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Entrevista: La magia de Nereo

"Soy dueño de mi destino desde los once años", dice el gran fotógrafo colombiano.

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31 de mayo 2013 , 03:39 p.m.

Cayó en las tentaciones de la concupiscencia y la rumba, luchó por sobrevivir y miró con desdén la marrullería de los políticos. Hasta que lo invadió la pasión por la fotografía y se convirtió en un maestro. Luchando contra el ir y venir de una tía a otra, volándose del seminario y trasegando la ciudad a bordo de un bus que le servía de vivienda, Nereo venció su complejo de orfandad, le ganó la apuesta a la vida y entró en la leyenda. Desde entonces se la ha pasado tomándole el pulso a Colombia.

Este costeño de ojos azules recorrió el mundo plasmándolo en placas inolvidables, haciendo exposiciones, admirando mujeres, publicando libros, ganando premios y realizando reportajes gráficos que publicaba en diarios como El Tiempo y El Espectador y en revistas como Cromos, Paris Match, Life y O Cruzeiro.

Pero cuando la vida es larga, la suerte se torna caprichosa y, en ocasiones, cruel. Cuando cumplió 84 se le puso el Cristo de espaldas. Tuvo problemas financieros, y, según dijo en una entrevista: “Me descubrí convertido en una reliquia, un viejo prodigio abandonado. Era como si todo hubiera concluido y no quedara por vivir ningún momento adorable, sólo el vacío, y una creciente amargura. Yo era víctima de mi propia leyenda”. Entonces se despertaron sus duendes y su corazón latió otra vez con un brío rebelde. Resolvió irse para Nueva York. Allí vive hoy, honrado con una visa de artista y un soleado apartamento, donde trabaja hasta la medianoche en un sofisticado computador que maneja con la habilidad de un hacker. Todos los días recorre la ciudad y la registra con su cámara.

¿Cómo empezó todo?

-Después de trabajar en Barranquilla fui nombrado administrador general de Cine Colombia en Barrancabermeja. Un pariente de la que era mi mujer en ese momento, me había enseñado fotografía. Llegué a reunir catorce cámaras.

¿Con qué plata?

-Todo el mundo empezó a llevarme rollos para revelar. Alquilé un local al lado del teatro, donde vendía rollos y hacía revelado. Esa plata me sobraba, y como soy aficionadísimo al béisbol, se la metía al equipo que había en el pueblo. Eran muchachos sin cinco, pero el equipo empezó a ganar, con el nombre de: Nereo Estudios Fotográficos (Risa).

¿Cómo se inició en el periodismo gráfico?

-Estaba haciendo fotos de los braceros del puerto, cuando llegó Manuel Zapata Olivella. Como no tenía plata, lo invité a vivir en uno de los camerinos del teatro. Le encantaron mis fotos de los braceros y decidió hacer un reportaje sobre el río Magdalena, que publicaron en Cromos. Poco después conocí al Mono Salgar, que me nombró corresponsal gráfico de El Espectador.

¿Qué reportaje recuerda especialmente?

-Uno para Cromos. Fue sobre la invasión a una finca gigantesca donde tenían tres caballos. Los campesinos le propusieron al dueño que la dividiera: la mitad para sus tres caballos y la otra mitad en arriendo para toda la gente que quería trabajar. Le ofrecieron la mitad de lo que produjeran y la otra mitad la repartirían entre todos. Les respondió: “Yo no necesito limosna de hambrientos”. Por eso lo invadieron.

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