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Veinte años después del Nafta

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03 de febrero 2014 , 07:12 p.m.

Cuando le pregunté al entonces candidato a la presidencia de México Carlos Salinas de Gortari si de ganar la presidencia negociaría un tratado de libre comercio con Estados Unidos, su respuesta fue tajante e irónica, “¿Quieres que nos coman vivos?”.

La entrevista fue en Guadalajara, en 1987, y Salinas temía que la asimetría entre los dos países devoraría al más débil. Tres años después, en Washington D. C., en otra reunión a la que me tocó asistir, el presidente Salinas confirmaba que habían empezado las negociaciones de un tratado de libre comercio entre México y EE. UU.

A 20 años de la firma del tratado no solo con EE. UU. sino con Canadá, todas las predicciones de que los gigantes se comerían al pez más chico fallaron, pues los tres países han salido ganando con el pacto comercial, aunque no cabe duda de que el más beneficiado ha sido México. Con la eliminación de tarifas y otros tipos de barreras el comercio entre los tres países se triplicó y hoy alcanza la cifra de un millón de millones de dólares anuales (un trillón en inglés). De 1994 a la fecha, México ha aumentado sus exportaciones de aproximadamente 60.000 millones anuales a unos 400.000 millones de dólares. Mejor aún, en vez de exportar mayoritariamente petróleo y materias primas, México exporta ahora, además de petróleo, bienes manufacturados: automóviles, teléfonos, refrigeradores, cables y alambres aislados, partes de tractores, grúas, mezcladoras de concreto, unidades radiológicas y televisores. En el 2009, México era el mayor exportador de televisores de pantalla plana del mundo.

El Nafta no fue la panacea que sus promotores prometieron. No ha sido factor fundamental en la activación de la economía mexicana ni ha sido fuente importante de creación de empleos. Y si bien el trabajo en industrias de exportación paga mejor, el Nafta no ha subido los salarios del resto de los trabajadores y, sobre todo, no ha servido para detener la inmigración indocumentada a EE. UU.

Pero tampoco produjo el “sonido succionador gigante” de puestos de trabajo que predijeron el inefable Ross Perot y los sindicalistas y sus voceros para asustar a los estadounidenses. En realidad, la creación o disminución del empleo en los tres países poco ha tenido que ver con el Nafta. Contra las predicciones de un sector de la izquierda mexicana, Estados Unidos no ha abusado de su fuerza para imponer sus condiciones. Después del Nafta, México ha firmado 12 tratados de libre comercio con 44 países y ahora ha sido invitado por el presidente Obama a entrar en sociedad con un todavía indeterminado número de países de la cuenca del Pacífico en el TPP.

En noviembre de 1990, me contaba Salinas, la negociación llegó a uno de sus puntos más álgidos porque el presidente Bush insistía en que el petróleo debería incluirse en las negociaciones, mientras que Salinas abogaba por que se incluyera el libre tránsito de personas. Al final del encuentro en Monterrey (México), acordaron que no se incluiría ninguno de los dos temas.

Hoy, las cosas han cambiado. El presidente Obama ha anunciado su intención de negociar un tratado de libre comercio con la Unión Europea (Tafta) y aunque Obama no lo ha dicho, lo ideal sería que los países de la cuenca del Pacífico agrupados en el TPP participaran en la negociación transatlántica. Para México, sería ideal participar en esta negociación y su carta fuerte es la reciente aprobación de la reforma energética, que permitirá la inversión privada extranjera en la hasta ahora monopólica industria del petróleo. Quizá entonces la inclusión de temas hasta ahora tabúes sería plausible y se podría hablar del libre tránsito de personas en el hemisferio norte con la misma facilidad con la que se podrá hablar de intercambios energéticos.

Sergio Muñoz Bata