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Con renuncia de Benedicto XVI hace un año, la Iglesia empezó a renacer

El catolicismo comenzó una importante transformación para dar paso a un papa revolucionario.

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10 de febrero 2014 , 06:31 p.m.

Con la inesperada renuncia del papa Benedicto XVI, ocurrida hace un año, la iglesia Católica comenzó la transformación más trascendental de sus últimos tiempos. Nadie se imaginaba que el pontífice alemán Joseph Ratzinger iba a abandonar el trono de Pedro. Pero lo hizo, con valentía, y lo que vino de ahí en adelante fue uno de los cónclaves más mediáticos de la historia de la cristiandad, que terminó con la también inesperada elección de un papa latinoamericano, el primero no europeo, que decidió llamarse Francisco y que está revolucionando a la iglesia Católica.

La renuncia de Benedicto XVI fue, entre las sorpresas que el papa Ratzinger le dio al mundo, la culminante.

Desde su elección, tras la muerte de Juan Pablo II (ocurrida en el 2005), su pontificado estuvo lleno de sorpresas.

Como Ratzinger procedía de la Congregación para la Doctrina de la Fe y era conocido por su rigor teológico, fue saludado por los medios como ‘el pastor alemán’ y ‘el nuevo inquisidor’.

Al final, sus encíclicas sobre la caridad, sobre la esperanza, sobre la economía mundial, su libro sobre la vida de Jesús, sus diálogos con otras religiones, revelaron una inesperada imagen que sin embargo no riñó con su categoría del mayor teólogo del siglo XX.

Visto como un intelectual, de la altura en que lo colocaban sus cátedras de teología, cuando llegó a Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, lo siguió el pronóstico: habría distancia y frialdad con la juventud del mundo reunida en ese evento. Sin embargo, sorprendieron la cercanía y la calidez de su relación con el mundo juvenil.

Al estallar el escándalo de los sacerdotes pederastas con su impacto destructor sobre la imagen de la Iglesia, sorprendió la energía serena pero firme con que asumió, sin concesiones, la respuesta que se necesitaba y que se mantiene en este momento.

Y del hombre de pensamiento, aislado en su gabinete de investigador, no se esperaba el lúcido pensador de los medios de comunicación, ni la propuesta de la comunicación para el atrio de los gentiles, ni su inteligente y pastoral acogida de la tecnología digital.

Pero la sorpresa mayor fue esa renuncia, con un antecedente de seis siglos atrás, que respondía a su doble certeza: la Iglesia necesitaba un cambio profundo y la experiencia vivida le indicaba que sus fuerzas no le daban para tanto.

El propio Bergoglio anotaría: “Lo que Benedicto XVI hizo al presentar su renuncia representa un gesto revolucionario, un cambio de 600 años de historia”.

En efecto, contra sus propios pronósticos, Benedicto XVI con su renuncia resultó ser el impulsor de ese dinamismo que hoy vive la Iglesia y que está cambiando su historia. Las generaciones de hoy han contemplado un hecho único y sin antecedentes de dos papas, uno emérito y otro activo, que oran juntos, que dialogan y coexisten como nunca antes había ocurrido en la larga historia de la Iglesia. Las generaciones que vendrán los verán, además, como coautores de uno de los grandes cambios en la historia de la Iglesia.

Todo este movimiento renovador comenzó inesperadamente cuando, el 11 de febrero del 2013, se celebraba en la Sala Consistorio del Palacio Apostólico una audiencia sobre canonizaciones, entre otras la de la colombiana Laura Montoya. Allí, el papa Benedicto XVI, sin temblor en la voz, anunció su decisión de renunciar porque no tenía “fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Pasado el estupor inicial, comenzaron las explicaciones de lo que se podía leer detrás de ese “ejercicio adecuado del ministerio petrino”.

El diario del Vaticano, por esos días había visto al papa como “un pastor entre lobos”. Con una figura parecida se había comparado a la Iglesia con “una viña arrasada por jabalíes”.

El propio papa había hablado de “asalariados que no son pastores” y de “las divisiones provocadas por la ambición personal”. Por entre esas expresiones se asomaban los escándalos que llevaron, finalmente, al papa a concluir con una heroica y ejemplar honestidad: “No tengo el vigor ni físico ni espiritual que se necesita”. El mundo católico sintió que había una crisis y que, por tanto, a la Iglesia se le abría una oportunidad.

La era del papa Francisco

Jorge Mario Bergoglio, cardenal de Buenos Aires, resumió en una hoja de libreta las líneas de un programa pastoral para el papa que estaban a punto de elegir. La suya fue una entre las 161 intervenciones que se escucharon en el silencio de la Capilla Sixtina, en el conclave.

La hoja, escrita con una letra menuda, la conserva el cardenal arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, como un documento histórico. Además, tiene la fuerza de un compromiso porque ese programa, escrito para un tercero, se convirtió en la bitácora del nuevo papa.

Los demás cardenales habían sido claros y francos, a veces duros, para hablar de la crisis de la Iglesia, sacudida en los últimos meses por los escándalos de la banca Vaticana, los documentos robados por el mayordomo del papa, los abusos sexuales de sacerdotes en Estados Unidos, Alemania e Irlanda, las deserciones de fieles, el cristianismo menguante de Europa. Bergoglio, llegado del fin del mundo, a medida que escuchaba, anotaba su visión del papa que podría enfrentar esa crisis. No se quejaba ni denunciaba, sólo proponía.

Citando a su maestro, Pablo VI, encabezó su escrito con la frase sobre “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”, y proponía:

1. Evangelizar, como una tarea que obligaría a la Iglesia a salir de sí misma: “la Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias”, escribió. Fue uno de los pensamientos centrales de su primera encíclica, que a lo largo de este año desarrolló, más que con palabras, con acciones. Prefirió visitar en Río la más azarosa de las favelas, abrazó a los enfermos, actuó más como obispo de Roma que como pontífice de la cristiandad, causó escalofríos cuando abrazó a ese enfermo rechazado por todos por su apariencia monstruosa; frente a los homosexuales dijo, respetuoso: ¿quién soy yo para juzgarlos? Y en su reciente mensaje sobre las comunicaciones, señaló el ejemplo del samaritano que, al contrario de los sacerdotes y levitas, se detuvo para ayudar al herido abandonado a la orilla del camino.

2. Siguió escribiendo mientras los oradores de rojo se sucedían: “cuando la Iglesia no sale de sí para evangelizar, se vuelve autorreferencial y entonces se enferma”. Prevenir o curar esa enfermedad fue, en estos casi doce meses, una prioridad para el papa Francisco. Ese narcisismo (es la palabra que usa) de una Iglesia que se contempla a sí misma, que se anuncia a sí misma, que vive a la defensiva, deja a Jesús encerrado como si fuera su propiedad exclusiva. “La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir”, diría ante el colegio cardenalicio en pleno.

3. Señaló, en tercer lugar, el mal de la mundanidad espiritual que aparece en esa Iglesia que parece tener luz propia. Echa de menos el misterio de la luna, con su luz refleja, y propone cambios y reformas con fuerza suficiente para alejar de la Iglesia “ese vivir para darse gloria los unos a los otros”.

Después, ya como papa, diría que prefiere esa Iglesia que sale y tiene accidentes, a la que, encerrada, se protege. Alrededor de esa tarea reprueba la idea de una Iglesia aduana en donde los que llegan encuentran papeleos, condiciones y puertas cerradas, y se alegra ante la perspectiva de una Iglesia-casa de todos adonde se llega sin prevenciones, donde se opina sin temor, como en la casa paterna.

En su primer año, Francisco ha comenzado a crear en la Iglesia ese ambiente de puertas abiertas, de opinión franca.

4. En su cuarto punto, Bergoglio escribe que el próximo papa “debe ser un hombre que ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales y le ayude a ser madre fecunda”.

El plan Bergoglio

Horas después entendería que había escrito el plan de trabajo para un proceso de renovación que él impulsaría. Los escándalos, las deserciones, el espíritu de derrota que afligía a tantos de sus hermanos en el colegio cardenalicio tenían que ver con ese encerramiento, así que, elegido papa, se propuso sacar la Iglesia a la calle y armar lío.

Cuando la revista Time lo nombró personaje del año, el editor explicó: “Trasladó el pontificado del palacio a las calles”, y agregó: “Comprometió a la mayor religión del mundo a enfrentar sus necesidades más profundas”.

A Francisco se lo vio y se lo oyó en los debates sobre el poder y el dinero, sobre el matrimonio, sobre pobreza y riqueza, sobre el papel de la mujer, sobre modernidad y globalización. Con él, la Iglesia está saliendo a la calle, y para asombro y regocijo: “equilibró el juicio con la misericordia”. Palabras como ‘ternura’ y ‘misericordia’ caracterizan su lenguaje y su acción y, lo que es más importante, han entrado en la agenda de la Iglesia. También ha sido significativo su empeño en afirmar ante el mundo que la Iglesia no es una ONG ni una entidad de beneficencia; que tampoco es la curia romana.

El propósito del Vaticano II, que se había quedado en el papel, de una descentralización de la Iglesia, con Francisco se está volviendo realidad y es previsible, que de continuar profundizándose, configurará una Iglesia de estructura horizontal, como fue la primera comunidad cristiana.

Cuando creó el G-8, ese grupo de cardenales que son sus asesores para los cambios en el gobierno de la Iglesia, tuvo buen cuidado para incluir a cardenales de todos los continentes; lo mismo ha sucedido al seleccionar para los principales cargos, a eclesiásticos que no figuraban en las listas tradicionales.

Pero el instrumento más importante para esta descentralización son los sínodos. El que se celebrará en octubre de este año, sobre la familia, se puso en marcha con una encuesta que se adelanta en todo el mundo y que es una escucha directa de lo que pasa en la vida real.

Son reformas de fondo que él puso en marcha cuando describió su pontificado como “un camino de fraternidad, de amor y de confianza”.

JAVIER DARÍO RESTREPO
Director de la revista ‘Vida nueva’. Experto en temas de ética periodística.
ESPECIAL PARA EL TIEMPO