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Unos juegos bajo la sombra del terror

Olímpicos de Invierno en Sochi representan todo aquello a lo que se oponen islamistas radicales.

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09 de febrero 2014 , 10:17 p.m.

Moscú. En el 2007, cuando el presidente ruso, Vladimir Putin, viajó a Ciudad de Guatemala con el fin de apoyar la candidatura de su país para organizar los Juegos Olímpicos de este año en Sochi, él sabía que ganar sería la etapa más fácil del proceso. Muchos bromeaban con el hecho de que solo Rusia propondría un centro vacacional costero de clima subtropical para llevar a cabo competencias de deportes de invierno. Pero, si bien las inquietudes por la falta de nieve en las montañas aledañas y por la capacidad de Rusia para construir a tiempo la infraestructura necesaria han disminuido desde que Rusia ganó dicha candidatura, una preocupación más grande sigue vigente: la amenaza del terrorismo.

Sochi está situada en la región del Cáucaso septentrional, que, tras la disolución de la Unión Soviética, experimentó una insurgencia armada brutal y larga en Chechenia, mientras que el vecino, Daguestán, particularmente, se convirtió después en cuna del terrorismo y extremismo islamista. De hecho, Putin ganó apoyo generalizado entre el pueblo ruso debido a su manejo resuelto y despiadado del separatismo en el Cáucaso septentrional –apoyo que contribuyó a persuadir al entonces presidente, Boris Yeltsin, para designar a Putin como su sucesor en 1999.

Una vez en el poder, Putin –con una victoria militar y una política de reconciliación– pudo poner paz en Chechenia, que quedó más como un kanato feudal asociado a Rusia que como una verdadera parte de la Federación Rusa. Como resultado, durante los últimos doce años ha habido paz con Chechenia –y dentro de ella–.

El terrorismo ha resultado ser un desafío más resistente. Mientras la guerra en Chechenia estaba llegando a su fin en el 2002, terroristas del Cáucaso septentrional tomaron como rehenes a cientos de personas en un teatro de Moscú. Asimismo, en el 2004, un grupo armado capturó a cientos de niños en una escuela en Beslán (Osetia del Norte). El número de muertos tan solo de estos dos ataques superó los quinientos.

En el 2005, islamistas armados tomaron por un día a Nalchik, capital regional en el Cáucaso Norte. En el 2010, al menos 40 personas murieron debido a dos explosiones en el metro de Moscú, que detonaron terroristas suicidas en Daguestán. En el siguiente año, 37 personas murieron de forma similar en el aeropuerto Domodedovo, de Moscú. Los ataques han continuado a pesar de la voluntad expresa de Putin de autorizar ataques contra sospechosos terroristas, “dondequiera que estén”.

Cabe señalar que terroristas han estado en guerra con Rusia casi desde el momento de la desintegración de la Unión Soviética. Sin embargo, ya no se trata de una lucha por la independencia de una región específica en el Cáucaso, sino de una lucha para establecer un “califato del Cáucaso” basado en la ley sharia.

Los métodos de los terroristas también han cambiado. Su táctica ya no es la insurgencia armada, como en los años noventa, o la de incursiones de grupos de militantes, como en los años dos mil, sino actos individuales de terrorismo. Los objetivos son desde estaciones de policía y tiendas de bebidas alcohólicas en el Cáucaso, clérigos musulmanes comunes en Tartaristán o personas en otros lugares de Rusia. Los hermanos Tsarnaev– responsables de los atentados con bombas el año pasado en la maratón de Boston– ilustran este tipo de terrorismo, orientado a la sociedad secular en general, en Rusia o en otros lugares.

Desde el principio se ha sabido que los Juegos Olímpicos de Sochi, que representan todo aquello a que se oponen los terroristas, serían un objetivo probable. Los ataques recientes en Volgogrado, en el sur de Rusia, y en Pyatigorsk, en el Cáucaso septentrional –que cobraron la vida de tres decenas de personas–, se perpetraron probablemente para enviar el mensaje a los rusos de que están indefensos, mientras que comunican al resto del mundo que Sochi es un lugar de visita muy peligroso.

De algún modo, lo han logrado. Ya hay quienes han cancelado su viaje a Sochi, a pesar del repudio de la comunidad internacional por los ataques y la promesa de luchar contra el terrorismo. El secretario de Defensa estadounidense, Chuck Hagel, declaró recientemente a los periodistas que su país, conjuntamente con las autoridades de seguridad rusas, estará preparado para desalojar a estadounidenses que estén en Sochi si ocurriera un ataque.

Sin embargo, el hecho es que Sochi tal vez sea ahora el lugar mejor protegido de Rusia. Como la reputación personal de Putin está de por medio, la principal prioridad de la policía y los servicios de seguridad rusos es garantizar que los juegos se desarrollen sin incidentes.

Esto supone otro riesgo: como los activos más importantes de aplicación de la ley estarán desplegados en Sochi o cerca de ahí, los terroristas podrían tratar de atacar en otro lugar durante los Juegos Olímpicos. Después de todo, Rusia es un país con un territorio vasto, y las células terroristas son pequeñas y no pueden ser penetradas fácilmente, en parte porque usan a menudo modos primitivos de comunicación que son difíciles de detectar. Además, si bien la cooperación internacional es útil para combatir el terrorismo, su impacto está limitado por sospechas y desconfianza, como revelaron los ataques de Boston.

Paralelamente a los Juegos Olímpicos, hay otra competencia en curso entre los terroristas que tratan de perturbar los juegos, o al menos estropear la atmósfera, y las fuerzas del Estado ruso, cuya tarea es frustrar los planes de los terroristas. Esta es una competencia que Rusia tiene que ganar obligadamente.

Dmitri Trenin
Director del Carnegie Moscow Center
© Project Syndicate