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¿Quién dijo que todo está perdido?

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31 de enero 2014 , 07:52 p.m.

Nueva York. Esta semana murió en Nueva York Pete Seeger, un hombre al que resulta difícil describir porque, si bien era músico, su arte era mucho más que eso. Seeger nació en 1919 y cuando expiró en la cama de un hospital a los 94 años cerró una carrera de cantautor y activista que no solo acompañó, sino que les puso letra a los momentos más dramáticos del último siglo en este país.

Yo oí las canciones de Pete Seeger por primera vez hace unos 20 años y, aunque no lograba entender bien su poesía, profunda pero a la vez de una gran simplicidad, el efecto era cautivante y yo me encanté con sus canciones y su irremediable optimismo.

Por supuesto que no fui la única. Estados Unidos entero ha llorado la muerte de Seeger, al punto de que la edición del jueves de The New York Times le dedicó dos páginas entera a su obituario, algo totalmente extraordinario en estos tiempos en que los periódicos son implacables a la hora de gastar en papel y tinta.

La canción más famosa de Seeger, titulada We shall Overcome (en español la traducen como Venceremos), se convirtió en el himno de la lucha antisegregacionista, y en alguna parte leí que más de 50.000 personas la cantaron al unísono en el funeral del reverendo Martin Luther King.

El artista siguió cantando prácticamente hasta su muerte, y es memorable el dúo que hizo con Bruce Springsteen el día de la primera posesión del presidente Obama, ante una multitud reunida en las escalinatas del monumento a Lincoln.

Por pura casualidad, hace pocos días también, vi en un cine el documental sobre la vida de Mercedes Sosa, narrado en la voz de su hijo, Fabián. Seguramente la factura un poco artesanal y ciertas fallas de continuidad en la historia no escaparán al ojo riguroso de los críticos. Pero la película logra transmitir con gran fidelidad la presencia clarividente y la gigantesca influencia que tuvo Mercedes Sosa en una generación entera de latinoamericanos que, gracias a su música, pudieron mirar al futuro con esperanza y enfrentar con determinación sus desafíos como individuos, y también como sociedad.

Pareciera que esta columna se encamina a declarar que todo tiempo pasado fue mejor, pero en realidad me propongo sostener todo lo contrario, y el motivo es muy simple: muchas de las causas en las que Pete Seeger y Mercedes Sosa estaban comprometidos, hace mucho dejaron de ser aspiraciones y pasaron a ser conquistas.

En Estados Unidos la segregación racial, como política de Estado, está muerta y enterrada. Al igual que el autoritarismo en Latinoamérica, que, aunque resiste atrincherado en algunos lugares, es la excepción en un continente en el que la democracia, con todo e imperfecciones, insiste en florecer.

El respeto a los derechos civiles, la defensa del medioambiente, las reivindicaciones de los pueblos indígenas, la igualdad de género... la lista de todas las maneras en las que este mundo –del que tanto nos quejamos– es un lugar mejor es larga. Pero no es gratuito que estemos donde estamos, y tuve que sentarme a oír a Pete Seeger y a Mercedes Sosa, artistas valientes e imprescindibles, para acordarme de eso.

En estos tiempos en que el cinismo se vende más que el optimismo, parece más seguro mirar el futuro con sospecha. Es el antídoto, dirán algunos, para no quedar del lado equivocado de la historia.

Lo que los escépticos no ven es que el idealismo es un arma poderosa que vuelve posible lo imposible. Y que se necesita no solo imaginación, sino sobre todo valor, para dibujar un futuro que no se parezca a la referencia que más nos gusta usar, que es el pasado.

Sentada en la penumbra del teatro en el que Mercedes Sosa desataba su voz portentosa, me dieron ganas de cantar con ella: ¿quién dijo que todo está perdido?

Adriana La Rotta