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¡Que lo acaben!

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08 de febrero 2014 , 08:19 p.m.

Llevo años presenciando un juego que algunos encuentran apasionante: darle palo venteado a Patarroyo a ver si lo acaban. Ningunean sus logros, lo equiparan a un vendedor de feria, celebran sus caídas, le desean un entierro de cuarta.

No niego que el científico no contribuya a azuzar la hoguera, empezando por poner fechas al descubrimiento de la vacuna, un riesgo innecesario que siempre pasa factura. O por ser asiduo a las páginas sociales cuando la gente prefiere un discreto ratón de laboratorio.

Pero esos errores marginales no tapan los aciertos de un investigador de grandes ligas, que sigue aportando su grano de arena a la Ciencia pese a los golpes presupuestarios y judiciales que le propinan. Patarroyo acumula incontables logros, todos medibles con criterios objetivos, porque en el universo científico nadie regala nada y menos que nada, elogios y reconocimientos.

Un componente esencial para mantenerse a flote son las publicaciones en las más relevantes revistas científicas del planeta. Entre las cinco primeras figura Chemical Review, por encima de Lancet y Nature. En ella solo han aparecido, en toda su historia, diez trabajos de científicos latinoamericanos. Nuestro supuesto pintado en la pared fue el autor de tres de ellos.

Hasta hace doce años, Patarroyo contaba con un equipo de más de cien investigadores; ahora solo tiene 48 y un presupuesto raquítico. Como el Estado decidió marginarlo, su Fidic (Fundación Instituto de Inmunología de Colombia) sobrevive gracias a convenios con la Universidad del Rosario, la de Navarra (España) y el gobierno vasco. Estos últimos disminuyeron la financiación por la grave crisis económica, pero no la cortaron: 625.000 euros, una cifra pequeña dada la magnitud de su reto, pero imprescindible para seguir a flote.

Entre los gastos fijos de Fidic figura el alquiler que paga al Ministerio de Minas por su sede: 34 millones mensuales entre arriendo y servicios. El Centro de Investigación del Amazonas, que le cerró el irresponsable Consejo de Estado, le costaba entre 700 y 800 millones anuales, 220 de ellos destinados a alimentar los micos.

En los treinta y cinco años de cruzada para dar con la vacuna sintética contra la malaria y otras enfermedades graves, ha gastado unos 45 millones de dólares. Entre tanto, otros diez laboratorios, que persiguen idéntico objetivo, llevan invertidos alrededor de 15.000 millones de dólares. Para la Humanidad sería clave que el colombiano ganara la carrera porque mientras los demás pondrían un precio que rondaría los 150 dólares por unidad, él lo dejaría en un solo dólar.

Al margen de si alcanza o no su sueño, la importancia de Patarroyo para Colombia ha sido enorme. No es el único científico, hay otros excelentes, pero fue quien puso la Ciencia en el mapa, quien logró acercarla a la gente del común. Y algo que se olvida con frecuencia: por sus manos pasan decenas de jóvenes con vocación científica y los convierte en investigadores de primera. Si no siguen en el país varios de los más brillantes, es por la falta de recursos de Fidic, por sus permanentes vaivenes económicos.

A diferencia de quienes lo critican por no haber obtenido ya la vacuna con efectividad total, yo me quedo con la frase de Newton. “Pude ver más lejos porque gigantes me permitieron pararme en sus espaldas”. Si él no corona, nada se habrá perdido. Otros continuarán sobre lo que ha construido.

Salud Hernández-Mora