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Postre de notas / Solo a veces llegan cartas

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29 de mayo 2013 , 08:54 p.m.

Hace unos días conté en la columna Cambalache, de EL TIEMPO, que un sobre dirigido a un residente en la avenida Alejandro Obregón de Bogotá no había llegado a su destino porque los Servicios Postales Nacionales S. A. consideraron que la dirección no existía. Les habría bastado con acudir a Google o buscar los mapas de la alcaldía de Bogotá para saber que la calle 92 y la avenida Alejandro Obregón son el mismo punto. Esta sencilla diligencia les habría ahorrado el vergonzoso sello de “Dirección deficiente” y el signo de interrogación con mano anónima que ofendieron el sobre. Por si acaso, en los muros de los edificios de la calle 92 aparecen las placas que la identifican con el nombre de uno de nuestros más grandes pintores.

Estas cosas pasan porque se están acabando los carteros. La explosión de internet, los ataques neoliberales contra los servicios que presta el Estado y el auge de empresas de correo particulares han devastado el gremio que antes recorría las calles con su cachucha azul oscura y su cartera llena de sobres (cartera viene de carta, por si no cayeron en cuenta). Era cuando el correo colombiano, tanto el terrestre como el aéreo, funcionaba a las maravillas. Muchas veces llegaban cartas identificadas solo con un nombre y una ciudad, y los repartidores se daban mañas de ubicar al destinatario. Hubo misivas con datos mínimos o errados que tardaron años en llegar, pero llegaron. Todos hemos leído historias al respecto.

Ahora los que mejor deberían conocer la nomenclatura urbana son los que más la ignoran. Muy triste, sobre todo, que esto ocurra en Bogotá, ciudad que tuvo al cartero más célebre del país. Se llamaba Manuel Quijano Guzmán, pero su apodo era ‘Pomponio’, y vivió en la primera mitad del siglo XX. Vestía de manera estrafalaria –hagan de cuenta Poncho Rentería con el añadido de un bombín– y dicen que había dilapidado una pequeña fortuna familiar. Hay que reconocer que el hombre estaba medio chifloreto, porque entraba en furioso trance cada vez que le gritaban “‘Pomponio’, ¿quiere queso?” y perseguía a los perturbadores, casi siempre estudiantes de las universidades del centro. Al parecer, compensaba su mal genio con una destreza singular para el reparto postal. Pero, eso sí, sometía el paquete de correspondencia del día a una feroz censura. Instalado en uno de los puentes que antes cruzaban la ciudad, rompía y tiraba al río los sobres de personas que le caían gordas y entregaba los demás.

El cartero arriesgaba la integridad por un sueldo ridículo: esquivaba carros, trepaba escaleras desvencijadas, penetraba a callejones tenebrosos y, si era feliz propietario de una bicicleta, se exponía a que se la robaran mientras timbraba en una casa. Más de una vez el receptor malgeniado de una cuenta de cobro le nombró la madre o directamente lo agarró a golpes, para prolongar aquella costumbre de matar al mensajero de malas noticias. Pero otras veces el contenido de la plica era una carta de amor y entonces el cartero, aun tan innoblemente vestido como ‘Pomponio’, se convertía en imagen de Cupido.

La desaparición de los carteros que el barrio conocía por sus nombres atenta, además, contra la fauna criolla. Se encuentran en vía de extinción los perros que se alimentaban mordiendo funcionarios de correos. Para esta raza de canes no hay pedazo de carne que sustituya el dulce sabor de una pantorrilla de cartero.

Se acaban las cartas, se acaban los buzones y se acaban los carteros. Pero lo peor es que los reemplazan empresas que ignoran las nomenclaturas y cobran cien mil pesos por transportar una mísera hojita de barrio a barrio. Estuve tentado de mandar una esquela al Presidente de la República para protestar por este abuso y defender a los carteros. Pero desistí, porque ¿quién la lleva?