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Ulises volvió a casa

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12 de febrero 2014 , 06:59 p.m.

 

Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis, 2013) está protagonizada por un personaje inusual en la filmografía de los hermanos Joel y Ethan Coen, los guionistas y directores de este filme. Se trata de un cantante y guitarrista de música folk que intenta abrirse camino en los escenarios alternativos del Greenwich Village neoyorquino al inicio de los años sesenta.

El protagonista, llamado Llewyn Davis (el actor Oscar Isaac), posee una humanidad y una sensibilidad que son insólitas en el cine de los Coen, que han construido un universo cinematográfico muy sólido, en el que predominan la exageración y el humor negro. La tridimensionalidad de sus personajes no es una característica que ellos promuevan, pues, para los efectos satíricos que persiguen, deben caricaturizar a quienes habitan sus películas. Piensen en los personajes que interpretaron Nicolas Cage en Educando a Arizona (1987) o Jeff Bridges en El gran Lebowski (1998) y entenderán el tipo de caricatura y esperpento que ya están acostumbrados a exhibir con tanta efectividad.

Modelado a partir de la figura del cantautor Dave van Ronk, el Llewyn Davis de los Coen es un artista temperamental y sin interés en comprometer su talento para perseguir el éxito comercial. Hay un patetismo intrínseco a su figura y hay una tristeza en sus circunstancias vitales que los directores supieron preservar. Los eventos tragicómicos que le ocurren ponen a prueba su dignidad y su entereza moral, muy a la manera de lo que le ocurría al protagonista de Un hombre serio (2009), otra obra de los Coen.

La película es la historia de un perdedor, el relato de uno de esos seres anónimos cuyos sueños parecen estrellarse una y otra vez contra una realidad que se empeña en negarles la oportunidad de materializarse. Estamos acostumbrados a ver la perspectiva del triunfador, pero pocas veces –con la excepción del cine de John Huston– nos dejan ver el otro lado, el mayoritario, el de las ilusiones rotas. Por eso, Balada de un hombre común acongoja, porque en ese perdedor es fácil vernos y encontrarnos.

Nuestro artista se hace inesperadamente con un gato llamado Ulises, que, tras huir, vuelve a su casa días después. El felino termina su viaje con éxito, pero Llewyn Davis aún tiene que caminar muchas leguas por el sendero de la resignación.

Juan Carlos González A.

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