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Cine mudo

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09 de febrero 2014 , 08:31 p.m.

No hay nada mejor que la terapia de la oscuridad en una sala de cine. Debo confesar esa adicción. Incluso, cuando me han correspondido altas responsabilidades de Estado, encontraba siempre unos minutos para refugiarme en el delicioso anonimato de ver una película.

Pero ese es un vicio amenazado. En el 2013, el volumen de personas que asistieron a salas de teatro en los Estados Unidos fue el más bajo desde 1995. El año pasado fueron a cine mil millones doscientos mil individuos. Durante veinte años, el número de gente que se sienta a disfrutar una película ha permanecido prácticamente constante. Eso es relevante porque, gústenos o no, si no hay audiencias allá, no hay películas acá.

La situación ha llevado a que los estudios y los distribuidores no corran riesgos, dado que el costo de hacer una película de alcance global se ha cuadruplicado en los últimos veinte años. Cuando se mira por categoría temática, el noventa por ciento de las películas exitosas clasifican como acción, aventura, drama romántico, comedia o producción digital.

La inmensa mayoría de esos filmes, que se exhiben hoy, son versiones contemporáneas del pasado o refritos basados en personajes y situaciones de la cultura popular, como el caso de los superhéroes.

Según audiencias, las películas para adultos (R, en la categoría gringa) han disminuido hasta ser menos del quince por ciento de todo lo que produce Hollywood. Las clasificaciones familiares (G y PG) se tomaron las pantallas. Entre Batman, Spiderman y Piratas del Caribe hay poco espacio para el cine de verdad. Además, nos toca aguantarnos el ascenso de las películas en 3D, que son la versión ampliada de un videojuego.

En una época anterior, desarrollar guiones era uno de los más apetecidos oficios literarios. Hoy se está asesinando al escritor. El índice de películas basadas en argumentos originales cayó al nivel más bajo desde 1995. Los escritores de guiones se han tenido que refugiar en otra parte.

The Economist, en su lista de las profesiones más amenazadas en las próximas décadas, pone en los primeros lugares a los actores. Con la revolución digital, los intérpretes serán, cada vez menos, individuos de carne y hueso. Greta Garbo, Anthony Quinn, Dustin Hoffman, Antonio Banderas, Al Pacino, Robert De Niro, Penélope Cruz, Jack Nicholson y tantos otros serán reemplazados por crudas versiones creadas por computador.

Paradójicamente, mientras la calidad del cine contemporáneo va en declive, obviamente con excepciones tales como The Butler y Blue Jasmine, la profundidad, la originalidad, los diálogos y la inteligencia creativa se han ido desplazando –cada vez más– al espacio de las series en televisión. Las cadenas independientes han sido el catalizador.

Hay una erupción de nuevas propuestas. Sin el box office syndrome –la tiranía de cuántas personas entran a ver una película el día de su estreno–, la televisión está redimiendo al cine. La posibilidad de temas más descarnados, maduros y realistas, sin preocuparse por ser políticamente correctos o por no espantar a las mamás de los suburbios, ha sido un bálsamo para quienes amamos el género.

Además, todavía nos quedan el cine europeo –subsidiado, como todo lo de ese continente– y la terquedad audaz de los independientes, que, gracias a Robert Redford y su Sundance Festival, han creado una contracultura que desafía la aplanadora de los estudios tradicionales. Hay luz al final del túnel.

Díctum. Pacho llegó como hijo pródigo donde el Patrón. Y sus declaraciones iniciales han confirmado todo lo que en esta columna se ha dicho. The Desperados.

Gabriel Silva Luján