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Sebastián Ritter, mucho más que valor

El novillero colombiano brilló en la plaza de Las Ventas, en Madrid (España).

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27 de mayo 2013 , 10:37 p.m.

Ante tres cuartos de aforo, ningún otro en esta feria, y no sé en cuántas otras, se ha pasado los pitones tan cerca y largamente como lo hizo el novillero colombiano Sebastián Ritter el jueves en la tarde con el sexto, en esta histórica plaza de Madrid. Uno de los tres de Carmen Segovia que sobrepasaron la media tonelada, y uno de los cinco que terminaron negándose.

El público de Las Ventas, que no es afecto a tremendismos, acabó jaleando y saludando el impresionante alarde del colombiano. El novillo se quedaba y él adelantaba el cuerpo, el novillo lo miraba y él dejaba que las puntas rascaran los recamados de la taleguilla, la seda de la faja, los alamares de la chaqueta y la pechera de la camisa, a cambio de un natural, de una derecha de un pase de pecho.

El animal, pa’tras; y él, pa’lante, sereno, estoico, sin aspaviento. Como en el verso de Borges: “Capaz de no alzar la voz y de jugarse la vida”. Así, como lo cuento, fue por minutos y minutos, apostando carne contra arremetidas, que cuando se dieron fueron siempre dominadas por el trapo.

Tras dos naturales, el toro se para en la mitad del pase de pecho, él aguanta, el toro recula y pone los pitones a lado y lado de su cintura, cabeceando; Sebastián, inmóvil, sin un gesto, aguarda y luego lo obliga a retomar el terreno, seguir la muleta y completar la suerte. Eso es torear ¿O no? Y así, y así, y así, hasta terminar metido en la cuna del cobarde atrincherado en tablas.

La cogida no se dio, no sé por qué, de puro milagro, imagino, y una mirada miope podría concluir que eso fue todo, que Ritter no fue sino eso, valor crudo, pero no, la verdad para quien supo verla es que fue mucho más que eso.

Por ejemplo, en el quite sembrado de cuatro gaoneras con fregolina, en los medios al segundo de la tarde, o ese momento en que, para poner en suerte al tardo tercero, se plantó airoso para una larga estatuaria, personal, colorida y precisa que arrancó una ovación. O en ese otro quite, al primero suyo, meciendo verónicas embraguetadas y gustosas, que también levantaron aclamación, y en el último tercio, clavado, a pie junto, echando una prueba de quietud y aguante, de convicción izquierdista, que desgraciadamente se fue diluyendo en la solemne sosería del toro. Pero ahí quedó eso, con uno y otro, para los que fueron capaces de captarlo y comprenderlo.

Estoy seguro de que vuelve a Las Ventas, y con poco que le embista uno, lo que es con él aquí pasa algo.

Los toreros alternantes, Tomás Campos, silencio tras aviso y silencio; y Curro de la Casa, palmas tras aviso y silencio tras dos avisos.

JORGE ARTURO DÍAZ REYES
(ESPECIAL PARA EL TIEMPO)