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Los vericuetos del escándalo de Woody Allen

La polémica por la hija adoptiva del cineasta empezó en realidad hace más de veinte años.

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06 de febrero 2014 , 11:31 p.m.

Los rumores empezaron en 1992. Ese año, Woody Allen, uno de los genios del cine, del humor y la ironía, ocupó en pocas semanas las portadas de diarios y revistas. Como si fuese todo un acontecimiento mundial, su rostro, acompañado por la polémica y el sombro, invadió cientos de páginas. Hasta aquí —dijeron unos— llegó su carrera. Hasta aquí —dijeron otros— llegaron los guiones de este aclamado director.

Pero con el tiempo todo el escándalo se olvidó y una nueva generación amante de Allen creció sin tener presente tal controversia. Hasta hoy, claro, cuando la carta de Dylan Farrow, una de sus hijas adoptivas, publicada en un blog del New York Times, vuelve a poner en el ojo del huracán al afamado cineasta que, como antes, ha negado con vehemencia las acusaciones de violación. Y también, a causa de ello, vuelven a aparecer, como antes, esas historias que nadie sabe con certeza si son reales o hacen parte de un asunto de ficción.

Todo arrancó, entonces, un día de enero del 92. La sorpresa asaltó a Mia Farrow, esposa de Allen durante más de una década y protagonista de no pocos de sus largometrajes, cuando de repente encontró en su apartamento varias fotografías de Soon-Yi Previn (adoptada por Mia en su matrimonio con el músico André Previn). Ella, de 21 años, retratada por el mismo Allen, posaba desnuda con provocación. Y ese, justamente, fue el inicio del escándalo que se extendió por casi cinco años.

Lo que vino luego fue una serie de declaraciones que parecían más un manojo de chismes provenientes de familiares y amigos de la pareja a medida que se aceleraba su proceso de separación.

Pero hasta ese momento los testimonios en los que se le acusaba a él de tener tendencias sexuales poco apropiadas y a ella de padecer desequilibrios emocionales, no eran nada en comparación a lo que vendría después. En agosto tuvo lugar ese suceso en el que supuestamente Allen subió con Dylan (entonces de 7 años) a un ático y abusó de ella.

A partir de ahí todo, para ambos, fue un caos. El apellido de Allen iba siempre acompañado de todos los adjetivos que recordaban lo que suponía pederastia. Y él, en la televisión, en la prensa, de programa en programa, con amigos y allegados, desmentía todas las versiones que lo implicaban en semejante delito y ponían en tela de juicio su admirable filmografía.

Uno de los que más generó polémica fue, quizás, un artículo en la revista ‘Vanity Fair’, que presentaba, basado en varios testimonios, el transcurso de los hechos. En esa versión, publicada en noviembre, los espectadores leían recuerdos que aseguraban que la extremada cercanía de Allen con Dylan —por incitarla a que le contara sus secretos y por unos juegos que a ellos no se les antojaban infantiles— no era la misma que la de un padre con una hija. Pero también, en otros medios, no pocas personas, salían en su defensa.

Jane Martin, amiga y asistente por más de una década de Allen, por ejemplo, aseguraba que en Mia los cambios emocionales eran constantes y para expresarse los gritos eran frecuentes. Y otros tantos denunciaban que ella, en varias ocasiones, maltrataba a sus hijos y, además, tomaba tranquilizantes y antidepresivos. Todo ese ‘show’ —decían— era un gran montaje que resultaba la mejor venganza contra la atracción entre Soon-Yi Previn y el cineasta.

De hecho, por esa época, Allen, en una rueda de prensa declaró que sus sentimientos hacia aquella joven, tres décadas menor, eran honestos y verdaderos. Y ella también se pronunció: “No soy una flor abusada sexualmente por un padre. Soy una licenciada en Psicología que se enamoró de un hombre que resultó ser el exnovio de Mia”.

De inmediato, familiares de Mia afirmaron que, en realidad, Soon-Yi Previn no era tan equilibrada y que, de hecho, en su infancia había tenido serios problemas de aprendizaje. Sin embargo, contra todos los pronósticos, el director, que la consideraba ‘probablemente más madura que él’, se casó con ella. Lo hicieron en junio del 97 en Venecia.

***

Todo aquel embrollo tuvo serias consecuencias. Del 92 al 96 varias acciones judiciales determinaron que Allen no podía tener la tutela de sus hijos y que, además, era un padre “no apto e irresponsable”.

Pese a todo, no hubo para él sanciones disciplinarias, en parte porque la investigación encargada a un grupo de especialistas del Hospital Yale-New Haven, concluyó que Dylan no había sido violada y que toda aquella historia era una invención. Lo que quizás concordaba con los testimonios de amigos de Allen, quienes aseveraban que la misma Mia había hecho creer a su hija que el abuso en realidad había sucedido.

Pero, hoy, después de que la tormenta se apaciguara desde el 97, cuando se dejó de hacerle seguimiento al caso (que también incluyó afirmaciones en las que se decía que Ronan, el hijo natural de Mia y Allen, era en realidad de Frank Sinatra), parece revivir la polémica.

En la carta de Dylan se leen frases como: “desde que tengo memoria, mi padre me había estado haciendo cosas que no me gustaban. No me gustaba la frecuencia con la que me alejaba de mi madre, hermanos y amigos para estar a solas con él”. O: “Allen me cogió de la mano y me llevó a un ático oscuro y cerrado en el segundo piso de nuestra casa. Me dijo que me tumbara boca abajo y que jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Entonces abusó sexualmente de mí".

El cineasta, por su parte, a través de su abogado y portavoz, ha negado esas afirmaciones que, en realidad, jamás han sido un obstáculo para continuar su prolífica carrera. Incluso, amigos y familiares han reaccionado de nuevo con frases de apoyo.

El más reciente fue Moses Farrow, otro de sus hijos adoptivos con Mia, quien acusó a su madre de envenenar a la familia.

“El día de marras estábamos seis o siete personas en casa. Todos en espacio públicos y ni mi padre ni mi hermana estuvieron en un espacio privado. No sé si realmente mi hermana cree que fue abusada o lo hace para contentar a su madre", dijo hace poco a la revista ‘People’.

REDACCIÓN EL TIEMPO