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Un gigante apuesta por una cenicienta / Hablemos de vinos

Concha y Toro se ha sumado al rescate de una uva patrimonio en Suramérica.

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01 de febrero 2014 , 04:59 p.m.

La línea Frontera, de Concha y Toro, produce unas cinco millones de cajas de doce botellas al año, una cifra que –si lo piensan– podría ser suficiente como para equipararse a un lago de vino. Un lago pequeño, pero un lago a fin de cuentas.

En todo caso hablamos aquí de una línea de vinos básicos, los más simples en el catálogo de una bodega que llega a tener grandes ambiciones con algunas de sus etiquetas, entre estas Don Melchor, un vino ícono en la escena chilena. Claro que Don Melchor es bastante más caro que los menos de US$ 6 que cuesta una botella de Frontera, el vino para todos los días, el que uno se bebe en un asado cualquiera.

Es en esta línea que hace poco se ha producido uno de los actos más revolucionarios en la historia del vino chileno. Concha y Toro por fin se ha atrevido a lanzar un vino de cepa país (o criolla) en medio de su extenso catálogo. Y si Concha y Toro, que es una bodega enorme, lo hace debe ser porque algo sucedió, algo cambió en el vino en Chile.

Y eso que cambió ha sido la revalorización de la cepa país, una uva –como ya lo hemos hablado varias veces aquí– traída por los conquistadores españoles y que poco a poco fue perdiendo fama tras la llegada de las primeras cepas francesas. De pasar a ser algo menos que cero en el imaginario de los hacedores de vinos en Suramérica, hoy se la considera. Primero fueron pequeños productores, hoy es nada menos que Concha y Toro.

¿Y el vino? Rico, simple, algo dulce de más, pero suave y de esos tintos que se beben fácil, que se van como el agua en el asado, que van bien con embutidos, con la carne que se les ocurra. Viene del sur de Chile, al sur del río Maule, tierra de la cepa país y de cientos de pequeños productores cuyos viñedos son enanos, pero de viejas parras con tantas historias por contar. Ese es un patrimonio suramericano, esos viñedos centenarios que estuvieron a punto de irse al carajo ante la moda del cabernet o del syrah, pero que ahora se rescatan.

Una muy buena noticia, una pequeña revolución que –se espera– llegará a las estanterías colombianas este mes de febrero. Y, como vino masivo que es, no les va a costar un ojo de la cara probarlo. Otra buena noticia.

PATRICIO TAPIA
Especial para EL TIEMPO