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La paz, un imperativo categórico

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07 de febrero 2014 , 05:44 p.m.

¿Quién con mayor autoridad que el expresidente Belisario Betancur para dar recomendaciones acerca del proceso de paz que se realiza actualmente en La Habana? Según él, se trata de un asunto prioritario, que hay que apoyar, pues –recordando a Kant– tiene connotaciones de “imperativo categórico”.

Durante su mandato, Betancur se mantuvo obsesionado por alcanzar la paz. Se me dio la oportunidad de ser testigo cercano de las gestiones que en silencio llevó a cabo para llegar a un acuerdo con el M-19. Por eso pasaron inadvertidas para la opinión pública, al contrario del proceso espectáculo que se montó en el Caguán. No obstante haberle dado todas las gabelas, esa facción guerrillera no jugó limpio y prefirió mantener la tónica de tumbar al gobierno por medios violentos. Recuérdese la demencial toma del Palacio de Justicia, que tuvo características de hecatombe.

En 1984, en un foro organizado por el Departamento de Historia de la Universidad Nacional, al instalarlo en calidad de rector, decía yo: “Colombia está cansada de violencia y la violencia misma está cansada. Un proceso tan largo y doloroso no puede perdurar sin sufrir desgaste, sin sentir el rechazo del cuerpo que lo padece. De ahí que estemos siendo testigos de una mutación estratégica en la lucha por imponer entre nosotros un cambio en las costumbres sociales y políticas. Para quienes somos pacifistas, apasionados amantes de la no violencia, los vientos que soplan nos regocijan y nos llenan de optimismo”. Las anteriores palabras fueron pronunciadas hace treinta años y estaban inspiradas en la posibilidad de que el gobierno Betancur y el M-19 llegaran a un acuerdo. Hoy adquieren plena vigencia, no obstante ser otros los actores.

Mucha sangre y muchas lágrimas han corrido desde entonces. Renace ahora la esperanza de que el conflicto llegue a su fin, más aún cuando las partes involucradas están convencidas de que la confrontación armada no es la vía adecuada para cambiar lo que ha contribuido a perpetuarla, y de que no se necesita repetir hecatombes para lograrlo. Quienes así pensamos (que somos la mayoría de los colombianos) tenemos la obligación de mantener vivo el optimismo y de contribuir a que la paz se consolide, pues es un imperativo concluyente.

Los médicos no podemos ser ajenos al proceso de reconciliación. El habernos correspondido desempeñar el papel más penoso y trágico del conflicto, es decir, ocuparnos de miles y miles de heridos –físicos y mentales–, nos ha permitido valorar la magnitud del drama. Qué bueno fuera que desapareciera tan doloroso flagelo y, mejor, poder entregar ese esfuerzo desde escenarios propicios para preservar la salud de nuestros compatriotas.

En el primer punto de la Agenda, referente a la reforma agraria integral y que fue aprobado y suscrito por el Gobierno y las Farc en La Habana, se contempla que en cuestiones de salud es necesario “un nuevo modelo especial que atienda, con un enfoque diferencial, zonas rurales dispersas, con pertinencia y énfasis en prevención, que acerque el servicio a los hogares o lugares de trabajo de la población rural”. En otras palabras, poner en vigencia la Atención Primaria de la salud, olvidada en el modelo que impuso la Ley 100 y que se rescata en la reforma que los médicos hemos venido liderando. Un buen sistema de salud sería, sin duda, una magnífica estrategia para consolidar la paz.

En julio del 2013, la Academia Nacional de Medicina y la Organización Panamericana de la Salud conformaron una comisión encargada de diseñar un plan que permita atender los principales problemas sanitarios que afectan a la población de las zonas comprometidas. Con la colaboración del Instituto Nacional de Salud se está elaborando el mapa epidemiológico correspondiente, que hará más fácil y efectiva la acción del Estado.

Los médicos no podemos ser ajenos al proceso de reconciliación. El habernos correspondido ocuparnos de miles y miles de heridos nos ha permitido valorar la magnitud del drama.

Fernando Sánchez Torres