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Editorial: La disyuntiva de Venezuela

15 de febrero 2014 , 08:28 p.m.

No son una novedad para Venezuela las escenas de calles atiborradas de manifestantes que marchan a favor o en contra del Gobierno, movilizaciones que hasta la semana pasada se habían caracterizado por lo fervorosas, por la polarización que reflejaban y el marco de evidente tensión en el que se desarrollaban, pero en las que no se había registrado derramamientos de sangre, salvo contadas excepciones. Por lo anterior, lo ocurrido en estos últimos días marca un preocupante punto de giro en la evolución de la situación –cada vez más crítica– del país vecino.

Fueron tres los muertos –entre ellos uno pertenecientes a las filas chavistas– y hubo más de sesenta heridos. No está claro de dónde provinieron los disparos. Lo que sí es un hecho es la proliferación de escuadrones de civiles en motocicletas, los denominados ‘Tupamaros’, que portan armas largas con la tácita anuencia de las autoridades, según denuncias de la oposición. El gobierno de Nicolás Maduro, que ya tiene acorralada a la prensa escrita obstaculizándole de mil maneras el acceso al papel, ordenó retirar de la oferta de la televisión por suscripción el canal NTN24, que transmitía los acontecimientos. A lo anterior se suma que el viernes por la noche un portavoz de la red social Twitter confirmó que alguien, muy probablemente el Gobierno, estaba bloqueando las imágenes publicadas desde este país. Por último, y para darles más argumentos a quienes insisten en que el péndulo se acerca cada vez más al costado de la dictadura, se emitió orden de captura contra Leopoldo López, líder del sector de la oposición que invitó a salir a las calles con la expectativa de forzar un cambio de fondo.

Todo lo dicho dibuja un panorama muy preocupante en el vecino país, que se agrava al constatar el silencio de los gobiernos de la región, pasividad que no incluye a Bolivia, Ecuador y Argentina, irrestrictos aliados de Miraflores. Lo primero ante tal estado de cosas es clamar por la sensatez, más cuando se sabe que todo esto tiene lugar sobre un polvorín. Situación que, como es lógico, perjudica a Colombia, en particular a la zona de frontera, azotada por el contrabando y la devaluación del bolívar. La represión de este fenómeno es necesaria, desde luego, pero no puede ser la única acción de ambos gobiernos en una región que conoce muy bien las espaldas de Caracas y Bogotá.

Ante tal panorama, es menester recordar que Venezuela ha sabido resolver sus tensiones políticas sin violencia. Desde que Hugo Chávez fue elegido a finales de 1998, las elecciones, mucho más que la calle, han sido la vía que canaliza la insatisfacción o el apoyo a las políticas desde entonces desplegadas. En casi una veintena de comicios, la participación ciudadana ha tramitado las tensiones políticas moderando a los dos lados de un país dividido casi en mitades iguales.

Los próximos comicios solo tendrán lugar a fines del 2015, lapso amplio y suficiente para que cada uno encuentre formas democráticas y constitucionales de encauzar sus desacuerdos y la protesta social, que, de continuar por la senda actual, seguirá degradándose y dando pie a un escenario en el que, como ya comienza a ocurrir, el respeto a los derechos fundamentales tiende a diluirse.

El oficialismo debe aprovechar este tiempo para hacerles frente al descalabro económico, el desarreglo fiscal y cambiario, la corrupción, el desabastecimiento y la criminalidad, cuya sumatoria es combustible de la movilización social. Debe quedar claro que la respuesta a la inconformidad de quienes no comulgan con el proyecto chavista no puede seguir siendo el bloqueo institucional, la negación del pluralismo y la interferencia del juego político, junto con la ya comentada censura y control de los medios de comunicación. Si no hay un cambio en este sentido, la desesperación de sectores impacientes de la oposición puede forzar un desenlace por las vías de hecho, alternativa que nada justifica y que, además, encarna un serio riesgo de que la situación de millones de venezolanos empeore.

La Mesa de la Unidad Democrática (MUD), que se ha opuesto a las movilizaciones recientes, tiene retos enormes. Enfrenta diferencias sobre cómo recuperar el terreno perdido en diciembre en las municipales, cómo llegar a amplios sectores sociales y hacerlos parte de su estrategia de cambio de régimen político, y cómo recoger el descontento de la población.

Desde esta orilla, el gobernador de Miranda, Henrique Capriles, pide que prime la razón por encima de la emoción y acertadamente llama a recorrer “el camino más largo y más seguro que evite situaciones que conduzcan a la violencia”, que, en sus palabras, “le interesa a este Gobierno para tapar la crisis”. Llama a protestas pacíficas, buena gestión pública y contactos con la gente.

Los jóvenes que están viéndose obligados a emigrar por la asfixiante polarización, la crisis en las universidades y la falta de oportunidades encabezan protestas en muchos lugares de Venezuela. Esas marchas, las de la oposición y las contramarchas oficiales deben conducir a un trámite pacífico de las divisiones. Ambos lados no tienen más alternativa que dialogar y construir opciones democráticas a la turbulencia política y la violencia. La población venezolana ha sido ejemplo de trámite pacífico de diferencias y conflictos. Esperamos que lo siga siendo.

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