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Teatro Libre, 40 años en busca del actor ideal

El grupo que dirige Ricardo Camacho se consolidó como un semillero de actuación.

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30 de mayo 2013 , 07:01 p.m.

Para Ricardo Camacho, el arte tiene que ver con la búsqueda de la perfección. Y solo se logra gracias a la disciplina y al rigor.

Bajo esa filosofía, Camacho ha liderado durante 40 años el Teatro Libre. Hay muchos ejemplos de ese talante, como La Orestíada, adaptación de la trilogía de Esquilo que dirigió Ricardo Camacho: para ella, el elenco trabajó durante catorce meses. O el que recuerda el actor Andrés Parra, que en un ensayo repitió “casi cien veces” la entrada de su personaje, hasta que convenció a su director, en la obra Nueve ensayos, de Anton Chéjov.

Y antes de Persecución y asesinato de Jean-Paul Marat, de Peter Weiss, los actores visitaron manicomios, casas de reposo y se entrevistaron con sicólogos, para hacer verosímil su interpretación de los enfermos mentales.

Ese método ha convertido al Teatro Libre en uno de los grupos más serios de la escena colombiana, y en referente del teatro de autor y de la formación de actores.

El grupo –que está celebrando cuatro décadas con una temporada de la obra El nombre, del noruego Jon Fosse– se concentró en sus primeros años en la producción de dramaturgos nacionales. Así nacieron hitos de su repertorio, como Los inquilinos de la ira, del fallecido Jairo Aníbal Niño, y La agonía del difunto, de Esteban Navajas. Pero fue la transición a los clásicos la que definió su estilo.

Detrás del telón de esa historia siempre ha estado Camacho, un intelectual recio, para quien la exigencia no es una cuestión de su temperamento, sino un requerimiento del arte teatral. “Es un trabajo de repetir, repetir, repetir y repetir”, dice Camacho, en una charla que antecede a uno de los ensayos de El nombre.

Camacho es preciso con sus palabras y profundo en sus conceptos. Los actores que se han formado bajo su batuta destacan su vasto conocimiento de los grandes dramaturgos. No solo de los clásicos, como Esquilo, Shakespeare, Molière, Tirso de Molina y Ramón María del Valle-Inclán, sino también de los más contemporáneos: Harold Pinter, Peter Weiss y Tennessee Williams.

“Yo sostengo que los clásicos son los mejores formadores de actores... Usted hace una obra de Shakespeare y eso vale por cinco años de clases de actuación”, expone Camacho.

Jorge Plata es otro elemento clave de esta historia del Libre. Fundador, junto con Camacho, fue la figura principal del primer clásico que montó este teatro: El rey Lear, de Shakespeare. “Para cualquier actor, en cualquier parte del mundo, tener la oportunidad de representar a un personaje de esa dimensión es una experiencia inolvidable”, dice Plata.

Pero esa experiencia inolvidable no se detuvo allí, ya que el actor además realizó la versión en español del texto de Shakespeare. Todo el proceso de montaje, que Camacho recuerda como uno de los más difíciles que ha dirigido, tomó casi dos años.

“El grupo prácticamente se encerró a estudiar la historia de Inglaterra, lo que significa la Edad Media, la vida de Shakespeare y todas sus obras... Fue un estudio que nos catapultó”, añade Plata.

Así se construyó un montaje que se ganó un lugar en la historia del teatro colombiano, en el que no solo brilló Plata. También lo hicieron Héctor Bayona, Germán Jaramillo, César Mora y Humberto Dorado.

La estela de actores

La nómina de actores que han pasado por las dos salas del grupo –Chapinero y Centro– es rutilante. Desde los más célebres, como Laura García, Humberto Dorado, Germán Jaramillo, Sebastián Ospina, César Mora y Andrés Parra, hasta los más tradicionales de las tablas, entre los que se cuentan Héctor Bayona, Jorge Plata, Carlota Llano, Hernán Pico, Fernando Pautt y Carlos Alberto Pinzón, solo por mencionar algunos.

El intérprete del Libre se caracteriza por su trabajo corporal y, ante todo, por su manejo de la voz. “Uno de los grandes problemas que tiene el actor colombiano es que muchas veces no es muy prolija su técnica vocal –apunta el crítico teatral Alberto Sanabria–. Si hay algo que caracteriza el tipo de actuación del Libre es el trabajo de voz. Son voces inconfundibles, por una dicción muy teatral”.

Esa base técnica se enriquece con una mezcla entre intelecto e instinto. “El que trabajó eso fue Stanislavski. Él decía que el oficio del actor se divide en dos: su trabajo sobre el personaje y el trabajo sobre sí mismo. Nosotros tratamos de que siempre haya un equilibrio entre los dos. Por supuesto que el público viene a ver el personaje, pero si el actor no está dejando las tripas, se vuelve una cuestión correcta técnicamente pero que no transmite”, dice Camacho.

Para ilustrar ese sistema, Bayona –también fundador del Libre–, recuerda su papel protagónico en El encargado, de Harold Pinter, que se estrenó en el 2004. “Yo me empeñaba por hacer un vagabundo inglés –como lo describe Pinter en su pieza–, pero Ricardo me dijo que ese personaje tenía que ser reconocible aquí, como esos de los que uno sale a la calle y le pasan por el frente... Así le fuimos encontrando el tono del personaje”, rememora Bayona sobre esta pieza, que Sanabria califica como una de las mejores de la historia reciente del grupo.

Las nuevas generaciones

Casi todos los actores que fundaron el Libre no pasaron por una escuela de actuación. Su formación fue pragmática, en las tablas aprendieron a entonar los monólogos de Shakespeare, los versos de García Lorca, las reflexiones de Dostoievski.

Esa carencia de profesionalización, sumada a la desaparición de la Escuela Nacional de Arte Dramático, llevó a la creación de la Escuela del Libre, en 1988. “Comenzamos a estudiar los planes de estudios de escuelas europeas y latinoamericanas, las más conocidas y afamadas. Con esa base conformamos nuestro propio programa de estudio, y así fuimos desarrollándolo”, recuerda Plata sobre la Escuela, que en el 2005 se asoció con la Universidad Central de Bogotá y formó así el programa de Arte Dramático.

Uno de los frutos más sobresalientes de la institución es Andrés Parra, que ha desarrollado una prolífica carrera en teatro, cine y televisión –ya es célebre su interpretación del capo Pablo Escobar en la serie que estrenó Caracol el año pasado–.

El actor recuerda que antes de ingresar ya había recibido la advertencia de la extrema exigencia que aplicaba la escuela. “Uno subestima realmente esa advertencia. Los primeros tres meses para mí fueron muy duros y muy tristes, fue darme cuenta de que el tema de la exigencia y del abuso mental, emocional y físico no eran un chiste”, recuerda el actor.

Era una rutina imponente, con intensas jornadas de estudio que empezaban a las 8 de la mañana y podían finalizar a las 11 de la noche.

Para Parra, que durante sus años de estudiante también actuaba en el grupo profesional, ese desgastador entrenamiento fue fundamental para su carrera. “Es una escuela formadora de actores que quieran ser actores, no es la mejor escuela para salir en televisión o para convertirte en la portada de las revistas de farándula de este país. Hablo de si quieres tener una carrera larga e importante... Si tu sueño es ser famoso, ni se te ocurra pasar por allá”, argumenta.

Puede haber algunas discrepancias –Parra cree que a la escuela le falta explorar la actuación para cine, pero Camacho enfatiza en que un actor formado en teatro se adapta fácilmente a cualquier medio–, pero el Libre sigue en ese camino de encontrar al actor ideal.

“Aquí se trata de motivar la pasión por el oficio, y no todo el mundo entra en de eso. Digamos que de 20 estudiantes que se gradúen hay cinco que están decididos a entregarse con pasión y desprendimiento total, pero hay quince que no. Pero esos cinco son los que van a cambiar todo”, enfatiza Camacho.

YHONATAN LOAIZA GRISALES
Cultura y Entretenimiento
@YhoLoaiza