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Congreso

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13 de febrero 2014 , 06:32 p.m.

Se acercan, como un aguacero, las tercas elecciones al Congreso. Y mientras se clama, con razón, por la renovación de ese parlamento asediado por bandidos avalados, digo “que lleguen también los mismos de siempre, los fantasmas vivos, los que hemos sido”, a ver si por fin hay fin. Que lleguen Uribe, Navarro, Robledo, Serpa, Gerlein... Pues será en el viejo Capitolio, aquel teatro soberbio en el que cada actor se pierde en su monólogo, donde tendrá que darse la conversación pendiente de Colombia. Se trata de acordar las reglas de este juego que cada quien ha jugado a su manera; de impedir que cualquier funcionario inescrupuloso ponga en jaque nuestra democracia; de conjurar la violencia que ha despojado de valor a las palabras; de proponerle un nuevo oficio a la endiablada máquina de la guerra; de hallar la reivindicación social por encima de la mesa, y –decía el otro día el investigador Andrés Suárez– de negociar por fin nuestro pasado.

El pesimista es realista: qué se puede esperar de un mamífero que compra agua embotellada. Y sin embargo, el optimista es sensato: está probado que lo humano, como cualquier trama de suspenso, da giros inesperados. Y puede pasar –por qué no– que en marzo lleguen al Congreso los que tengan que llegar para que no solo los caníbales de las Farc, sino todos los descreídos que han hecho que aquí la excepción sea la regla, se sometan al fin a la Constitución. Un congresista puede prometer la seguridad uribista o la prosperidad santista (y cualquier cosa: baba de caracol, cartílago de tiburón) como un padre que corrompe. Pero en estos tiempos de guerra o de paz, para que no caiga el telón en el teatro que digo, podría encarnar la convivencia.

Qué diablos estoy diciendo: que, ahora que la pregunta es si sí somos capaces de confrontarnos sin matarnos, de desafiarnos sin jugarnos sucio, el desprestigiado Congreso podría convertirse en un purgatorio en donde el uribismo deje de ser ese soliloquio irresponsable que a tantos embruja, el izquierdismo invite a los colombianos a participar en su propia suerte, el liberalismo busque la abolición de los sometimientos y las discriminaciones, y el conservadurismo regrese sin mojigaterías rentables a la preocupación por la comunidad. Quizás este Congreso sea una nueva oportunidad para que las palabras importen. Quizás sea la hora de desmovilizarse a diestra y siniestra, y de llevar el Estado al territorio.

“Siento que gano si puedo convivir con alguien que entonces hubiera justificado mi muerte”, dijo el chileno Óscar Garretón, funcionario de Salvador Allende, hace meses: y sí, es eso.

Que vuelvan los últimos cincuenta años al Congreso. Que, con el pretexto del regreso de las Farc, lleguen Uribe, Navarro, Robledo, Serpa, Gerlein... a negociar el pasado. Que se reconozca qué hemos hecho y qué hemos sido como en un tribunal histórico para que por fin empiece otro capítulo: que se acepte de una vez que la elite arribista, la usurpación de la tierra, los políticos llenos de “peros”, los empresarios inescrupulosos, los expresidentes delirantes, las tomas del Palacio de Justicia, el secuestro, la masacre, el feminicidio, la corrupción, los caguanes, el paramilitalismo, el exterminio y el narcotráfico que no solo capturó al Estado, sino que –como la malicia indígena, como la telenovela– resultó un atajo a la reivindicación social, no fueron una alucinación ni una paranoia de “la gente”, sino la pura verdad. Que con las candidatas renovadoras, que prometen dar la batalla día a día y hacer bien su trabajo, se reúnan los de siempre en nombre de todos a señalarse los unos a los otros hasta que vuelva el silencio. Y cargado de memorias, ridículo y trágico, comience por fin el pasado.

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Ricardo Silva Romero

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