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'Con mi padre recuperé el tiempo que nos robó la dictadura'

Ezequiel Martínez, el hijo de Tomás Eloy Martínez, habló sobre la relación con su padre.

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15 de febrero 2014 , 11:08 p.m.

Ezequiel Martínez es el hijo del periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez, fallecido en el 2010. Es periodista, como su padre, y además trabaja en la Fundación Tomás Eloy Martínez, que promueve el pensamiento del también guionista de cine, cronista y ensayista.

Es, como sus seis hermanos –fruto de tres matrimonios–, guardián de una herencia de la que hace poco llegaron unos nuevos paquetes: “Faltaban los documentos de mi padre que se quedaron en uno de sus viajes a Estados Unidos”, cuenta.

Martínez estuvo en el Carnaval de las Artes, en Barranquilla, conversando con la escritora argentina Graciela Gliemco sobre la trayectoria de su padre, y habló con EL TIEMPO.

¿Cómo era la relación con su papá?

Yo no crecí junto a él, pero pudimos recuperar con intensidad el tiempo perdido, o más bien, que nos robaron (en la dictadura argentina, Martínez tuvo que salir de ese país y vivió en Venezuela). Así que mis recuerdos de la relación padre-hijo tienen más que ver con la vida adulta. Le encantaban las reuniones familiares y entre 7 hijos, nueras, yernos y nietos (somos una tribu considerable)siempre celebrábamos sus cumpleaños juntos.

¿Qué le daba mal genio?

No poder escribir. Y recuerdo que era importante que respetáramos sus tiempos de escritura. Sabíamos que no podíamos llamarlo ni visitarlo durante determinadas horas, que eran las que él dedicaba a escribir. Se imponía una férrea disciplina en ese sentido, pues cualquier distracción le quebraba el ritmo de trabajo.

¿En qué momento se da cuenta de que su papá es una persona importante?

Para un hijo, el padre es siempre en primer lugar su padre, más allá de ser o no una figura pública. Cuando uno es chico, no le presta importancia a que su papá salga en un periódico o en una revista. Yo tengo la sensación, a la distancia, de que lo vivía como algo natural. Creo que tomé conciencia de lo que significaba él para el periodismo cuando regresó del exilio y su nombre recuperado sonaba como una de las deudas saldadas por el resurgimiento de la democracia.

¿Y en algún momento se aprovechó de esa relación?

No, pero recuerdo el gran impacto que tuvo la publicación de su libro La novela de Perón (1985). Por aquellos años yo empezaba a estudiar periodismo, y nunca revelé mi árbol genealógico ni le pedí que me hiciera algún contacto para entrar en un medio. Quise probarme más allá del vínculo. Con el tiempo, cuando me afiancé en mi carrera y no tuve problemas en decir, con bastante orgullo, quién era mi padre.

¿En los días de la dictadura, su papá pensaba que por ser alguien reconocido no podía ser alcanzado o estuvo consciente del peligro?

Sabía que estaba amenazado y eso quedó demostrado a finales del año pasado, cuando se difundieron las listas de la dictadura con las personas prohibidas o ‘sospechosas’ y él figuraba en todas dentro de la categoría de ‘máxima peligrosidad’. Su exilio en Venezuela fue entre 1975 y 1983.

¿Qué pasó con ustedes?

A él le preocupaba, sobre todo, la seguridad de mis dos hermanos mayores, que eran adolescentes, y la adolescencia en esos tiempos también podía ser peligrosa. Mi hermano mayor lleva su mismo nombre y, conociendo la torpeza de los militares, temía que lo confundieran con él.

¿Y qué hizo?

Entonces, en 1977 se los llevó a Venezuela a vivir con él. Tomás regresó un par de años después, con la consigna de mantener un rotundo bajo perfil. El otro, Gonzalo, se quedó varios años viviendo en Venezuela, donde luego se casó y nació su hija.

Uno de los libros más importantes de su papá es ‘La pasión según Trelew’, que narra hechos terribles de la dictadura, y una de sus ediciones fue quemada por los militares...

El remanente que quedaba en la editorial de la tercera edición fue quemado en un cuartel militar en 1976. Yo era muy chico cuando eso ocurrió. Mi padre, exiliado, intuyó que era apenas una pequeña muestra –ínfima, si se compara con todo lo que ocurrió– del horror que nos iba a tocar vivir a los argentinos. De todas formas, creo que, más que dolerle que quemaran un libro suyo, lo que más lo angustiaba era saber que su nombre estaba marcado y que no podría regresar al país.

¿Y eso, precisamente, es lo que se ve en otro de sus libros, ‘Purgatorio’?

Él escribió Purgatorio para recuperar, a través de la literatura, los años que no pudo vivir en Argentina. Fue su manera de vivir esa vida que le arrebataron. Él sentía mucha angustia por estar lejos, no solo porque afuera se sabía mucho más de lo que estaba pasando, sino porque todo exilio es una manera de negarle a alguien parte de su identidad. Y por supuesto, el hecho de no poder ver crecer a sus hijos le desgarraba el corazón.

El libro narra la historia de Simón Cardoso, detenido por los militares en 1976 y quien nunca más aparece. Tres décadas después, en Nueva Jersey, su esposa, Emilia Dupuy, oye su voz en un restaurante.

¿Cómo fue su relación en el exilio?

Nosotros viajábamos a Venezuela (donde dirigió varias publicaciones) en las vacaciones y era el único momento del año en que nos veíamos.

Y el resto del tiempo, ¿cómo se comunicaban?

Se preocupaba constantemente por nosotros, llamándonos por teléfono todas las veces que podía y escribiéndonos largas y hermosas cartas en que nos contaba qué hacía. A cada carta le añadía un extenso cuestionario en el que nos preguntaba por nuestras vidas. Las cartas llegaban siempre abiertas y nuestro teléfono estaba intervenido. Pero a pesar de esos abusos del poder militar de aquellos años, nada impedía que su presencia a la distancia fuera constante.

¿Qué fue lo primero que leyó de su papá?

Lo primero que recuerdo haber leído es Lugar común, la muerte, que publicó en Venezuela (colección de relatos). Es un libro que todo cronista o estudiante de periodismo debería leer. Después, supongo que habré seguido con Sagrado, su primera novela, publicada en 1969 y que nunca quiso reeditar, y a partir de ahí seguí leyendo sus libros en orden cronológico. Recuerdo dónde y cómo leí cada uno de ellos.

Hábleme de eso...

La novela de Perón la devoré en un viaje en ‘micro’ de Río de Janeiro a Buenos Aires; Santa Evita (publicada en más de 30 idiomas), en el primer apartamento al que fui a vivir solo; El vuelo de la reina, en un viaje por Europa... Pero al que me siento más ligado afectivamente es a Purgatorio, porque fue la novela que revisamos y corregimos juntos durante una estadía en Boston a la que lo acompañé para uno de sus tratamientos médicos.

¿Qué es lo que más extraña?

Sus llamados telefónicos a primera hora de la mañana para contarme un chisme o preguntarme sobre tal libro o autor; estar al lado suyo viendo una película, mientras comentaba una escena o rescataba una anécdota de este o aquel actor; el relato de sus historias inventadas, que contaba como hechos reales; sus lecciones de periodismo en medio de una charla cualquiera; su capacidad para hablar con el mismo interés con un estudiante o con un premio Nobel; verlo sentado frente a su computador durante media hora concentrado en encontrar la palabra justa, la frase exacta. Extraño no tenerlo al lado para preguntarle más cosas sobre lo que escribió, la gente que conoció, la vida que vivió.

¿Qué es para usted el periodismo y qué cree que pasa hoy con esta profesión?

El periodismo es una elección de vida. Hay que tener vocación y sentir pasión por lo que se hace. Yo empecé en periodismo porque me gustaba escribir y, por supuesto, leer. Pronto me di cuenta de que no tenía el talento necesario para la ficción, así que encaucé mi gusto por la escritura a través del periodismo. Hoy, sin embargo, la profesión vive una de sus mayores encrucijadas. La tecnología está modificando de manera vertiginosa no solo al periodismo, sino la manera en que la sociedad se informa. El futuro, en ese sentido, es una incógnita.

Lo que tiene la Fundación Tomás Eloy Martínez

“Decenas de cajas, con más libros, papeles y archivos que habrá que seguir ordenando, llegaron hace poco de Estados Unidos, con todas las cosas que mi padre había dejado allá”, dice Ezequiel Martínez, presidente de la Fundación TEM, que funciona en Buenos Aires (Argentina) desde hace tres años.

Tiene el archivo completo y original del material bibliográfico y audiovisual sobre la vida y obra del escritor.

Igualmente, ofrece estímulos, talleres y tutorías a autores jóvenes para la producción de material periodístico y literario de calidad, y difunde los trabajos de quienes participan en sus programas.

Además, “incentiva el debate y la reflexión sobre temas concernientes al oficio narrativo, mediante actividades que promuevan la discusión y la generación de conocimiento”, dice en su página web.

Ezequiel Martínez afirma que se siente “orgulloso de estar al frente de la Fundación que él me pidió crear y del trabajo que estamos haciendo. Es mucho más arduo de lo que imaginaba, pero después de tres años logró consolidarse como un lugar de referencia en el circuito cultural porteño. Allí hemos tenido como conferencistas a, entre otros, Juan Villoro, Ricardo Piglia, Leila Guerriero, Juan Cruz y Alberto Salcedo Ramos”, entre otros.

Y agrega que cree que su padre “estaría muy feliz de ver cómo funciona”.

Este año, y con motivo de los 80 años del nacimiento del escritor y periodista, “tenemos pensado realizar una muestra con fotografías, objetos y manuscritos que fueron clasificados gracias al trabajo que venimos haciendo con su archivo personal”.

La colombiana Margarita García Robayo es la directora ejecutiva de la Fundación.

OLGA LUCÍA MARTÍNEZ
Redactora de EL TIEMPO