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El Hay Festival inspira a niños de barriada

La lectura y la escritura, salvavidas para cientos de niños de sectores populares de Cartagena.

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31 de enero 2014 , 07:57 p.m.

Puerto Rey es, aparentemente, un pueblo más de la Costa Caribe colombiana donde no pasa nada. Uno pequeñito, de calles sin pavimento, rodeado de una vegetación agria y tostada, donde cerdos y gallinas deambulan libres, pero con dueño; un pueblo donde el sol hierve a 40 grados, con una iglesia pequeña y despellejada, con casas de un solo nivel, pintadas con nombres desteñidos de políticos que algún día fueron a cazar votos y a escupir promesas incumplidas. (Lea también: Gael García Bernal se mostró tal como es)

Pero el pasado jueves ocurrió algo que rompió la pasmosa tranquilidad de los 750 habitantes de esta vereda del corregimiento de La Boquilla, en Cartagena, ubicada a treinta minutos de distancia de la ciudad: llegó el Hay Festival a través del Hay Festivalito Comunitario, el evento paralelo que busca que el arte, la literatura y el cine no solo se queden en la glamurosa ciudad amurallada sino que también llegue a pueblos como Puerto Rey y a los barrios que se esconden detrás de las postales turísticas.

Llegó con el periodista, escritor y pintor cordobés Gustavo Tatis –entre otros invitados–, quien se reunió con un grupo de niños, de entre 5 y 10 años. Les leyó dos de sus libros de cuentos, Alejandro vino a salvar los peces y La iguana tiene sed. Los niños escucharon atentos las historias y pintaron lo que escucharon, con témperas de colores, sobre un lienzo de cuatro metros de largo: un niño que llora lágrimas mágicas que reviven a los peces y una iguana café que enreda su cola larga en un árbol de tronco grueso para que no le roben sus huevos.

“Los niños tienen sed de leer, de acariciar los lomos de los libros”, dice Tatis con su marcado y musical acento caribeño. Y sigue: “Independientemente de la pobreza material en la que viven estos niños, tienen una gran riqueza, que es la ingenuidad y la imaginación; así pueden soñar con un mundo mejor”. En Puerto Rey, lamentan los niños, no hay una biblioteca. Y solo en el colegio hay internet.

A pocos metros están los reporteritos de la Fundación Plan –organización que lidera este evento–, que a través de medios alternativos de sus barrios informan sobre los problemas de sus comunidades: la pobreza, la violencia, los embarazos adolescentes, las drogas, el matoneo.

Liliana Rocha tiene 15 años y dice que, además de reportera, es escritora. Escribe un libro sobre los ojos –que espera publicar algún día– porque sabe que a través de ellos se puede conocer, de verdad, a las personas. Liliana vive sola en una casa pequeña del sector de El Pozón, aunque sus tíos viven pendientes de ella. Su mamá se fue a trabajar como empleada doméstica a Venezuela.

“A lo largo de mis 15 años de vida he aprendido a ser responsable y útil a la sociedad. No porque viva sin mi madre voy a terminar embarazada o en malos pasos, yo quiero ser alguien”, dice, hablando fuerte y segura.

En el barrio Nelson Mandela, donde vive Naren Xavier Ramírez, de 13 años, lo conocen como ‘De todito’. “Es que hago muchas cosas: soy reporterito de la fundación Plan, soy locutor y periodista de la emisora de mi colegio, El Redentor, y estoy en el grupo ecológico”, dice él, un niño ya con visos de hombre, cabeza rapada, ojos muy negros y dientes muy blancos. Sueña ser biólogo y reportero.

Su amigo y compañero de labores es Danilson Sanmartín, tres años mayor que él. Cree firmemente en que todas estas actividades lo han blindado de muchos peligros y le han enseñado a decir sí a lo que le conviene y a decir no a lo que le haría daño.

“Una vez me pasaron un cigarrillo... con algo. Lo recibí, lo cogí, lo miré, lo olí, lo tiré al piso y lo aplasté”.

Turbaco es un municipio de 64.000 habitantes, a diez kilómetros de Cartagena. Hasta allí llegó el director de cine argentino Juan José Campanella, tras inaugurar el Hay Festival. Allí, ante un grupo de niños, presentó su película Metegol, inspirada en un cuento de Roberto Fontanarrosa.

“Es un señor con una imaginación máxima: de un cuento pudo inventar una película”, dijo emocionada Zareth Robles, de 11 años. Luis García, también de 11, dice que la principal enseñanza que le dejó la película fue entender que “no hay que creerse más que los demás”.

De los chicos de Turbaco, Campanella dice que lo sorprende saberlos tan inquietos y creativos, en nada inferiores a los niños de las grandes ciudades. De Turbaco y de la zona que visitó, “distinta a la Cartagena pintoresca y hermosa”, no se declaró sorprendido. “No es muy distinta a muchas escuelas rurales de Argentina”.

—¡Ajá, señor Campanella! ¿Cuál fue la principal lección que recibió con Metegol? –pregunta un niño.

“La reafirmación de que cuando uno hace una obra para chicos tiene que tener conciencia del lugar a donde va a llegar es una sensación de responsabilidad. En el cine para adultos, la responsabilidad es menor”.

Gabriela Bucher es la gerente de la Fundación Plan y la gran escudera del Hay Festivalito, que llegó a su novena edición, al igual que el Hay Festival.

Ella, literata de profesión, está convencida del poder transformador de la lectura y la escritura en los niños, como una herramienta que reconstruye tejido social y transforma vidas.

“Se necesita mucho trabajo para que estos niños mejoren su calidad de vida, pero también se necesita magia. Y esa magia les enseña que en la vida no hay límites”. Son más de 3.000 los niños y jóvenes, en Cartagena y todo Bolívar, los que están vinculados a estos proyectos de lectura y escritura.

El escritor de literatura infantil Celso Román, bogotano, fue otro de los invitados. “Cuando los niños descubren el poder de la imaginación, cuando saben que les pertenece, que es de ellos y nadie se las puede quitar, empiezan a transformar sus vidas. La imaginación nos puede salvar a todos los seres humanos, sobre todo a niños como ellos, que viven en en entornos tan difíciles”.

Wendy Paola Mejía es una negrita de 7 años. Tiene la cabeza tejida en varias trenzas, como un mapa peludo, y está mueca. Se aleja de la multitud y se acuesta a leer uno de los libros de cuentos de la escritora colombiana Pilar Lozano, también invitada al evento. Tendida sobre un tapete de la biblioteca del Centro de Formación de la Cooperación Española, mirando hacia el techo, alza los pies, pega el libro a la cara, suelta carcajadas y hace gestos de asombro.

“Yo leo y escribo cuentos sin que nadie me diga que lohaga. Y eso me hace muy feliz”.

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
Enviado especial de EL TIEMPO