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'La misa ha terminado', hilaridad e ingenio de Álvarez Gardeazábal

El escritor elabora una historia sobre la homosexualidad en la Iglesia católica.

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14 de febrero 2014 , 08:03 p.m.

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Traer al Papa a Buga era un imposible metafísico para todo el que oía la idea, menos para monseñor Casimiro. Cuando el padre prior de la basílica se quedó mirándolo, monseñor no pensó que estaba frente al gran director de uno de los más fructíferos negocios de los redentoristas en el mundo, sino observando a una tortuga. Los ojos parecían girarle 270 grados. La idea era más que loca, era presuntuosa y solo a un vanidoso como monseñor Casimiro podría ocurrírsele.

Unos ojos tan grandes abrió doña Amparo Azcárate cuando le dijo lo mismo al servir el delicioso postre de fresas y suspiros después de una opípara comida (en donde hay que reconocerlo, se les fueron de más los espumosos y los caldos de Undurraga). Ella, como nunca ha tenido cerebro de dinosaurio sino que por genes y educación posee compostura de exquisita bugueña, y por tanto, capacidad de administrar a curas explotadores y a mujeriegos empedernidos, abrió más los ojos y en lo profundo de su ancestro, le pareció que el obispo no andaba tan descabellado. Sería la gloria eterna para su pueblo, para la memoria bendita de don Chepe Azcárate, el bisabuelo rico que le regaló a la curia el palacio donde despacha el obispo. Monseñor se la pilló con su ojo ultrasónico de cóndor de los Andes y al despedirse le dejó sembrada la semilla para que día a día, hasta cuando todo se fuera convirtiendo en realidad, ella fuese la benemérita madrina del acontecimiento.

Pensar no más en dónde acomodar los millones de peregrinos implicaba ampliar hasta extremos nunca imaginados la plazoleta de la basílica del Señor de los Milagros. Organizar dónde se cuadrarían los miles y miles de buses y de vehículos que traerían a esos peregrinos, enloquecería a cualquiera, menos a Casimiro. Pero finalmente él sabía muy bien que detrás de todo el aparataje estaba la gran posibilidad de aspirar al capelo cardenalicio. No quedaba cardenal en Colombia, no importaba que fuera el único aspirante a cardenal de una diócesis tan pequeña como Buga, pero era también el único obispo colombiano con el abanico de las conexiones internacionales que le permitirían buscar apoyo económico para semejante aventura. Se había movido elegante pero muy rentablemente en la pecera gigantesca del Vaticano. Había sido mundano cuando tocaba. Ferviente creyente en los altares donde se consagraba y astuto perro sabueso para medir y explotar la vanidad de los más poderosos. No era tarea difícil. Traería al Papa a la Basílica del Señor de los Milagros de Buga. Para ello solo necesitaba conformar un equipo humano que le cupiera todo en la cabeza.

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Traer un papa a Buga era más que una epopeya y Casimiro se fue dando cuenta de ello. El cardenal arzobispo de Toledo le ayudó económicamente y le puso sus hilos al servicio. Había empezado a montar su corte de futuros votantes en el cónclave desde cuando se dio cuenta de que a Benedicto le habían elegido por comodidad pero que tampoco iba a durar. Un papa elegido cuando cumplía los ochenta años estaba biológicamente condenado a no vivir mucho y para el siguiente episodio de la elección de pontífice había que conformar un gran equipo. Pues a todos ellos, a todos los que estaba ayudando y pastoreando, los puso al servicio de Casimiro, el obispo de Buga que quería llevar a Benedicto a la basílica del Señor de los Milagros de Buga. Pero esos hilos cardenalicios servían para ordenar algunos recursos y dotar a la basílica de elementos mínimos que le permitieran recibir al Papa y, por supuesto, también servían para volver cada vez más famoso y más intrigante, y sobre todo más extrañamente poderoso, a Casimiro dentro de la curia vaticana sin haber llegado a ser nominado cardenal. Pero no servían para poner en cintura al alcalde ni al gobernador, ni siquiera al mismo presidente. Una visita papal a Buga era una visita papal a Colombia y aunque solo viajaría al aeropuerto de Cali y allí tomaría un helicóptero hasta el batallón Palacé, donde se alojaría, descansaría y tomaría aires en su ancianidad, garantizar las facilidades para los miles y miles, tal vez millones de fieles católicos que acudirían en masa a la basílica era algo descomunal. Doña Amparo fue nuevamente su ángel guardián. En una de sus sentadas a manteles, mientras los espumosos salpicaban las delicias de su cocina ancestral, ella le sugirió que montara un equipo integrado por los seminaristas más cercanos a ser sacerdotes y que con los curas de las parroquias de toda la diócesis montara el equipo para responder a semejante aventura. Él había pensado, más aun ya había escogido, a algunos de sus párrocos para que asumieran ciertas funciones, pero no había pensado en la gente joven porque siempre estuvo pendiente de recibir apoyo de los mayores y eran ellos los que le habían proporcionado no solo satisfacciones sexuales sino construido los escalones para su vertiginoso ascenso. Le creyó a doña Amparo, no le tuvo miedo a la juventud, se parapetó en ella y acudió entonces a los seminaristas. Allí comienza esta historia a cuajarse, Casimiro a promoverse como el más notorio de los obispos colombianos y la llegada del papa a convertirse en realidad. Pero, también, se inicia la batalla que conduciría a cruzar los caminos de unos con los de otros, a desnudar las ambiciones de Casimiro y los ritmos malditos de Martín y Rogelio y, lo que nadie ha aceptado pero que terminó siendo una verdad hiriente: que el gran coordinador de la visita papal fuera El Demente.

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Cuando el papamóvil llegó al atrio de la basílica, la gente ya estaba ronca de gritar. Fue el desfile triunfal. Allí estaban entonces para recibirlo, el padre prior de los redentoristas de la basílica y Casimiro, obispo de Buga, revestido como tantos centenares de obispos que habían acudido de toda América Latina a acompañar a su sumo pontífice, pero dotado de una suficiencia absoluta que alcanzaba a sentirla la multitud. Fue por él que el Papa llegaba a Buga. Había sido por él que el Señor de los Milagros quedaba convertido en un cristo universal y lleno de gracia. Y, como el manejo de los medios durante cada día del año anterior le había hecho lentamente aparecer como el responsable de lo que era una hazaña imposible, el grito comenzaba a ahogarse en la garganta del millón o dos millones de peregrinos. Todos querían significar que su obispo era el gran gestor. Y no se hicieron esperar. Cuando el Papa volvió de la sacristía revestido de pompa y rojo para la misa y a su derecha Casimiro emulaba espacio con el cardenal camarlengo, la multitud volvió a rugir y en el momento de la homilía, cuando el anciano alemán, sentado en su trono leía en un español cadenciosamente acentuado el mensaje a los devotos del Señor de los Milagros y llegó al renglón de los agradecimientos, el volcán estalló. “Quiero agradecer a su obispo, monseñor Casimiro, que ha hecho posible…” y no lo dejaron terminar. Desde la entrada de Carrefour hasta el atrio de la basílica. Desde el Hotel Guadalajara hasta la plaza de Cabal. Desde todas las calles aledañas donde, alrededor de pantallas perfectamente colocadas, los millones de personas seguían la ceremonia, el grito y el aplauso fue unánime. “Casimiro, Casimiro, Casimiro” y el Papa tuvo que parar. Esa multitud devota bramaba como la bestia apocalíptica alabando a su obispo. Lo que Casimiro había craneado estaba hecho. Después de semejante ovación que se había oído en todos los hogares de Colombia y en no sabe cuántos millones más de toda América, su imagen y su rostro sereno, impertérrito, recibiendo la cascada de amor de su pueblo, estaba sincronizada debidamente por las cámaras de televisión. Le había robado el show al Papa aunque fuera por unos minutos y el Papa, que comprendía muy bien cómo la Iglesia se ha sostenido dando pan y circo, ya sabía dónde estaba el pan para que el circo volviera a girar en rededor del Milagroso. Casimiro no se lo había dicho a nadie. Ese era su poder. Pero estaba esperando el movimiento en el tablero de ajedrez de su vida. Después de todo, era inevitable que subiera un escalón, el Papa tendría que hacerlo cardenal. Y en lo profundo, pero imperturbable facialmente, sonreía, todo estaba saliendo como lo hablaron con el cardenal arzobispo de Toledo. Y como se lo planificó El Demente y el par de curitas.

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En este país, si uno quiere que las cosas se olviden, hay que meterlas dentro de un libro. Es el temor que me embarga si sigo escribiendo esta novela...

GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL