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Vacamuerta en la India

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04 de febrero 2014 , 07:01 p.m.

En algunos de los países más espirituales del orbe, entre los cuales figurarían India y Colombia –este último donde la moral tiene feroces defensores a sueldo–, suelen sucederse descaches del erotismo y de la justicia salvajes que producen un pasmo histórico.

En el país asiático la vaca es un animal sagrado, pero en Colombia es más apreciado, tanto por sus dueños los ganaderos como por los cuatreros de la guerrilla, que se ensañaron en el despojo hasta que les pusieron su terrible tatequieto, el paramilitarismo, que terminó con miles de campesinos presuntamente auxiliares serruchados por la mitad. Hoy paramilitares y pomposos auxiliares están pagando sus fechorías, mientras el Gobierno adelanta un proceso que acabe con las fechorías de los guerrillos. Allí tenemos a nuestro admirado comandante poeta nadaísta Humbert de la Calle sudando el cuero y la camiseta para evitar que la nave, con la tripulación en trance, zozobre. Y con ello la postergada esperanza de paz.

Pero salgamos por un momento de nuestra tribu y trasladémonos a Subalpur, en la Bengala Occidental, donde sucedió que una chica de 20 años, que tenía sus relaciones con un joven musulmán de otra localidad, fue sorprendida con este en su casa en pleno ejercicio amoroso, lo que causó repudio en la comunidad, pues son vedadas las relaciones intermunicipales. Se organizó el consejo tribal –que imparte justicia por encima de la policía, según es costumbre en ciertas regiones–, comandado por una especie de Procurador omnímodo, quien sentenció a los amantes, atados cada uno a un árbol, a una multa de 25.000 rupias (400 dólares), pero como los familiares de la joven declararon que no podían pagarla, la sentencia fue conmutada a una violación en cadena, a “ser disfrutada por los hombres del pueblo”, según averiguaciones de la policía. Vacamuerta en la que intervinieron 13 acuciosos ciudadanos. “Perdí la cuenta de cuántas veces lo hicieron”, clamó la víctima. Para quienes llegaron tarde, el término “vacamuerta” se refiere a la violación en pandilla de una mujer indefensa, y procede de una costumbre campesina de reunirse en torno a una vaca muerta y asada a disfrutar sus presas. Menos mal que el hombre quedó en libertad, tras comprometerse a pagar la multa, pues también habría sido pasado por las armas de los 13 rijosos verdugos.

Los ejecutores de la pérfida justicia fueron embutidos sin contemplaciones en la guandoca y se les denegó la posibilidad de pagar una fianza. Se ha llegado a pedir que estos prohombres sean condenados a fusilamiento, empezando por el señor juez tribal. Igual sentencia están a punto de recibir los que sometieron a dos violaciones sucesivas a una adolescente de 16 años en Karaikal, a la que terminaron incinerando tras ser sometida a dos violaciones colectivas. Y la de la niña que luego de ser violada por seis en un autobús semivacío fue rematada a golpes de bates y barras de hierro, en Nueva Delhi.

Cada día quiero más a la India, patria de Gandhi, de Krishnamurti y de Tagore, y a ese país he entregado mi espíritu en busca de purificación. Cada día quiero más a Colombia, pero, por razones de atropellos apenas comparables con los de la India que acabo de relatar, no puede mi espíritu dejar de expresar su abominación.

Ahora que Petro dejó por la lona al Procurador (y sus calanchines) en su afán no sólo de destituirlo, o sea violarle su derecho a gobernar por voluntad popular, sino de decretarle la muerte política, en un país donde su Constitución no contempla la pena de muerte, que es el caso más aberrante de la violación de derechos, se impone el voto negativo en la revocatoria.

Ante aberraciones tan rotundas, tanto en la India como en Bogotá, hay que ser positivos y decir ¡No!

jmarioster@gmail.com

Jotamario Arbeláez