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Cumbre del Pacífico

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12 de febrero 2014 , 06:54 p.m.

¿Qué tiene Cartagena que no tenga Buenaventura? Casi todo, excepto el puerto, por donde salen el 80 por ciento de las exportaciones de café y el 60 por ciento de nuestro comercio internacional. La misma pregunta se hicieron, seguramente, los delegados de la Alianza Pacífico, la cumbre de países reunida el pasado fin de semana en Cartagena.

¿Por qué en el Caribe y no en el principal puerto del Pacífico? Las respuestas son difíciles de dar por medio de subterfugios o eufemismos diplomáticos. Podría decirse que, para disgusto de los bonaverenses, Cartagena le prestó la sala confortable a la pariente pobre.

Cali podría haber reclamado seguramente la sede. Es la capital interior del litoral Pacífico. Pero es muy probable que Buenaventura, separada de Cali por la cordillera Occidental y los reproches que le ha hecho a la clase política y empresarial del Valle, hubiera reclamado ser también sede de la cumbre. No en vano el presidente Santos la había llamado “capital natural de la Alianza Pacífico”.

La cumbre no se realizó en el lugar en principio natural porque el principal puerto del Pacífico colombiano es, como escenario, dolorosamente impresentable. Lo digo con la pena que me causa haber vivido allí los primeros años de mi juventud, cuando la pobreza y la inseguridad no tenían los alarmantes niveles de hoy.

Buenaventura no tiene la infraestructura hotelera de Cartagena, ni la experiencia de esta ciudad del Caribe en el manejo de la seguridad en estos eventos. Cartagena tiene la cara bonita y conservada de su centro histórico y no el deprimente hacinamiento de casi 400.000 habitantes, apretujados en una isla que les ha robado tierra al mar y a los esteros para levantar sus barrios periféricos.

A diferencia de Cartagena, que tiene fronteras reales e imaginarias entre la ciudad rica y la ciudad pobre, en Buenaventura casi todo parece ser pobre e improvisado, aunque no lo sea, incluyendo los nichos de prosperidad.

Buenaventura es, socialmente, la prueba del fracaso de las élites regionales del Valle del Cauca, de la corrupción de su propia clase política y de los gobiernos nacionales. Se dejó crecer a la brava un conglomerado urbano de espaldas a la planificación. Se permitió que una franja de más de un millón y medio de habitantes –desde la frontera con Ecuador hasta la frontera con Panamá– se quedara rezagada de los beneficios del desarrollo económico de otras regiones.

Hoy, pese al crecimiento del puerto y a la bonanza económica derivada del narcotráfico y otras actividades criminales, Buenaventura es una ciudad extremadamente insegura. La presencia del Estado apenas se hace visible detrás de los muros levantados por las actividades ilegales. Refugio de los desplazamientos forzados de todo el litoral, no es la excepción sino la regla en el estancamiento económico y social del litoral Pacífico.

Buenaventura y Tumaco, al igual que Quibdó, otra ciudad interior del litoral, parecen a los ojos del visitante ciudades del África subsahariana y no ciudades de un país en vías de desarrollo. La densidad de población de la isla se ha vuelto urbanísticamente insostenible.

El puerto es inseparable del despelote urbano, donde, paradójicamente, palpita el tono festivo de la vida y la riqueza cultural de la región. Las cifras oficiales dicen que en Buenaventura existe apenas un 35,85 por ciento de población con necesidades básicas insatisfechas, pero el clima de pobreza y subdesarrollo se siente en todos los extremos de la ciudad.

collazos_oscar@yahoo.es

Óscar Collazos

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