseguridad: más policías, más puestos para denunciar, más control, más solidaridad. Pero, desafortunadamente, al cabo de los meses todo vuelve y se relaja y el círculo se repite: inconformismo e ineficiencia. Lo grave es que si las cosas siguen así, la crisis puede escalar peligrosamente, de ahí que se necesiten medidas de fondo y urgentes.

No es una tarea sencilla. Para comenzar, los gobiernos de izquierda desaceleraron la construcción de nuevas troncales y hoy hay un rezago de ocho años; la ampliación de estaciones, algo básico, se hace con cuentagotas; el mejoramiento en la frecuencia de los buses, particularmente en horas pico, sigue quedándose corto ante la demanda cada vez mayor de pasajeros, y el complemento ideal de toda la operación, el Sistema Integrado (SITP), tiene múltiples dificultades, empezando por el paralelismo con el transporte público ordinario.

Si desde el comienzo de su gobierno el alcalde Gustavo Petro se hubiera dedicado a atender de manera decidida el frente más apremiante que tiene la ciudad, el SITP, seguramente hoy habría menos tensión. En cambio, abrió demasiados frentes de trabajo y generó tal cantidad de polémicas públicas que distrajeron al gobierno y lo alejaron de lo urgente.

A TransMilenio hay que salvarlo a toda costa. No solo del atraso en que lo sumieron sucesivos gobiernos, sino de quienes quieren acabarlo sin que las autoridades hagan nada por evitarlo.

Y no nos referimos solo a sus enemigos políticos, sino a quienes promueven y toleran prácticas como el acoso a las mujeres, las ventas ambulantes en los buses, la presencia de indigentes, los colados y la inseguridad (el nivel de victimización en el sistema subió de 3 a 11 por ciento en el último año).

En últimas, TransMilenio requiere, con urgencia, gerencia y autoridad.

editorial@eltiempo.com.co