Archivo

Combatir el pesimismo / En consulta con Álex

04 de febrero 2014 , 04:04 p.m.

No creo que sea la única mamá que le dice a su hija preadolescente lo privilegiada que es al vivir en esta época. Entre infinidad de trivilialidades, le recuerdo que yo no tenía internet para facilitarme la vida a la hora de hacer tareas, no tenía celular para chatear con mis amigas y para completar solo teníamos dos canales en la televisión.

Pero la realidad es que aunque mis palabras dicen una cosa, mis sentimientos reales son muy diferentes.

Sinceramente pienso, como muchos adultos mayores, que el tiempo pasado fue mejor. Pero no por la nostalgia de una vida más pausada y sencilla, ni siquiera porque los hijos respetaban incondicionalmente a sus papás. Tampoco porque añore la ‘inocencia’ que era innata al no estar bombardeados por la información permanente.

Considero que los jóvenes de hoy tienen una gran desventaja frente a los de generaciones pasadas porque en casi todos los aspectos de la vida se han vuelto incrédulos, cínicos y tristemente escépticos. Las ilusiones son cada vez más escasas y las expectativas, por lo general, son negativas.

Por citar solo algunos ejemplos, un gran número de jóvenes no creen en el matrimonio ni mucho menos en el amor. ¿Para que casarse si después se ‘tienen’ que divorciar? No contemplan la posibilidad de que una relación de pareja puede durar eternamente si se comprometen y le trabajan a mantener los ingredientes esenciales para su éxito: honestidad, comunicación, respeto y lealtad.

Lamentablemente piensan que no pueden entregarle el corazón a nadie porque muy seguramente en algún momento van a ser heridos o abandonados.

Si hablamos de política, es aún más evidente el desasosiego. Estoy segura de que usted ha escuchado a más de uno decir “para qué votar o para qué involucrarse en los temas del país si todos los políticos son corruptos y en este país solo ganan los ladrones. ¡Nada va cambiar!”

Muchos se sienten derrotados sin ni siquiera haber intentado. Se han resignado a pensar que como estamos, estamos mal pero no hay nada qué hacer.

La espiritualidad y la paz interior que considero que conlleva, ha sido remplazada por un realismo contundente.

Les queda muy difícil entender que la fe no se compra, no se ‘googlea’ y no viene en forma de un ‘suplemento vitamínico’. Si no lo ven, no existe.

Aunque confieso que para mí es una lucha permanente mantener el positivismo en este caos en el que vivimos, sí creo que como padres debemos hacer nuestro mejor esfuerzo por recordarle a nuestros hijos que las posibilidades son infinitas y que pueden ser maravillosas. Aunque ellos sientan que las generaciones pasadas se ‘tiraron’ todo, ellos tienen el futuro en sus manos.

Hay que incentivarlos a soñar con lo que parece imposible y que trabajen duro para conseguirlo. Seamos cuidadosos de no contagiarlos con nuestras actitudes derrotistas, recordémosles que son sus expectativas las que generan sus realidades. Enseñémosles que aunque no podamos cambiar el mundo de un sopetón, sí podemos cambiar nuestra actitud.

ALEXANDRA PUMAREJO