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Voto en blanco y constituyente

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09 de febrero 2014 , 08:31 p.m.

La propuesta de una asamblea constituyente, la verdad sea dicha, primero fue lanzada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez y, como se recuerda, naufragó en la interpretación según la cual era la manera con la que Uribe pretendía desembarazarse de la prohibición de más de una reelección y, mediante el mecanismo constituyente, buscar la existencia de una reelección indefinida, “por los siglos de los siglos”.

Pero cuando se apagaban las voces sobre la constituyente, calificada por algunos de uribista, el asunto revivió desde La Habana, enarbolado por la guerrilla de las Farc como mecanismo para refrendar los temas y compromisos que eventualmente se pacten para poner fin al conflicto armado con esa guerrilla. El Gobierno Nacional, contraparte en la mesa de diálogo, le respondió con la contrapropuesta del “referendo para la paz” y, adicionalmente, promovió la aprobación de una reforma mediante la cual habilitó la realización de referendos para refrendar acuerdos de paz con otros certámenes electorales y, con esta coincidencia, intentar arrastrar la dinámica de votantes para superar los umbrales de ley.

Entonces, la constituyente del uribismo y la constituyente de las Farc, por razones de las voces y organizaciones que las promovían, fueron cayendo en el barrial de una propuesta “políticamente incorrecta”. Para no caer en el lodazal de ser encasillado en las inadecuadas vocerías de la guerrilla o la mucho más indeseable consideración de ser vocero de la derecha intolerante del uribismo. Así pues, en el tire y afloje de las extremas, la constituyente se embolató en la agenda política y de las propuestas que se ventilan en el fofo debate electoral.

Cuando se creía que la iniciativa de una constituyente naufragaría como aquella que se ahogó en las burlas de “la constituyente de Higuita”, en una de las alocuciones desde el balcón de la alcaldía del alcalde Gustavo Petro, volvió aparecer el tema, cuando aquel hizo referencia a la circunstancia del irrespeto al derecho al voto de los ciudadanos, irrespeto según el cual, mediante un acto administrativo, una autoridad de origen derivado cuenta con la atribución de destituir a un mandatario elegido por voto popular. “Es necesaria una constituyente para restablecer el imperio de la democracia”, palabras más, palabras menos, propuso el alcalde Petro.

Adicionalmente, por estos días, importantes voces de la academia, en las que se destaca la del profesor Alejo Vargas, se ha insistido en la vigencia política y la conveniencia (a causa de un Congreso renuente a reformas estructurales e ilegítimo) de la realización de una asamblea constituyente para recuperar la armonía de los poderes públicos, recortar la posibilidad de los desafueros de los organismos de control y propiciar una profunda reforma de la justicia. Según estas voces, nos quedó mal hecha la plana en 1991. Solo falta un hecho desatado por la ciudadanía, como el de la “séptima papeleta”, que llene de legitimidad ciudadana la urgencia de la constituyente.

Entonces, desde voces distintas, revive la idea de la asamblea constituyente. Seguramente, como se asoma en el debate, se hablará de su importancia como escenario para la consolidación del fin de la guerra, tal como sucedió en 1991, cuando, mediante decisión soberana de la Asamblea Constituyente, se cooptó a integrantes del Epl, el Quintín Lame y el Prt, organizaciones guerrilleras que suscribieron acuerdos de paz con el gobierno del presidente Gaviria.

Por supuesto, falta que la iniciativa “prenda” en el alma ciudadana. Probablemente, diría yo, si se promueve el voto en blanco, que, de ser mayoritario, tendría consecuencias, el “voto en blanco para una asamblea constituyente” podría ser la expresión electoral de la indignación ciudadana. Podría ser.

Héctor Pineda S.
ticopin57@hotmail.com