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El Irán que seguirá a Mahmud Ahmadinejad

Se prevé que continuarán las disputas que han venido bloqueando la formulación de políticas en Irán.

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30 de mayo 2013 , 06:57 p.m.

Washington, D.C. Esfandiar Rahim Mashai, el sucesor preferido del presidente del Irán, Mahmoud Ahmadinejad, no va a presentarse a las elecciones del 14 de junio.

Tampoco lo hará el expresidente Akbar Hashemi Rafsanjani. La descalificación de los dos es un mensaje contundente del dirigente supremo, ayatolá Ali Hoseini Jamenei. Dicho sencillamente, Jamenei no está dispuesto a tolerar disminución alguna de su poder y está decidido a evitar la clase de fricciones que ha caracterizado sus relaciones con presidentes anteriores, en particular Ahmadinejad.

La descalificación de Mashai y Rafsanjani revela una vez más el cisma inherente a la estructura política de Irán por la existencia de un Ejecutivo doble: el Dirigente Supremo y el Presidente.

Cuando Jamenei apoyó públicamente la polémica reelección de Ahmadinejad en el 2009, nadie podía haber previsto las tensiones sin precedentes que surgirían después entre las dos autoridades principales del país.

Pero la de apoyar a Ahmadinejad resultó ser una decisión costosa para Jamenei y para la República Islámica.

En lugar de alinearse con Jamenei, como se esperaba, Ahmadinejad empezó a promover un programa nacionalista y anticlerical, utilizando, en realidad, los recursos de Jamenei para desafiar la autoridad del Dirigente Supremo y establecer su red económica y esfera de influencia propias.

A lo largo de los cuatro últimos años, Ahmadinejad ha intentado repetidas veces socavar el control de las decisiones políticas y normativas por parte de los clérigos gobernantes. En el 2011 intentó destituir a Heider Moslehi, aliado de Jamenei, de su cargo de jefe de la inteligencia, pero en seguida fue desautorizado. También ha reducido los recursos destinados a ciertas instituciones religiosas, ha ayudado a miembros de su círculo a crear bancos privados, aligerando la reglamentación, y ha desafiado a la institución económica y militar más poderosa de Irán: el Cuerpo de Guardias Revolucionarios Islámicos.

Pero, al intensificarse la desavenencia entre Jamenei y Ahmadinejad, el apoyo al Presidente ha disminuido en gran medida, hasta el punto de que incluso los medios de comunicación estatales se refirieron a los leales a Ahmadinejad como “círculo desviacionista”. Además, a diferencia de lo ocurrido durante el primer mandato de Ahmadinejad, ahora los medios de comunicación no estatales critican públicamente su programa económico y político.

Como falta muy poco para el fin del segundo y último mandato de Ahmadinejad, parece improbable que el desacreditado e impopular presidente abandone sus intentos de desestabilizar a la clase gobernante de Irán. En realidad, llevaba mucho tiempo promocionando a Mashai como su sucesor, pero Jamenei puso coto a sus gestiones ilegales y ahora ha suprimido enteramente la candidatura de Mashai.

Mashai es una de las figuras más polémicas de Irán, denigrado de forma generalizada entre los dirigentes conservadores por sus opiniones reformistas y anticlericales. En el 2009, después de que Jamenei rechazó la decisión de Ahmadinejad de nombrar a Mashai primer vicepresidente suyo, Ahmadinejad lo nombró, con el mayor descaro, jefe de Estado Mayor, iniciativa que enfureció a Jamenei.

Ahmadinejad no es el primer alto cargo político de Irán que desafía al Dirigente Supremo. El gran ayatolá Hosein Ali Montazeri, uno de los clérigos más importantes de Irán, habría sido dirigente supremo él mismo, si no hubiera tenido desavenencias insalvables con el gran ayatolá Ruhollah Jomeini, fundador de la República Islámica, unos meses antes de la muerte de este.

Montazeri, una de las figuras más influyentes de Irán durante el primer decenio de la República, expuso una exhaustiva justificación de la autoridad absoluta del Dirigente Supremo, que muchos ayatolás consideraron herética, pero no tardó en desafiar a los dirigentes intransigentes de la República Islámica y siguió haciéndolo hasta que murió, en el 2009.

Montazeri, cuya condición de gran ayatolá (el grado superior de los teólogos musulmanes chiíes) le confería mayor autoridad religiosa que a Jamenei, impugnó las facultades para emitir fatwas (resoluciones religiosas islámicas) o para suceder a Jamenei como dirigente supremo. Montazeri estuvo sometido a detención domiciliaria durante seis años, se reprimieron las manifestaciones de apoyo a él y muchos de sus discípulos y amigos íntimos fueron encarcelados, torturados o muertos o se vieron obligados a huir del país.

Asimismo, Abulhasan Banisadr, primer presidente de la República Islámica, tuvo desavenencias insalvables con Jomeini sobre la división de la autoridad.

En 1981 fue destituido de su cargo, después de haberlo ocupado tan solo un año, y huyó a Francia, donde sigue residiendo. Los choques violentos en las calles entre partidarios y opositores de Banisadr causaron muertes en los dos bandos.

En muchos sentidos, la historia de Ahmadinejad se parece a la de Banisadr. Los dos eran relativamente desconocidos antes de ser presidentes, los dos dependieron del respaldo del Dirigente Supremo para conseguir el poder y los dos fueron perdiendo apoyo a medida que intentaron reducir la influencia de la jerarquía clerical y del Cuerpo de los Guardias Revolucionarios Islámicos.

Lo más importante es que ninguno de los dos consiguió crear una organización exterior en la cual confiar si perdían su protección oficial.

El hecho de que se haya permitido a Ahmadinejad seguir en su cargo durante su segundo mandato, resultado que los medios de comunicación pusieron en duda con frecuencia, refleja la importancia para Jamenei del mantenimiento de la imagen de un Irán estable, pero para lograr ese objetivo Jamenei habrá de tener en cuenta el carácter imprevisible de Ahmadinejad.

Como nada tiene que perder, Ahmadinejad podría decidir desestabilizar la República Islámica si lo considera necesario para su supervivencia. De hecho, ahora que el Consejo de Guardias Revolucionarios ha descalificado a Mashai para la carrera presidencial, el resentimiento de Ahmadinejad probablemente se manifieste antes y después de las elecciones, haciendo pública, por ejemplo, información sobre la corrupción en las altas esferas. También podría oponerse directamente a Jamenei presentándose como una figura patriota y anticlerical, pero esa actitud sería peligrosa; de hecho, podría costarle la vida.

Después de las elecciones, es probable que persista la clase de disputas que ha paralizado durante mucho tiempo la formulación de políticas en Irán, pero un estancamiento respecto de la política nuclear de Irán podría tener consecuencias graves. En efecto, la falta de un gobierno fuerte y unificado y capaz de forjar un consenso podría hacer que incluso a Jamenei le resultara imposible cambiar de rumbo, con lo que no le quedaría otra opción a Irán que la de persistir en su punto muerto diplomático con Occidente.

MEHDI KHALAJI
Project Syndicate

Traducido del inglés por Carlos Manzano.
* Investigador en el Instituto Washington para la Política en Oriente Próximo
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