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Los cuentos de princesas no son la única opción / En consulta con Álex

11 de febrero 2014 , 03:43 p.m.

¿Cuántas de ustedes han caído en la trampa de fomentar un amor empedernido por las princesas de Disney a sus hijitas? Soy la primera en levantar la mano. Cuando mi hija era pequeña le compré todas las muñecas y todos los vestidos con coronas. Juntas vimos todas las películas y cantamos todas las canciones. Para los que no están familiarizados con las historias, les hago un breve recuento de las que considero más icónicas:

* Blanca Nieves: La hijastra de una egocéntrica y nefasta reina es mandada a asesinar, cuando esta se entera por un espejo que la jovencita es más bella que ella. Mientras Blanca Nieves huye por el bosque, la hospedan siete enananitos que quedan fascinados por sus habilidades para limpiar y cocinar. La reina, en forma de viejita, la encuentra y la envenena con una manzana. Al final solo la revive el beso de su ‘verdadero amor’, un príncipe quien la había escuchado cantar alguna vez.

* Cenicienta: Una dulce niña, enclaustrada por su malvada madrastra y hermanastras, es obligada a ser esclava. Mientras Cenicienta solo trabaja día y noche, la madrastra maquina para que el príncipe se case con alguna de sus hijas para mejorar su estatus social. Cenicienta, con la ayuda de su hada madrina, se emperifolla y logra ir al baile donde el príncipe queda deslumbrado por su belleza. Cuando el embrujo de la noche finaliza, ella huye para que él no sepa quien es realmente. Enamorado, él decide buscar a su ‘alma gemela’ por todo el reino con un zapato de cristal que ella perdió. La encuentra y la rescata del yugo y el maltrato de la madrastra.

* La sirenita: Ariel, la hija/sirena inquieta del Rey de los mares, se enamora locamente de un príncipe mortal a quien ha visto de lejos una sola vez. Por ‘amor’, decide desafiar a su papá, abandonar su hogar y entregarle su bella voz a una bruja con tal de convertirse en mortal y encajar en el mundo de su ‘amado’. Logra engañar al príncipe y enamorarlo sin inmutar una sola palabra. Al final, el príncipe la salva de los tentáculos de la bruja mala y Ariel demuestra al papá que a sus 16 años tenía toda la razón en querer dejarlo todo por un hombre.

Escrito aquí en blanco y negro, estas historias suenan bastantes absurdas y hasta macabras, pero aun así las fomentamos. Si queremos un verdadero final feliz para nuestras hijas, la percepción de nosotras mismas tiene que ser basada en unas premisas muy diferentes: No necesitamos que un ‘príncipe’ nos salve. La belleza física no es la panacea a todos los problemas. Nunca hay que dejar de ser fieles a nosotras mismas para complacer o retener a un hombre. No todas las mujeres son envidiosas y el amor verdadero se construye. Es nuestra opción seguir leyéndoles estos cuentos a nuestras hijas, pero tomemos la decisión de no personificarlos.

ALEXANDRA PUMAREJO