Archivo

Memoria y palabra de mujer viva

notitle
10 de febrero 2014 , 06:22 p.m.

Con la más álgida de las blasfemias catedráticas –de las tantas que nos atornillan– se llenan la boca muchos profesores de las facultades de periodismo y comunicación para inculcarnos un insulso, desabrido y ciego respeto por el ‘único’ evangelio que –quizás–posee el periodismo: ‘la objetividad’; claro está, según ellos. Y hoy por hoy todavía hay una incontable recua de viejos loros que no se cansan de enseñar y repetir lo de siempre cuando tan ‘inmaculada objetividad’ desaparece –incluso– al calificar colores y texturas; entonces, ¡¿qué ‘imparcialidad’ me puede invadir cuando me siento cautivado por las ideas de una mujer y su carácter; qué rayo de ecuanimidad me puede liberar del vigoroso argumento de sus palabras en una época avara para producir este tipo de personalidades?!

La pueden calificar como una sirvienta de su ‘jefe’; y, así lo han hecho. También dirán que su discurso –como el de él– no es un ‘voto de paz’. Otros y otras han pregonado que ella es una sanguinaria, que es una ‘generala’; más, eso lo dicen los apóstoles de lo gris y escabroso para que lo repitan los gordos siervos del poder; sin embargo, más allá del decir, escuchar, maldecir, intentar persuadir, mentir y desmentir todo lo que sobre ella recae; escribir su retrato, perseguirla y dibujarla me resultó casi alarmante: no poseo los adjetivos que requiere y aunque pertenezca a un partido, su personalidad, sus ideas y compromisos personales están al margen de las políticas dictadas; es decir, en ella –probablemente– sí habita un justo discurso de ‘objetividad’.

A muchos no les gusta, les resulta perdida, pero… ¿quién en la política puede decir que su entrada a ese mundo fue por una sola intervención? ¡Ella! He leído acusaciones sin fundamento en su contra de ‘vaguedad ideológica’. En cambio otros rescatan su simplicidad y de eso se han enamorado. La definen como fuerte, valerosa, ejemplar sin necesidad de ponerla en pomposos tronos, ni en santorales pedestales porque ella no es una santa, desde luego: reconoce equívocos, acepta sus defectos, sabe donde se albergan y, además, tiene y sostiene el vaso de la vida con una ejemplar memoria y palabra de mujer viva.

Miré muchas de sus entrevistas en la Internet para saber si alguien le había logrado robar una escondida opinión sobre una ecuación sin resultado; pero, normal, piedra de lo aprendido: la ejemplar pobreza de muchos entrevistadores con su eterno credo de ‘objetividad’ y en otros diálogos era demasiado latente la pirómana intención del entrevistador; no obstante, ella respondió, se desenvolvió con altura cuando la insultaron, la inculparon y allí, en ese momento, me encantó la pericia de sus frases con hieráticas sentencias que me impulsaron a tentar el destino: buscarla, conocerla y escucharla. Necesitaba el resultado personal de la ecuación.

En ella encontré un discurso político regulado con la justa medida de lo materialmente posible y sin retóricas promesas de lo que siempre será improbable. No es una arenga de oráculo proselitista en el cual nada se niega y nada se admite, para ella sus metas están en la gente del común –incluso–, pasando por encima de los conflictos y divisiones que se agitan en su movimiento.

Al final logré hablar personalmente con Paola Holguín, una mujer para nada indulgente con la mediocridad política. La vi diminuta por medio de la cámara de su computador y rescaté unos ojos avellanas de pocos preámbulos por la diferencia de horarios y el tiempo tan ajustado que vive por estos días en la recta final de su campaña; mas, debo decir, la conversación fluyó sin tropiezos –incluso al final– cuando le expuse mis diferencias de conceptos, formas y personas que para mí sobran en su movimiento; pero ella, adornó con intachable lealtad y ánimos de unanimidad.

Al final me llevé sus ojos ya sin preámbulos y con mucha más soltura de una mujer que oprime toda solemnidad insustancial para creer en un mejor destino que yo simplemente con alegorías logré transmitir.

P. S.: “¿Qué persona con sentido común se gusta a sí misma? Me conozco demasiado como para gustarme”, Golda Meir.

@andrescandla

Andrés Candela

Más columnas del autor

Mercachifles y contrabandistas de 'fe'

El misterio del papel higiénico y 'Pan con Ulises'