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Polución se concentra más en salones de jardines infantiles de Bogotá

Contaminación tiene en jaque a las localidades de Puente Aranda, Kennedy y Fontibón.

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10 de febrero 2014 , 11:50 p.m.

¿De qué manera el aire de Bogotá afecta a los niños? ¿Cuáles son las consecuencias de que un menor viva en una ciudad a la que tanto trabajo le cuesta transformar ese ambiente que ennegrece calles y fachadas de edificios?

Esas fueron algunas de las preguntas que motivaron a Luis Jorge Hernández —médico salubrista, profesor de la Universidad de los Andes—, a indagar cuál es la incidencia de vivir y estudiar en un lugar donde cada vez es más difícil eludir el aire contaminado; donde cada vez es más complicado respirar y evitar que, por esa bruma grisácea, los ojos o la garganta se irriten con frecuencia.

Los hallazgos de la investigación, producto de su doctorado en Salud pública y llevada a cabo en 619 niños menores de 5 años de jardines infantiles de las localidades de Puente Aranda, Kennedy y Fontibón, arrojaron resultados muy dicientes que reflejan la alarmante situación de buena parte de los espacios capitalinos.

Por ejemplo: que, en ocasiones, la concentración de material contaminante es mayor dentro de algunos de estos jardines que en las localidades donde están situados (en total, en estas zonas, hay 66). O que el 74% de los pequeños sufren problemas respiratorios y, por ende, son más propensos a presentar síntomas de asma y gripa o verse afectados por tos nocturna o sibilancias, aquel sonido chillón producto de afecciones en las vías respiratorias.

El motivo de estos problemas se reduce, principalmente, a dos inconvenientes. El primero, claro, es la ineludible contaminación del aire bogotano. Poco a poco, estas zonas, antes residenciales se han transformado en lugares industriales donde abundan las fábricas de pintura, cuero o reciclaje de baterías. Además, allí, el flujo de vehículos, buses, camiones y motos, es significativo, como también lo son las vías en mal estado.

Todas estas fuentes fijas y móviles generan el conocido material particulado (PM) que es, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de los contaminantes que más afecta a los seres humanos: causa, aproximadamente, dos millones de muertes prematuras, la mayoría en países en desarrollo y en menores de 5 años.

De hecho, la exposición crónica a las partículas más pequeñas (PM 2.5) aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares y respiratorias, así como el cáncer de pulmón. El otro tipo de partículas, PM 10 (iguales o menores a diez micras), aunque menos nocivas, son capaces de causar serios efectos en la salud pública. Pueden, al inhalarlas, llegar hasta la zona traqueobronquial.

Y, justamente, el segundo motivo que causa tales síntomas es la condensación del PM entre aulas y paredes debido a la escasa ventilación de los centros escolares. Muchos de ellos, de acuerdo con Hernández, están muy cerca de vías de alto flujo vehicular o al pie de fuentes de emisión.

“En estas localidades —dice— detectamos material grueso (PM 10), fino (PM 2.5) y ultrafino. Este carboncillo penetra las vías respiratorias y las irrita. Esas partículas pueden tener virus o bacterias que favorecen la infección, especialmente en niños y en mayores de 60 años”.

Eso implica que los menores más expuestos al aire contaminado tengan una probabilidad 20 veces mayor de desarrollar bronquiolitis o neumonía en el futuro, o que estén en permanente en estado gripal.

“También —explica el investigador— en algunos de los jardines más expuestos (a menos de cien metros de las fuentes de emisión), se encontró una concentración entre 87 y 91 μg/m³ (micras por metro cúbico en el aire) de PM 10, y la norma internacional dice que para evitar complicaciones de salud, los niveles deberían ser inferiores a 20 μg/ m³. Inclusive, además de no tener una adecuada ventilación, en muchos de estos lugares es frecuente que prendan los buses de transporte adentro y con las ventanas cerradas”.

¿Ausencia de normatividad?

Aunque según Astrid Cáceres, subdirectora de infancia de la Secretaría de Integración Social, en los lineamientos técnicos no se explicita de manera concreta el tema de ventilación y aún no hay mecanismos para medir el PM en jardines, “en las visitas de inspección (que se realizan tres veces al año o cuando un ciudadano lo requiere) se verifica que se garanticen condiciones naturales o artificiales de ventilación e iluminación. Si no las tienen hay elementos sancionatorios que pocas veces se aplican porque siempre hay actitud de mejoría. Con respecto a los temas de distancia entre los jardines y vías de alto flujo vehicular no se contemplan reglas en la normatividad existente”.

Con ella concuerda Jaime Urrego, director de Salud Pública de Bogotá, al asegurar que esas mediciones de PM son todavía un reto. “Pero —dice— sí se hacen constantes evaluaciones del estado de salud de los ciudadanos. Con el programa ‘Vigilancia centinela’ tenemos 120 puntos de monitoreo. Dependiendo de los resultados, intensificamos acciones de prevención, hacemos análisis y, si han aumentado las enfermedades, facilitamos la atención”.

A pesar de ello, hay cifras a las que se les debe seguir prestando atención. Por ejemplo, según al Observatorio ambiental de Bogotá (OAB), en 2012 se atendieron 26.922 casos por enfermedades respiratorias agudas, un número mayor que el registrado en 2011 (25.470) y en 2010 (25.224). Además, la tasa de mortalidad por neumonía en menores de 5 años fue de 10,20 por cada 100.000 niños, y la prevalencia de sibilancias en esa población fue del 19%.

Pero, el problema, en varios de los casos, va más allá de las partículas generadas en medio del tráfico y de vías en mal estado. En el estudio, Hernández identificó que en el 27% de los hogares, los niños también son fumadores pasivos.

“Y todos estos factores —afirma el doctor—, de los que ya están al tanto los padres y la Secretaría de Salud, en el peor de los casos podría desencadenar, además, inconvenientes en la talla o el peso. Lo necesario es, por ahora, reubicar estos jardines como ya lo está estudiando el Distrito”.

Sin embargo, para Urrego, llevar a cabo esa tarea no es tan sencillo. “La ruta, ahora, no es separar los espacios. En Europa sí hay ciudades que a medida que crecían distanciaban la zona industrial, pero esa no es nuestra realidad. La conducta apropiada es reducir al mínimo los niveles de contaminación”.

Así está el problema en Bogotá

Si bien es cierto que las concentraciones de material particulado en la capital han disminuido de forma significativa, los indicadores, en el caso del PM 10, aún están lejos de cumplir los niveles recomendados por la OMS (20 μg/ m³). Actualmente, de acuerdo al Observatorio ambiental de Bogotá, el nivel máximo permisible anual en la ciudad es de 50 µg/m³.

Pese a ello, en 2013 la ciudad alcanzó un promedio que apenas estaba por debajo de esa norma: 47,9 µg/m³. En otros años las cifras eran alarmantes: en 2005 la concentración llegó a 74 µg/m³.

Y aunque, en general, hay una leve mejoría, los índices de localidades como Kennedy, Bosa o Ciudad Bolívar, resultan inquietantes: algunas de esas zonas oscilan entre los 51 µg/m³ y los 68 µg/m³.

De hecho, es frecuente que durante varios días al año se sobrepase la norma en toda la ciudad. En diciembre de 2013 fueron trece; en noviembre y julio, diez y en febrero y mayo, dos. Los responsables son, en su mayoría, las fuentes móviles que usan diesel como combustible (que representan el 80%) y las fuentes fijas que utilizan carbón.

El tema en el mundo ha cobrado tal importancia que no pocas veces la OMS ha instado al mundo a tomar serias medidas de prevención. Según sus ‘Guías de calidad del aire’, la mortalidad en ciudades con niveles elevados de contaminación supera entre un 15% y 20% la registrada en ciudades más limpias. Es más: en la Unión Europea —se lee en el documento—, debido a la exposición de PM 2.5 la esperanza de vida promedio es 8,6 meses inferior.

¿Cuál es entonces la solución? ¿Qué se debe hacer para reducir a 940 las 2.500 toneladas de PM que produce Bogotá, si es que se quiere cumplir la meta de calidad de aire propuesta para 2020? Más allá de, como dice el profesor Hernández, promover energías renovables e incentivar los buenos hábitos, este problema es la sumatoria de una serie de factores que solo son posibles de remediar cuando se cree una verdadera política pública en pro del aire. “Y eso, que aún no se lleva a cabo, debe integrar transporte, infraestructura, salud y educación”.

SERGIO SILVA NUMA
REDACCIÓN ELTIEMPO.COM

sersil@eltiempo.com