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Los árboles y el bosque

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13 de febrero 2014 , 04:36 p.m.

A tres meses y medio de las elecciones presidenciales, y ya iniciada la carrera, hay cinco candidatos en liza. Juan Manuel Santos, actual presidente de la República, por la Unidad Nacional (coalición de los partidos de ‘la U’, liberal y conservadores legítimos); Aída Avella, por la Unión Patriótica; Clara López Obregón, por el Polo Democrático; Óscar Iván Zuluaga, por el Centro Democrático, y Marta Lucía Ramírez, por el Partido Conservador pastrano-uribista. Falta por definir el candidato del Partido Verde.

Según encuestas recientes, el presidente Santos ganaría con amplia ventaja sobre cada uno de sus rivales (incluido el del Partido Verde, cualquiera que sea), pero no alcanzaría al 51 por ciento necesario para ahorrarse la segunda vuelta. Un dato curioso: el principal adversario del candidato de la Unidad Nacional no es ninguno de los seis que le compiten, muy rezagados, sino un fantasma llamado voto en blanco. Los promotores de esa candidatura fantasmal dicen que el voto en blanco es el único instrumento para expresar el descontento nacional contra la clase dirigente y la corrupción imperante.

Expertos politólogos estiman segura una segunda vuelta y que el voto en blanco será el fenómeno de estas elecciones. Si el resultado de las encuestas ha sido la base de esa conjetura, pienso que están mal orientados. Un candidato que a tres meses de los comicios le lleva casi veintiocho puntos de ventaja a su seguidor más inmediato, lo más probable es que para la primera vuelta consiga sin dificultad el 51 por ciento de los votos.

El voto en blanco no pondrá una cifra significativa. A la hora de la verdad los que van a votar en blanco prefieren abstenerse, o se deciden por alguno de las candidatos de carne y hueso. Nadie sabe a ciencia cierta qué utilidad pueda tener el voto en blanco, si tiene alguna.

La ventaja que a estas alturas les lleva el presidente Santos a sus rivales obedece a que los colombianos que pueden ver el bosque a través de los árboles aprecian los esfuerzos tremendos del gobierno actual para enderezar situaciones torcidas de mucho tiempo atrás. Criticar es fácil cuando las hojas no nos dejan ver el árbol y los árboles nos ocultan el bosque. Es decir, cuando juzgamos que hay que tumbar un árbol porque algunas hojas están amarillentas o secas, o proponemos arrasar el bosque porque algunos árboles amenazan con caerse.

El gobierno de Juan Manuel Santos ha transitado en condiciones muy difíciles, no solo por las taras heredadas de los anteriores, sino por las complicaciones (todavía lejos de resolverse) que ha creado la crisis económica mundial. Por otra parte, desconocer las realidades geopolíticas en las que por fuerza se tiene que mover un mandatario progresista, como lo es el de Colombia, les dará a sus críticos la óptica de demeritar el árbol por unas pocas hojas dañadas.

La gestión adelantada por la administración Santos para poner fin al largo conflicto armado, firmar el cese del fuego y comenzar la construcción de la paz es la más publicitada de sus gestiones (también la más atacada por las poderosas fuerzas de la ultraderecha) y sin duda la de mayor trascendencia, pero no la única. El programa de restitución de tierras y reparación de las víctimas ha obtenido resultados superiores a lo que se esperaba. La primera dama ha asumido un vasto programa de atención a la niñez, crucial para el presente y el futuro de la nación. Del cuidado que les prestemos a nuestros niños, de la protección, el amor y las garantías que les brindemos depende que dejemos de ser el país salvaje que hemos sido en los doscientos años de República, próximos a cumplirse en el 2021.

No es el propósito de esta columna resumir, ni enumerar los logros del gobierno de la Unidad Nacional. Anotar únicamente que esos logros, reconocidos por quienes han recibido los beneficios, le darán al presidente Santos el 51 por ciento para ganar en la primera vuelta.

Enrique Santos Molano

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