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Editorial: Una epidemia evitable

06 de febrero 2014 , 08:16 p.m.

El último diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud sobre mortalidad por accidentes viales en el planeta no sorprende, pero sí alarma.

De acuerdo con sus estadísticas más recientes, si esta desastrosa tendencia sigue creciendo al ritmo actual, para el 2030 se perderán dos millones de vidas cada año por esta causa, 700.000 más que ahora, cuando la cifra es de 1’240.000. Las causas, según la Organización, se encuentran principalmente en la infraestructura inadecuada, en el parque automotor viejo y en la falta de educación vial y legislaciones apropiadas. Todas, valga decirlo, son condiciones prevenibles.

Sobra decir que el problema se concentra en los países en vías de desarrollo, que si bien tienen menos carros que las naciones desarrolladas, ponen, de manera injustificada, algo más de un millón de muertos anuales, o sea, el 80 por ciento del total.

A este paso, no es exagerado que las propias autoridades mundiales de salud califiquen la accidentalidad vial como una auténtica pandemia asociada al subdesarrollo, y que se atrevan a decir que su mortalidad alcanzará los niveles de las ocurridas por el sida.

Los efectos negativos no paran ahí, pues se estima que estos siniestros implican gastos equivalentes, en estas naciones, de hasta el 5 por ciento de su producto interno bruto (PIB), una cifra que no supera el 2 por ciento del PIB en el primer mundo.

El informe de la OMS precisa que la mitad de todos los fallecidos son peatones, ciclistas y motociclistas, razón por la cual esta organización clama por una reducción de los límites de velocidad en las zonas urbanas, para proteger mejor a estas personas.

La región del mundo que registra la tasa más alta de fallecimientos por siniestros viales es África, con 24,1 por 100.000 habitantes, mientras que la de Europa es la más baja, con 10,3 por 100.000. A América no le va tan mal, aun cuando presenta desniveles preocupantes: a tiempo que la tasa de mortalidad del continente se ubica en 16,1 por 100.000 habitantes, naciones como Venezuela reportan el fallecimiento en estos accidentes de 37 personas por cada 100.000 habitantes.

Se destaca el hecho de que Argentina, Chile y Colombia sean los únicos países de América Latina que cuentan con una agencia para la seguridad vial, autónoma y con presupuesto. Y aun así, en el 2012 en Colombia se perdieron 5.363 vidas por estos accidentes y casi 36.000 personas resultaron heridas.

Es importante resaltar que solo en Bogotá, que ayer tuvo un día sin carro, por cada mil personas se pierden cada año, por muertes prematuras asociadas a accidentes viales, 721 años de vida saludable en hombres y 221 años en las mujeres. Lo más lamentable del asunto es que se trata de indicadores nada despreciables, si se tiene en cuenta que todos estos eventos pueden prevenirse.

Cabe esperar que estas cifras sean positivamente impactadas por la Ley 1696, que empezó a regir el 19 de diciembre y que endureció las penas contra los conductores ebrios en todo el país.

También es importante que le quede claro a todo el mundo que las licencias de conducción, que están siendo renovadas, no son un derecho, sino un certificado de aptitud. Esto lo deben saber los ciudadanos y los funcionarios a cargo del trámite: cualquier ligereza de procedimiento o ética se paga en vidas humanas. Por eso, a ellas solo pueden tener acceso las personas realmente capacitadas para manejar un vehículo y para entender que hacerlo responsablemente es el paso más firme para evitar estas intolerables tragedias.

EDITORIAL