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'Pacheco, patrimonio de Colombia', por Hilda Strauss

El destino de Fernando era estar frente a las cámaras. Era el monstruo del carisma.

11 de febrero 2014 , 09:24 p.m.

Pacheco no puede irse, porque es patrimonio de Colombia, como las cámaras de Inravisión o como el Archivo Nacional; nos pertenece a todos porque después de entrar en tantas oportunidades a nuestra casa, se quedó para siempre.

Fernando González Pacheco es un niño del pasado que tenía el poder de hacer hablar a los papagayos los domingos por la mañana, de dirigir orquestas con su sola sonrisa y de presentar los eventos más importantes de la nación como si fueran propios, porque sabía entender en pocos segundos la estructura base de todo lo que fuera televisión.

Fernando es un fragmento importante de nuestras comunicaciones. Nunca necesitó impostar la voz, porque sus palabras estaban hechas para las cámaras, jamás preparó las presentaciones o las locuciones, porque no es lógico predeterminar algo que ya existe por talento natural. Su estrategia de éxito asegurado era simplemente seguir siendo él, sin artificios, en la originalidad de su estilo irrepetible y en la autenticidad de su permanente cara de sorpresa.

Nadie quiere saber que Pacheco era español, sería imposible, bien habría podido ser paisa o boyacense, cachaco de la costa o tolimense de Santander o de los Llanos, en cualquier origen encajaría; como diría García Márquez en uno de sus cuentos: "¡Bendito sea Dios; es nuestro!".

Fernando González Pacheco hacía las mejores y más memorables visitas con sus entrevistados, en la calidez de cualquier sala, sus preguntas entreveradas de risa hermanaban al interlocutor, era de la familia.

Me entrevistó hace pocos años, en el último piso de un edificio comercial, cerca del precipicio de las escaleras, me hizo preguntas curiosas, cercanas, del continuará de nuestras vidas, me transporté al momento en el que aparecíamos todos los días en la pantalla chica y recordamos los viejos tiempos de los afanes en el pasado, eran ciertas sus palabras: "en aquel recuerdo éramos solo algunos", nos frecuentábamos pocos minutos, pero todos muy amigos en la afinidad y en el oficio; desconocedores sin remordimiento de las mutuas vidas privadas, pero unidos de corazón.

El destino de Fernando era estar frente a las cámaras ¿Cómo entonces podríamos entender que pasara como por encanto, de un día para otro, de los buques mercantes al set de televisión? Y no fue por casualidad, en nuestro país Pacheco era el monstruo del carisma, amigo y querido de todos, su presencia llenaba el escenario; era generoso en palabras y en amabilidad, de sencillez magnífica y de alma luminosa y elegante, no obstante, con increíble y genuina modestia, frecuentemente se reía de su imaginaria fealdad ¿era feo?, ¿cómo saberlo?, ¿cómo creer que alguien pudo afirmarlo seriamente?.

Fernando González-Pacheco en su particular estilo impuso una marca superior, un tope gigante que a muchos fastidia, sin sucesión discipular, sin heredero de continuidad; ese es su gran aporte a la televisión colombiana: el punto guía de calidad de difícil alcance que instala una referencia excelente en la época dorada de nuestra televisión. Fernando no se ha ido, permanece vigilante en la memoria grandiosa que ha dejado; ha quedado un arquetipo de superioridad y ejemplo para los comunicadores colombianos de todos los tiempos.

HILDA STRAUSS
Para EL TIEMPO