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El sueño cumplido de terminar un Dakar

Juan Manuel Linares es el primer colombiano que logra coronar esta prueba en carro.

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11 de febrero 2014 , 11:14 p.m.

El termómetro en el carro marcaba cincuenta y cinco grados centígrados. Juan Manuel Linares –metido entre overol, casco y guantes– tenía que ponerse paños de agua helada sobre su cara para poder respirar: el aire quemaba al pasar por la nariz.

Ya había superado las primeras etapas del Dakar y no iba a permitirse quedar de nuevo en el camino. El carro se atascó entre la arena. Linares se bajó a desenterrarlo y en ese momento lo vio: ahí, en el piso de la Nissan en la que competía, estaba el rosario de la Virgen de Guadalupe, que él siempre llevaba colgado en el pecho. ¿En qué momento se le había caído? ¿Cómo? Juan Manuel lo levantó y se lo guardó entre el bolsillo. Sintió que era una señal, similar a la que había tenido años atrás, cuando su hermana afrontó una difícil situación de seguridad y él creyó que la misma Virgen los había ayudado. Se convenció de que esta era la vencida, de que podía triunfar.

Lo hizo. Fue el primer colombiano –en la categoría de carros– en acabar un Dakar, una competencia deportiva que, sobre todo, es una prueba de resistencia humana.

Pudo haber sido el kart rojo que sus papás le regalaron cuando cumplió 5 años y en el que compitió y ganó varias carreras infantiles; pudo haber sido el afiche que le trajo su mamá de Europa y que él colgó en su habitación de adolescente, una foto en color que mostraba a los pilotos compitiendo en desiertos africanos; o el viejo Renault 4 con el que compitió en muchos rallies por todo el país tan pronto logró sacar su licencia de conducción. Pudo haber sido algo de eso. O todo. Lo cierto es que, antes de salir del colegio, Linares ya se había hecho la promesa:

–Algún día voy a estar en esa prueba.

Para el momento en que dijo eso, el Dakar todavía era llamado París-Dakar, la prueba de rally más ambiciosa del mundo, creada en 1977 por el francés Thierry Sabine y que durante tres décadas se realizó principalmente en territorio africano. En el 2008, debido a amenazas terroristas, los organizadores de la prueba tuvieron que suspenderla. A partir del año siguiente, el Dakar se trasladó a Suramérica.

Durante un buen tiempo, Juan Manuel tuvo dormida la idea de estar en el Dakar. Viajó a Minnesota (Estados Unidos) a terminar su bachillerato (que había empezado en el colegio San Carlos) y luego entró a la universidad a estudiar Administración, título al que le siguieron dos maestrías hechas en la misma ciudad. Solo hasta principios del año 2000, cuando regresó a Bogotá, volvió a interesarse en los carros, sobre todo en los rallies que se corrían en Colombia. Participó en varios de ellos por la Orinoquia, por Santander, por La Guajira. Pero las condiciones de seguridad lo hicieron alejarse. “Cuando veo las fotos de esas pruebas, me aterro de cómo podíamos competir así –dice–. En camisetas, sin overol, sin casco, con el tanque de gasolina encima del carro. ¡Ni siquiera cerraban las calles por donde pasábamos!” Optó por concentrarse en el Dakar.

Acostumbrado a programarlo todo metódicamente, Linares sabía que debía empezar a prepararse como piloto y, sobre todo, a conseguir patrocinadores. Participar en un Dakar no es asunto de pocos pesos (la sola inscripción para este año costó 28.000 euros). Desde el 2000, y año tras año, Juan Manuel le enviaba una petición de patrocinio a la Federación Nacional de Cafeteros. En el 2011, por fin, decidieron patrocinarlo, entre otras cosas, por su persistencia. Y con ellos llegaron más apoyos.

Juan Manuel ya venía probándose en pruebas exigentes. Ni de lejos parecidas a lo que iba a encontrarse en el Dakar, pero sí había aprendido, por ejemplo, que en competencias largas es más importante saber convivir con el equipo que conocer todas las mañas de un carro. Esto lo experimentó en una expedición de 45 días hacia el Amazonas, prueba que él mismo le propuso a Toyota en el 2006. Se trataba de llevar ocho de sus camionetas hasta Leticia, no por avión o río, como era lo habitual, sino manejándolas. Linares planeó la ruta, que cubría pasar por territorio venezolano y brasileño. Superaron pruebas complicadas, como tener que atravesar un resguardo de indígenas caníbales en el Brasil, donde no podían detenerse, así el carro empezara a fallar. De los ocho que empezaron la prueba, llegaron tres a la meta.

* * *

Un buen copiloto y un buen carro. Linares sabía que debía cumplir esas dos condiciones si quería verle la cara al Dakar. Respecto a lo primero, lo encontró en ese viaje al Amazonas: un santandereano llamado Camilo Perdomo, con quien se había entendido muy bien. Para lo segundo, viajó a Francia y consiguió un vehículo que ya había sido usado en un Dakar y con el cual sabía que iba a cumplir todos los requerimientos de la organización de la prueba. “No me iba a arriesgar a que me pasara lo mismo que a otros compatriotas, a quienes en años anteriores no los dejaron dar la largada porque el carro no cumplía”, afirma.

El reglamento del Dakar es extenso y, sobre todo, tiene que ver con la seguridad. El vehículo debe tener autonomía de combustible de 800 kilómetros, jaula antivuelcos y sistema especial de extinción de incendios, entre otras medidas de precaución. El Mitsubishi con el que Linares compitió la primera vez, en el 2011, cumplió con todo. Linares y Perdomo iban solos, “como huérfanos”, sin el equipo de apoyo que suelen llevar a los pilotos. Tan pronto empezaron la prueba y se encontraron con las primeras dunas, Linares se preguntó en qué diablos se había metido. “Había unas tan altas como Monserrate”, recuerda este bogotano de 44 años.

Llegaron hasta la séptima etapa de las 13 que conforman la prueba. El carro tuvo un problema de embrague y debieron parar. Unos compañeros del equipo francés Sodicars los encontraron en el camino y trataron de ayudarlos, pero no había remedio. Sin embargo, Linares siguió en contacto con miembros de ese equipo y meses después los llamó para preguntarles si podía correr asociado con ellos. Le respondieron que lo primero que debía hacer, si quería mejor resultado, era buscar un carro más competitivo. Juan Manuel viajó a Europa, probó otro carro y se entrenó en rallies que ofrecen experiencias cercanas a lo que se vive en el Dakar, como el de Marruecos, para aprender más claves de conducción.

Regresó al Dakar en el 2012 con una Nissan Navara y con su amigo Andrés Campuzano como copiloto. Ya sabía mejor cómo era enfrentarse a una duna, por ejemplo: sabía que debía mirarla de perfil, bajarse del carro, analizarla unos cuantos minutos, ser paciente. Sin embargo, en la tercera etapa se estrelló contra una roca (“¡quién iba a verla en medio de ese arenero!”, se queja todavía) y rompió el tanque de la gasolina. Juan Manuel quedó tan aburrido que al otro día ya estaba en Bogotá.

Al año siguiente fue un golpe que les dio otro carro, y que los lanzó duna abajo, el responsable del retiro. En medio de su optimismo, Linares pensó que el carro tenía remedio y no quiso avisar a los organizadores sobre su renuncia. Es decir, no quería oprimir el botón que todos los concursantes llevan en su vehículo y al que acuden cuando han sufrido un accidente o están enfermos. Pocos minutos después de lo que hacen, llega un helicóptero a rescatarlos. Es el botón que ningún ‘dakariano’ (como ellos mismos se llaman) quiere tocar, a menos que sea verdaderamente necesario. A Juan Manuel se le fue la mano en la espera: cuando llegaron por él ya estaba deshidratado y respiraba mal por la arena en los pulmones. Se retiró, por supuesto, y estuvo quince días en un hospital.

Pudo haber sido más grave. El Dakar es una carrera que siempre ha ido de la mano con noticias de fallecimientos (veintiséis pilotos han muerto desde la primera prueba). Este año, el piloto belga Eric Palante murió sin haber llamado al rescate. “Tal vez pensó que podía recuperarse y no quiso renunciar”, se atreve a especular Linares. En esta prueba está en juego mucho más que llegar en primer puesto. No de otra manera se explica cómo pueden seguir en condiciones como las que se vivieron el pasado enero, donde el calor extremo incendiaba las motos. Por momentos, Linares se sentía más en un campo de batalla con decenas de helicópteros que volaban en el cielo, al rescate de carros y motos accidentados. “No puedes tocar la arena. Se te queman los dedos”, cuenta.

Linares es un tipo de metas. Se puso cinco desde adolescente y ha cumplido dos. La primera era nadar con un tiburón blanco, y la cumplió en Australia. La segunda, terminar un Dakar. Y lo consiguió, por fin, este año. El 18 de enero pasado cruzó la meta en el puesto 56. Con una medalla como premio. De los 490 carros que empezaron, el 40 por ciento logró cumplir con los 10.000 kilómetros de la competencia.

Esta fue la primera vez que corrió con copiloto profesional, el francés Franck Maldonado, y un equipo de apoyo de 39 personas. Durante el medio mes que duró la competencia, el Nissan en el que iban consumió 760 galones de gasolina y rompió 19 llantas. Las horas de sueño de la pareja de pilotos no pasaban de dos o tres por día. A veces dormían en el propio desierto, donde las temperaturas de noche podían llegar a menos diez grados centígrados. Por momentos sentían que se les iban las luces, pero siguieron.

Y llegaron. Linares cumplió su segundo sueño. Le quedan tres: subir al Everest, darle la vuelta al mundo en un velero y recorrer en carro, con su hijo, el continente africano. Será un regalo de grado de bachiller para Martín, que hoy tiene 5 años. Todavía hay tiempo.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACCIÓN EL TIEMPO