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El médico que alivia a 'punta de cuentos'

Harry Marín, actor y galeno, dice que con 'cuenticilina' logra que pacientes alivien sus dolencias.

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12 de febrero 2014 , 09:13 a.m.

Un centenar de frascos de penicilina inundan la oficina del médico Harry Marín.

Cada uno contiene un par de dosis de ‘Cuenticilina’. Un “Ansiogénico efectivo contra cualquier dolencia, que actúa sobre cerebro y corazón, hecho a base de extracto de cuento micro-filtrado”, se lee al reverso del empaque del ‘medicamento’.

Dependiendo de los síntomas del paciente, Marín suministra su ‘patente’ narrativa, que tiene efectos diferentes según el color de la pócima. Los amarillos son relatos tiernos, los azules, desconcertantes; los rojos, románticos; los verdes, ácidos; los morados, siniestros y los naranja, surrealistas.

“Ella se durmió en clase. Soñaba con en ella misma, por eso, dormida, desaparecía. Él soñaba con ella, y por eso, despierta, aparecía a su lado”. Este es uno de los microcuentos escritos en un rollito de papel azul, sujeto con elástico, que habita en la ampolleta.

Marín, nació en Medellín, pero está radicado en Bogotá, creó este método terapéutico hace medio año. Afirma que muchos malestares de los pacientes son creados por los hábitos de vida, y que las historias ayudan a que la gente “se libere”, y esto le ayuda a encontrar la cura a muchos problemas de salud.

“Toda historia clínica inicia con una anamnesis (rememoración), antes de crear el diagnóstico. Cuando uno se identifica con el personaje de una película o novela se produce una catarsis, de la que habló Aristóteles. Una historia reproduce el sufrimiento o libera lo que enferma”, agrega Marín.

Una de las reacciones secundarias de la ‘Cuenticilina’ es que “deja a los pacientes mirando al horizonte. Este efecto usualmente finaliza al entender el cuento”.

Al igual que su ídolo, el médico y escritor ruso Antón Chéjov –fallecido hace 110 años–, Marín financió sus estudios de medicina en la Universidad Nacional con lo que ganaba como cuentero, primero en ‘La Perola’, dentro de la universidad y luego en otros escenarios.

Producción en serie

Desde niño sentía pasión por la literatura. De universitario fue alumno destacado en materias relacionadas que tomó en el claustro, algunas con la poetisa Luz Mary Giraldo. “En los ratos libres estudiaba medicina”, dice Marín sin contener la risa.

Con el aval del laboratorio ‘Marín Vahos’, el galeno artista ha distribuido más de 3.000 dosis de ‘Cuenticilina’ en librerías y festivales culturales. Con ayuda de un amigo diseñador perfeccionó el empaque de su ‘medicamento’, con espacio para seis dosis y las indicaciones de uso. Allí define el producto como un ‘potente imaginofacilitador’.

“Muchos artistas piensan que por ser médico son muy serio para ser artista, y los médicos dicen que como artista soy muy loco para ser médico. Muy pocos conocen mi doble personalidad. Como muchos ya los saben, me he convertido en la seguridad social de los artistas. Cuando me llaman para una consulta no me dicen Harry sino, doctor”, comenta Marín, quien tiene 35 años.

Cuando terminaba la carrera de medicina pensó en retirarse y dedicarse a la literatura, pero recuerda que no lo hizo porque el poeta Darío Jaramillo le dijo que “era mejor ser que no ser”.

Hizo parte del grupo cultural Azul de Metileno y del recital de poesía ‘Cuelgue la bata’. Uno años después se especializó en medicina espacial e hizo rotaciones en instituciones estadounidenses como la Administración Federal de Aviación (FAA) y la NASA.

De regreso a Colombia no se ubicó en su especialidad y ejerció la medicina en Bogotá y varios municipios antioqueños. Luego trabajó con el Ejército en las evacuaciones aeromédicas, con una petrolera en los Llanos y hace un año está dedicado “al cuento de sus cuentos” y a la consultoría particular. Siempre en sus trabajos le han dado la oportunidad de ir a festivales y congresos de narrativa.

Agrega que lo sorprendió mucho un relato del folclorista español Joaquín Díaz, que habla de los juglares españoles de finales del siglo XVII, sobre los invidentes que vendían sus historias en tiras de papel.

Hace un año pasó por la zona industrial de Bogotá, vio los ‘frasquitos’ y se le ocurrió publicar sus cuentos en ellos. “Al principio fue difícil lograr que me vendieran esos recipientes”, recuerda Marín.

“Tuve un paciente que llevaba dos años padeciendo migraña. Cuando compartí con él me enteré que tenía una ansiedad generada por una inflamación en el nervio trigémino. Trabajaba hasta los 2:00 a.m. y tomaba café. Solo necesitaba calmarse y se alivió”, cuenta y recuerda otra anécdota:

“En otra ocasión, mientras movilizaba a una paciente entre Arauca y Venezuela, que tenía el rostro destrozado por un accidente de tránsito, le conté un cuento (a propósito) al auxiliar de enfermería. La paciente lo escuchó y se calmó un poco”, dice Marín y guarda silencio para no llorar.

Reconoce que un paciente no necesariamente está esperando un cuentero o un artista, pero que su arte, “con el que no moraliza sino que conmueve”, le ha ayudado a entender a sus pacientes, y a tranquilizar a niños y ancianos que no se encuentran con el médico solemne que forman en la universidad.

“Un hombre perdió las llaves de su moto, y buscándolas dijo: ¿Dónde estaría yo si fuera las llaves de mi moto? Nunca más se supo de él”.

Marín dice que un buen escritor no juzga a sus personajes, los entiende y por eso el cuento es verosímil; y que, así mismo, un buen médico no juzga a sus pacientes, los tiene que entender y ayudar en el proceso vital.

Algunos cuentos siniestros, de color morado

-¡Ejecutad a la princesa! ¡Matad a esa perra! Si fue capaz de besarme cuando yo era un sapo ¿Con quién no será capaz de ponerme cachos ahora?

-Extraño a mi peor enemigo. Desde que lo maté nadie ha vuelto a odiarme con tal lealtad.

-Un traidor se mira en el espejo en la mañana. Se mira con desconfianza porque se conoce bien. Se arrepiente de usar la barbera. Prefiere que su esposa sea quien lo afeite.

-Antes de que la primera bala lo tocara, se murió del susto. La bala pasó rozando, el miedo sí dio en el blanco.

ÓSCAR ANDRÉS SÁNCHEZ A.
REDACTOR EL TIEMPO
MEDELLÍN