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Cierre musical de lujo tuvo el Hay Festival

El maestro Adolfo Pacheco explicó diferencia entre la música sabanera y la vallenata.

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03 de febrero 2014 , 04:56 p.m.

La presentación que hizo el periodista Daniel Samper del músico bolivarense Adolfo Pacheco Anillo fue el campanazo de alerta que presagiaba una gran noche en el teatro Adolfo Mejía de Cartagena.

“Con la venia de Calixto Ochoa y de Julio Erazo estamos frente al mejor compositor vivo de la música popular costeña”, dijo Samper en el inicio del conversatorio, que congregó más de mil personas, entre los que lograron ingresar al teatro y los que se quedaron por fuera y se tuvieron que resignar a seguirlo por el circuito cerrado de televisión que la organización dispuso previendo el gran número de asistentes.

Fueron casi dos horas de un diálogo ameno, divertido y pedagógico, que arrancó risas y aplausos del público, pero que también hizo aflorar más de una lágrima cuando Pacheco cantó varias de sus composiciones.

El objetivo del conversatorio era hacer algo de pedagogía entre dos mundos diferentes que hay en el corazón de la música del Caribe colombiano, y que se ejecutan con el acordeón. En ese sentido, empezó el diálogo con el recuento que hizo Pacheco Anillo del proceso creativo de ‘La hamaca grande’, su obra cumbre y en la que le lleva serenata a los vallenatos pero con la música de San Jacinto (Bolívar), su tierra natal.

“La compuse por Andrés Landero, mi compadre y gran músico sabanero, cuando perdió en el Festival Vallenato, pero en lugar de pelear lo que hice fue una invitación amistosa al pueblo vallenato, incluyendo los ingredientes que tenemos en San Jacinto, como la hamaca, el cerro de Maco y un collar de cumbias”, indicó.

Y como el diálogo entre Pacheco y Samper no podía ser ‘a palo seco’, sin música, el compositor invitó a Rodrigo Rodríguez, ganador del Grammy Latino junto a Juan Piña, con un grupo conformado por talentosos músicos sabaneros para que recrearan lo que se decía en la conversación.

Sobre ‘El viejo Miguel’, merengue que según el propio Pacheco tiene mucha influencia del vallenato, el autor narró la historia de su padre, Miguel Pacheco, cuando decidió marcharse de San Jacinto para Barranquilla.

“Fue el primer desplazado que hubo en mi pueblo, pero no por la violencia sino por amor”, dijo Pacheco.

Y continuó: “atrás dejó el salón ‘El gurrufero’ (que en español castizo significa caballo de poca monta, pero que en San Jacinto tomó la connotación de alguien desabrochado, mal vestido’), el ‘porro de Petrona’, que tocaba la banda del maestro Caro, y sus grandes amigos, como el médico Paco Lara”.

Una cumbia poco conocida de Pacheco, pero que contiene unos de los versos más hermosos de la música colombiana (“consuélate niña mía, en el ejemplo de Dios, y sueña que te pasó como a la Virgen María”), en el que cuenta la costumbre del patrón esclavista que abusa de los hijos de los trabajadores, arrancó sonoros aplausos en el público.

Con el paseo ‘acumbiado’ de ‘El mochuelo’, Pacheco demostró la diferencia que hay en el lenguaje musical sabanero, que utiliza los tonos menores para la cadencia musical y recordó que ‘La gota fría’, una de las obras cumbres del vallenato clásico, es un tono menor. “Para mí, es el mejor vallenato que hay”, dijo.

Después vino ‘Mercedes’, el diálogo entre el hombre enamorado y la mujer casquivana que solo salía de su casa casada, y en el que el cantante Oswaldo Olivera hizo la voz femenina para el deleite del público.

A petición de Samper, Pacheco contó la crónica hecha en merengue que ocurrió en el barrio ‘Gallo bueno’, de San Jacinto, en el que un alcalde fue pillado por su esposa con la amante y ella, en su desespero, le hizo dos disparos al aire. Como multa, el alcalde le impuso a su mujer que tenía que entregar 100 bolsas de cemento para pavimentar el barrio.

La emoción del público asistente era tal, que en dos oportunidades se pidió más música. Para complacerlos, Pacheco cantó ‘La hamaca grande’, y el grupo de Rodrigo Rodríguez interpretó la cumbia legendaria de Andrés Landero, ‘La pava congona’, lo que armó una verdadera fiesta en el emblemático teatro Adolfo Mejía.

JUAN CARLOS DÍAZ M.

CORRESPONSAL EL TIEMPO

CARTAGENA