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Espíritu despierto

30 de mayo 2013 , 04:54 p.m.

 

En su obra crucial, el ‘Posts­criptum’, Kierkegaard se pre­gunta qué podría hacer para ser útil a sus contemporáneos. Evidentemente, no se ve capaz de obrar un milagro o algo in­finitamente importante; le da­ría mucho gusto satisfacer “las exigencias de la época”, pero para él “la verdad es mucho más querida” y tiene una entidad no menor que los milagros.

Cuenta que fue en el parque de Frede­riksberg, un domingo por la tarde, “hace ahora cuatro años” (escribe en 1846), cuando se le ocurrió la idea de hacerse es­critor. Aunque con ello no haría aumentar la literatura de suscripción, sí le daría la oportunidad de subirse a la palestra y desde un lugar pú­blico declamar la verdad. Para ello, dedicó una década a estudiar y a prepararse a fondo. Aunque los estudios universitarios le llevaron más de lo debido, no fue por falta de trabajo, sino porque sus intereses inte­lectuales no le permitían centrarse en lo puramente académico: “Leía mucho –confiesa–, pasaba el resto del día deambulando y pensando, o pensando y deambulando, pero así resultó también que el germen productivo en mí llegaba con el uso diario y se consumía en su primer verdor”.

Recuerda perfectamente que se hallaba sentado en un banco fu­mando su cigarro y que se sumió en estos pensamientos: “Dondequiera que mires encuentras multitud de benefactores de la época, que cono­cen y que son útiles a la humanidad haciendo la vida cada vez más lle­vadera, unos con el ferrocarril, otros con el ómnibus y el barco de va­por, otros con el telégrafo, otros con resúmenes fáciles de entender (…), y finalmente, los verdaderos benefactores de la época, aquellos que gra­cias al pensamiento sistemático hacen que la existencia del espíritu sea cada vez más fácil y, sin embargo, cada vez más significativa: ¿y tú qué haces?”.

Aquí terminó su introspección a la vez que se había acabado su cigarro; entonces, encendió otro y continuó escuchando a su concien­cia: “Tienes que hacer algo, pero como, dada la limitación de tus capa­cidades, te será imposible hacer que algo sea más fácil de lo que ha lle­gado a ser, entonces, con el mismo entusiasmado amor a la humanidad que los otros, te encargarás de hacer que algo sea más difícil”.

Obedeciendo, como Sócrates, al dios que le hablaba desde su inte­rior, Kierkegaard se dispuso a descender a la caverna para hacerles las cosas más difíciles a sus contemporáneos. “Si todos se asocian para ha­cer en todos los sentidos que todo sea más fácil –piensa–, llegará un mo­mento en que la facilidad será tan grande que falte toda dificultad”.

Crear la dificultad, no permitir el acomodo, mantener despiertos los espíritus, aguijonear las conciencias, despabilar las mentes, angustiar los corazones, desmontar el ‘orden estable­cido’, dinamitar seguridades, resquebra­jar el sistema, será la severa tarea que Kier­kegaard se impone a sí mismo como si de un mandato divino se tratase. Este encargo solo lo puede llevar a cabo en solitario y de una única manera: mediante su actividad de escritor. Sabe que como tal puede acabar aclamado o crucificado, pero está dispuesto a ser el ‘filósofo impertinente’ encargado de que las cosas sean más difíciles.

De carácter débil y enfermizo, inclina­do a la melancolía, pero con una pluma ge­nial, se hizo pronto famoso en Copenha­gue, su ciudad natal, por su impertinencia. A plumazo limpio, no dejó títere con cabeza porque no podía entender que las cabezas fueran títeres de los prohombres de moda: Hegel y sus secuaces daneses, Mynster y Martensen.

Hizo caso omiso al sanchopancesco ‘con la iglesia hemos dado’ y se enfrascó en una lucha personal contra la “cristiandad establecida”, que vino a saldarse, como era de esperar, con una vida solitaria, un com­promiso roto con Regina Olsen y una existencia desgraciada que se apagó demasiado pronto.

Para mejor ejercer de filósofo impertinente, des­dobló su personalidad creando un pelotón de pseu­dónimos que firmaron sus obras. Ninguno de ellos es Kierkegaard y todos lo son. Estas ‘obras pseudóni­mas’ conformaron una estrategia literaria que le sir­vió para comunicar de manera indirecta lo que él con­sideraba que era la verdad del cristianismo (que, por otra parte, al tratarse de una “verdad subjetiva” no se puede comunicar de otra forma). Aparte de estas, fir­mó con su propio nombre un sinnúmero de ‘Discursos edificantes’ y un ‘Diario’ íntimo, que descubren la in­terioridad de un hombre que vino a remover las con­ciencias de sus contemporáneos.

Sin duda, fue una de esas impertinencias con las que de cuando en cuando nos abofetea la historia para que no nos dur­mamos en los laureles, para que no nos dejemos arrastrar por la co­rriente, para que no olvidemos que todo orden establecido se encuentra bajo sospecha en el momento en que queda establecido. Aunque la lu­cha que llevó a cabo el pensador danés tuvo un campo de batalla bien definido y unos enemigos concretos, a pesar de que sus controversias se lidiaron en zonas de la filosofía y de la teología prácticamente inhós­pitas para el lector del siglo XXI, su mensaje, su obra y su vida son tan necesarios para nosotros como la ventilación para una casa que ha per­manecido mucho tiempo cerrada…

POR CARLOS GOÑI