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Editorial: Repatriemos las estatuas

31 de enero 2014 , 08:04 p.m.

El 31 de enero de 1914, hace exactamente un siglo, el arqueólogo alemán Konrad Theodor Preuss escribió a un amigo desde Colombia que estaba maravillado por una cultura precolombina ubicada en San Agustín (Huila), cuyo aporte a la posteridad eran unas 500 estatuas de piedra de incomparable belleza e interés. Preuss era un conocido científico que había explorado zonas indígenas mexicanas antes de llegar a Colombia atraído por la riqueza arqueológica de nuestro país. En la misma carta, revela que ya envió a Berlín una figura pequeña hallada en San Agustín.

Unas semanas después, dice el periodista Vicente Silva Vargas en un largo artículo: “Preuss empacó con cuidado un cargamento de estatuas de piedra (...) y, sin avisarle a nadie, lo envió a lomo de mula y a hombros de indígenas hasta Neiva para embarcarlo por el río Magdalena, guardarlo en una finca de Cundinamarca y llevarlo más adelante hasta Europa”. Desde entonces reposan en Alemania 21 estatuas de San Agustín, otras 14 de Nariño y 237 objetos precolombinos, entre los que se cuentan vasijas, adornos y trozos de esculturas.

Hay quien llama a Preuss ‘el descubridor de San Agustín’, pero la verdad es que hay referencias de esta formidable colección de figuras grandes y chicas desde 1756, cuando escribió sobre ellas el misionero español fray Juan de Santa Gertrudis. Casi medio siglo después exploró el lugar el sabio Francisco José de Caldas y en el siglo XIX hay varios testimonios científicos sobre el impresionante estatuario, entre ellos los dibujos del cartógrafo Agustín Codazzi y un informe sobre el parque que publicó en 1893 el etnólogo bogotano Carlos Cuervo Márquez. Por estos y otros escritos Preuss se interesó en visitar San Agustín.

No hay duda de que el arqueólogo prusiano, que tenía entonces 44 años, era uno de los científicos europeos más calificados para estudiar y catalogar esta civilización que floreció entre el siglo IV y el siglo IX y que aún deja perplejos a profesores y turistas por las incógnitas que encierra y la misteriosa imponencia de sus obras. Los folletos colombianos de divulgación del lugar reconocen que Preuss “dio a conocer al país y al mundo el arte de esta cultura”. Sus libros sobre el particular son clásicos.

Sin embargo, la exportación clandestina de figuras y utensilios revela que Preuss no solo estaba interesado en la investigación sobre el terreno, sino también en llevar a los museos alemanes un buen botín de ellas. En México no pudo hacerlo porque ya entonces las autoridades locales protegían con leyes celosas las huellas indígenas. Pero en Colombia no tuvo inconveniente en imitar a los conquistadores que dotaron al Museo Británico de miles de piezas saqueadas en otros países.

Con el despertar de los derechos culturales de los pueblos, en la segunda mitad del siglo XX surgió, respaldado por la Unesco, el afán de recuperar patrimonios expoliados. Según informe de Catalina Oquendo que publicó EL TIEMPO el año pasado, hay más de 7.812 bienes arqueológicos colombianos en otros países. La gran mayoría salieron de nuestras fronteras abusiva e ilegalmente.

Hace dos años, el arqueólogo estadounidense David Dedllenback, residente en el Huila, encabezó una carta donde numerosos ciudadanos piden repatriar los monolitos perdidos. Vale la pena apoyarlos. El Gobierno Nacional debería celebrar los 100 años de la catalogación del estatuario pidiendo a Alemania la devolución de un patrimonio cultural que es propiedad de todos los colombianos.

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