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Una sociedad monocromática

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11 de febrero 2014 , 05:24 p.m.

Odiaba a los judíos, pero nunca había visto uno en la vida real. Los odiaba como si lo hubieran golpeado en un callejón. Pero los judíos nunca le habían tocado un pelo. Nunca habían interactuado con él. El tipo es el protagonista de una novela de Umberto Eco, ficticio, pero copiado de individuos reales que construyen su vida en torno a odios contra aquello que no conocen.

Su diatriba contra los judíos se erige como arquetipo del comportamiento humano: le repugna un grupo humano basado en chismes de taberna, rumiando frases aprendidas e inoculadas por sus semejantes. Le repudian la forma en que los judíos hacen negocios, su apetito sexual, sus preferencias gastronómicas. E, insisto, sin haberlos visto jamás. Su antisemitismo nace de una profunda ignorancia contra los hombres y mujeres que pertenecen a esa religión, y su dogmatismo lo convierte en un personajillo más bien odioso.

La fuente de su odio son los judíos, como digo, sin conocerlos. Como quien odia el sancocho de pescado sin haberlo probado, visto ni olido en su vida. Todos le parecen moralmente imperfectos y rapaces. La historia ocurre en el París del siglo XIX, aunque ese deporte, odiar porque sí, ha trascendido el paso del tiempo. Hoy lo vemos, por ejemplo, en el odio acérrimo contra los negros, contra las mujeres que abortan y contra los gays, por dar tres ejemplos concretos.

Se los odia, se los discrimina, con aires de superioridad del macho –o hembra– alfa. Pontifican ellos desde lo alto de su perfección, encerrados en una mente cuadriculada y anacrónica. Para ellos solo hay espacio en el mundo para los blancos, heterosexuales que tienen tantos hijos como la biología lo permita. Su cuadro ideológico coincide peligrosamente con el que antaño quisiera imponer la Alemania nazi. El culto a la raza, a la heterosexualidad, al rol de la mujer como parturienta incesante e irredimible. Y los demás, que sufran las consecuencias por transgredir, con el color de su piel o con sus preferencias sexuales y reproductivas, el monocromático orden social.

Hoy quisiera preguntarles a esos hijos del racismo y la homofobia si les parecería justa una sociedad donde los blancos fueran discriminados, donde las mujeres fueran obligadas a abortar en un ciento por ciento de los casos y donde la homosexualidad fuera ley de la República. Imagine estar enamorado de una mujer y que la ley prohíba casarse con ella y tener hijos –o adoptar–. Imagine estar obligado a casarse con otro hombre. Imagine tener que acompañar a su hermana a abortar a pesar de querer tener su bebé. Todo esto deben vivirlo cientos de miles de personas, pero es el caso contrario.

Las relaciones de pareja son decisión de los individuos, no del Estado. Como el color de la ropa interior, el tipo de comida que escogemos comer y el tipo de libros que decidimos leer. Nadie debería tener el poder de imponerlo. También la maternidad es decisión de la mujer. Lo ha sido durante siglos, aunque en la clandestinidad. Hoy debería ser ley, un derecho inalienable. Así como a nadie se lo puede obligar a abortar, tampoco debería obligársele a dar a luz.

Solo las sociedades rapaces imponen una homogenización de la vida personal: hombre-mujer-hijos-mascota-casa-carro-jardín. Pero este modelo de familia no es garantía de estabilidad ni de felicidad. Lo único que garantiza es un profundo dolor para aquellos que no dan la talla. La libertad del individuo debe ser el bien más preciado y más protegido en una sociedad. Debe haber espacio para la diversidad. No por generosidad, sino por obligación. Es deber de los ciudadanos respetar al que habla, reza, come y ama de forma distinta. Porque, además, los que hoy se precian de representar “lo oficial” podrían pasar al bando de la “minoría” en cualquier momento.

Es este un tema que suele relegarse, a menos que una noticia coyuntural lo saque a flote. Pero no por eso deja de ser una realidad dolorosa para muchos. La compasión y la empatía deben prevalecer por encima de nuestras preferencias raciales, sexuales y reproductivas. No nos convirtamos en ese viejo antipático que aborrecía a los judíos sin haberlos visto jamás.

@caidadelatorre

María Antonia García de la Torre

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