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Editor e hijo de Duquesa de Alba no cree en muerte del libro de papel

Jacobo Siruela, creador de una prestigiosa editorial española, habló con EL TIEMPO.

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05 de febrero 2014 , 06:28 p.m.

Hubiera podido dedicarse a navegar los mares, a montar a caballo o a seguir los díscolos pasos de algunos miembros de la realeza. Finalmente, desciende de una de las sagas familiares más nobiliarias del viejo continente.

Sin embargo, Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo (1954), hijo de la duquesa de Alba y mejor conocido como Jacobo Siruela, prefirió alejarse del espejismo de la realeza para sumergirse en la que él denomina la ‘República de las Letras’, un terreno que ennoblece el espíritu y en el que ha sabido dejar su impronta como editor, gracias a su amor y a su pasión por las humanidades.

Colombia era uno de sus destinos pendientes, que por múltiples compromisos había postergado, pero en el que decidió iniciar este año laboral. A su paso por Bogotá, en donde se encontró con jóvenes editores y libreros, Siruela recibió a EL TIEMPO, para hablar sobre cómo dio vida a la famosa editorial que lleva su nombre, su amistad con Borges o Calvino y su lectura sobre el papel del editor hoy.

¿De dónde viene esa pasión por los libros?

En realidad nunca se sabe bien por qué uno se siente impulsado por las letras, pues yo empecé leyendo cómics como todos los niños, pero siempre me vi muy llamado por las artes, no solamente por las letras. Hacia los 14 o 15 años empecé a leer libros más serios. Quizás es una herencia de esa aura de mi abuelo (Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII Duque de Alba de Tormes), que era un intelectual, director de todas las academias y mecenas de muchas cosas, y que sigue gravitando la familia.

A los 28 años, usted se interesa en la edición literaria. ¿Cómo fue eso?

En esa época, yo era pintor abstracto y artista conceptual y quería dedicarme a ello. Estuve en Londres y a mi regreso monto un estudio en Toledo, en donde conocí a unos señores franceses que me iniciaron en la literatura medieval. Entonces, empecé a leer por mi cuenta esos libros del ciclo artúrico y del mito del Grial, que me apasionaron, y decidí hacer un libro de bibliofilia, una cosa loca para aquella época. Así fue como traduje una novela anónima del siglo XIII que se llama La muerte del rey Arturo, que no es la de Malory. Todos me decían que me iba a estrellar, que era algo absolutamente insensato, invertir todos tus ahorros en una empresa tan quimérica, pero cuando estaba a punto de naufragar, lo presenté al Ministerio de Cultura y ganó el premio al mejor libro editado del año. Y se vendió toda la edición. A partir de ahí, pensé que tenía que haber más gente que gozara con esta literatura que me apasionaba y fundé Siruela.

¿Y por qué la llamó así?

Porque, bueno, aunque yo pertenezco a la ‘República de las Letras’, mi madre me acababa de dar el título de Conde de Siruela, y como es un título medieval, que proviene de 1475, vi que se ajustaba y la llamé Ediciones Siruela.

¿Cómo fueron esos inicios?

Comenzamos con dos libros, Sir Gawain y el Caballero Verde, que era la novela favorita de Tolkien, y la historia de Melusina. Y frente a todo pronóstico se vendieron los libros tres veces. Era extraño que una editorial empezara haciendo libros medievales y, por otro lado, eran unos libros muy cuidados, que ha sido un sello mío, con muy buen papel, alguna ilustración en color, traducciones, cuidadas. Pero, además, la Edad Media también era una moda por esos años. Era la antípoda de la era Moderna y de alguna manera las personas siempre estamos obsesionados por nuestras antípodas, nuestro contrario, con lo que no somos.

Siruela se volvió un sello de culto, con colecciones memorables como las prologadas por Ítalo Calvino y Jorge Luis Borges. ¿Cómo se conoce con ellos?

Mi siguiente proyecto fue vindicar la literatura fantástica en mi país, que era vista como una literatura de segundo orden. Entonces yo publiqué la Biblioteca de Babel, que estaba dirigida y prologada por Jorge Luis Borges. Y ahí coincidió con que la Universidad Menéndez Pelayo, de Sevilla, me encomendó que hiciera un curso de literatura fantástica. Entonces, a ese curso, al primero que invité fue a Jorge Luis Borges, que fue encantado, y también fue Calvino. Invité también a Bioy Casares, que no fue.

¿Cómo recuerda a Borges?

Yo era muy joven y me intimidaba mucho Borges. Tampoco pude hablar mucho con él porque me tenía que dedicar al curso y él estaba muy solicitado. Pero sí tuve momentos especiales. Recuerdo que después de la primera intervención, nos montamos en un coche a caballo en el que recorrimos Sevilla, y en una parada en el Parque María Luisa muchas palomas acudieron a él. Él las echó con fuerza, y me dijo: “Si al menos fueran vampiros”. Y recitó un verso en alemán, del que yo solamente entendí la palabra vampir. Con Calvino sí hice una muy buena amistad.

¿Y en qué momento vende Siruela?

La verdad es que la editorial fue progresando y cuando publiqué El mundo de Sofía llegamos a facturar mil millones de pesetas al año, que era una cantidad considerable. Pero realmente la empresa misma me empezó a comer, pues todo lo que leía era para editar, entonces no paraba de trabajar. Empecé a caer en una especie de melancolía extraña, además de que tenía necesidades económicas. Entonces vendí Siruela; finalmente, el buen negocio de todo editor es vender su editorial, que es cuando verdaderamente sacas los réditos de todo tu trabajo.

Y toma la decisión de irse a vivir al campo…

Me voy a una zona en Cataluña, a 40 kilómetros de Francia, en una casa antigua. Desde el campo dirigía seis colecciones de Siruela, aunque ya me había desprendido de la parte económica. Y empecé a pensar que realmente hoy en día se puede hacer una editorial desde el campo o desde cualquier sitio. Entonces, me voy de Siruela y fundo una nueva editorial.

¿Por qué la llamó Atalanta?

Atalanta es un mito. En esa época estábamos estudiando mucho la cultura griega con mi mujer (la también editora Inka Martí), viajamos mucho y el nombre nos pareció muy bonito, además de que se puede pronunciar en todos los idiomas.

¿Cuáles han sido sus premisas a la hora de editar una obra?

Lo importante de un editor no es lo que descubre, sino que tiene que tener una idea de lo que quiere y tiene que ser fiel a ella. Es el editor que camina hacia algo, escoge unas cosas y desecha otras. Esas son las editoriales que tienen realmente rostro y personalidad. Una editorial tiene que adquirir un público y que ese público se fíe a ella. Y cuando lo logra, la prensa se fía de lo que publica.

¿Qué caracteriza a Atalanta?

Atalanta es una editorial de culto, no nos dirigimos a muchas personas, nunca son libros aburridos realmente, y yo ahí sigo la premisa de Borges de que tú no puedes leer una cosa que te aburra, solo debes leer aquello que te produzca goce. Solo publicamos diez libros al año, lo que te obliga a ser exigente.

¿Qué hace un buen libro?

De lo que la gente no se da cuenta es que un editor, aparte de ‘descubrir’ una obra, puede transformarla. Tú puedes comprar un autor extranjero y lo debes traducir. Una mala traducción puede hundir a este escritor, mientras que una buena traducción puede ayudarlo. Nosotros hemos llegado a postergar una obra casi un año, porque seguimos corrigiendo. Entonces, en un libro hay mucha gente detrás. Un libro se ve como un objeto simple, pero tiene una información enormemente sofisticada.

En un mundo en el que la tecnología compite con fuerza con el libro por el tiempo de ocio, ustedes se arriesgan a sacar una obra tan ambiciosa como la ‘Antología universal del relato fantástico’, con más de mil páginas...

Nosotros hemos tomado riesgos superiores como son Las memorias de Casanova. Lo que pasa es que los libros importantes como este son obras monumentales. Una obra buena siempre tiene salida. Esta nueva antología es un poco mi homenaje personal a la literatura fantástica, de la que yo soy casi un especialista. Y son 55 autores de lo que yo juzgo que son los mejores cuentos. Podría tener 65, 85, pero hubiera salido demasiado caro. Creo que en esta obra está bastante bien representada la litera tura fantástica universal.

¿De dónde viene esa pasión suya también por los sueños?

Bueno, nuestra poética personal con mi mujer son los sueños. Yo publiqué El mundo bajo los párpados, pero tuve antes una idea osada y extemporánea de escribir una historia de los sueños, que no está escrita. Estuve investigando seis años y me di cuenta, por los temas que me iban interesando, de que no podía ser un libro académico. Tenía que ser más bien un libro literario y narrativo, pero a la vez que fuera serio, que llegara a unas tesis. En realidad, El mundo bajo los párpados es una reflexión sobre los límites de la realidad. Un libro que no trata sobre la interpretación de los sueños, sino del fenómeno de soñar en relación con la historia, lo sagrado, con el espacio, el tiempo y la metáfora.

¿Por qué no dan el paso al libro digital?

Por el momento no hacemos libros electrónicos por coherencia. Nosotros defendemos el libro real y sensual. Y lo hacemos porque creo que el libro del siglo XXI cada vez más se va a ir enfocando al libro tipo Atalanta, que es el artesanal, con ediciones muy cuidadas. No es que esté en contra del libro electrónico, lo que pasa es que sí estoy en contra de esa falsa ideología de que el libro electrónico es el futuro y el libro de papel es el pasado.

¿Qué lectura hace del creciente movimiento de la edición independiente?

Me alegro porque Atalanta, que empezó en el 2005, realmente pertenece a este movimiento. Recuerdo que al final de los años 90 decían que yo era una especie en extinción, que las editoriales independientes iban a desaparecer. Me alegro mucho de que esos profetas de la desdicha se hayan equivocado. Es un signo de los tiempos; realmente lo bueno de la historia es que esta siempre tiene sorpresas.

¿Cuáles considera las características de sus sensibilidades estéticas como editor?

Siempre tengo una inclinación hacia mis propios gustos, pero pretendo que siempre esos gustos sean lo más objetivamente posibles. Entonces, si me gusta algo, lo contrasto con otra gente, pero creo que los editores independientes actuamos por impulsos internos. Justamente como yo me planteé al principio: “Si a mí me gusta esto, ¿por qué no les va a gustar a los demás?”. Y ahora estoy feliz, porque no tengo una gran editorial, pero soy absolutamente libre, independiente, hago lo que quiero y me va bien.

CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento