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Editorial: Una preocupante caída

12 de febrero 2014 , 07:33 p.m.

Nada justifica que un país pionero en América Latina en materia de trasplantes de órganos como Colombia exhiba un declive tan preocupante en esta materia en los últimos años.

Para la muestra está que mientras en el 2012 se trasplantaron 1.108 órganos en todo el territorio, el año pasado apenas se llegó a 956. La mayoría de los casos fueron de riñones, que a su vez muestran una merma importante: de 850 que se trasplantaron en el 2009 se pasó a 670 en el 2012, a pesar de que la lista de espera oficial de pacientes es de 1.200.

Vale aclarar que no son los únicos colombianos que necesitan con urgencia un riñón. De acuerdo con estadísticas de los grupos trasplantadores, en estos momentos hay 23.000 personas que, increíblemente, hacen cola para entrar a la lista de espera para conseguir dicho órgano. Esta situación, que los expertos califican de catastrófica, va de la mano con una sensible baja de los índices de donación.

Aunque tales índices crecieron consistentemente entre el 2004, año en que se expidió una ley de trasplantes, y el 2010, cuando se alcanzó un pico máximo de 12,5 donantes por millón de habitantes, hoy a duras penas el país llega a 7,5 por millón. Solo en el último año se experimentó una caída del 25 por ciento.

La pregunta que todos se hacen es: si el país cuenta con una legislación moderna, con un modelo operativo en teoría aceptable, con un sistema de salud que les cubre estos gastos a los colombianos, con especialistas altamente capacitados y con centros asistenciales con tecnología de última generación, ¿por qué se llegó a semejante estado?

Aunque cueste creerlo, la cadena de explicaciones está encabezada por la más imperdonable de todas: los colombianos no donan sus órganos, ni los de sus cercanos, porque se dejan disuadir por una serie de mitos sin sustento real. Pese a contar con una red de donación y trasplantes encargada de captar y distribuir de manera transparente los órganos, se aviva la creencia de que acabarán en manos de redes que comercian con ellos.

También persiste la idea de que muchos van a parar a cuerpos de extranjeros que pagan más por ellos. Vale aclarar que, si bien este fenómeno se presentó hace unos años, cada vez es más difícil que un ciudadano de otro país acceda a una lista de espera en Colombia. Si a todo se suma el hecho de que las campañas que hacen claridad en torno a este tema y que invitan a la gente a tener este acto de solidaridad son débiles, se entiende por qué las cifras son tan lamentables.

Otros factores también pesan, aunque de manera silenciosa. Si bien lo ideal es que los hospitales dispongan de protocolos y equipos especializados para hacer captación de estos órganos, eso no ocurre, en buena medida porque representa altos costos para la institución y poco retorno económico. Igual sucede en la mayoría de las unidades de Medicina Legal del país.

El sistema de salud a veces también juega en contra de los trasplantes; según los pacientes, algunas EPS niegan estas autorizaciones, lo cual se aviva con el interés de instituciones a las que favorece más mantener a los pacientes en diálisis que promover una cirugía definitiva.

Es el momento de que el Ministerio de Salud, el Instituto Nacional de Salud y todos los responsables de este asunto redefinan de una vez por todas las condiciones de dicho proceso. No puede, y no debe, perderse de vista el hecho de que un trasplante es la diferencia entre la vida y la muerte.

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