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Editorial: Pacheco

12 de febrero 2014 , 07:32 p.m.

Su nombre completo era Fernando González-Pacheco Castro, pero bastaban siete letras para identificarlo: Pacheco. Sería un error decir que él representó una época de nuestra televisión. Era mucho más que eso: era nuestra televisión. Ha sido el más sobresaliente presentador y animador de este medio y también actor, entrevistador y, en ocasiones especiales, cantante, músico y hasta deportista extremo antes de que existiera tal denominación. Aún ahora, años después de que se hubiera alejado de las pantallas, seguía siendo un personaje inmensamente popular, incluso entre quienes nunca llegaron a verlo en directo. Los televidentes quedamos con la sensación, nunca aliviada, de que se retiró de manera prematura. La televisión colombiana perdió algo esencial cuando sus apariciones se hicieron esporádicas y, finalmente, cuando ya no salió más al aire su figura amable y familiar.

Esa sensación de vacío es ahora definitiva con su fallecimiento, a los 82 años. Del aprecio que se le tuvo habla la conmoción que produjo la noticia. Los informativos suspendieron sus espacios regulares para comunicar la lamentable novedad y numerosos programas cambiaron su emisión regular para rendirle homenaje a este personaje dotado de un memorable carisma.

Pacheco fue durante el último medio siglo uno de los personajes más famosos del país. No solo por el reconocimiento general que suscitaba su aspecto bonachón, sino por el cariño que le profesaban sus compatriotas. En un país tan proclive a las divisiones y los enfrentamientos, la presencia de una figura admirada y querida por todos logra un saludable efecto de unidad. En ese sentido, fue también una especie de bálsamo colectivo. Sencillo por naturaleza y de gustos genuinamente populares, era fácil que la gente se identificara con él. Había nacido en Valencia (España), de padre español y madre colombiana, pero pocos personajes resultaban tan colombianos como él. Sus amigos se contaban por miles. En los últimos años, cuando salía a pasear en la silla de ruedas, su presencia atraía multitud de manos amables que querían saludarlo y preguntar por su salud.

Murió un gran artista, pero, sobre todo, alguien que era miembro de todas las familias.

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