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Narciso y la guerra

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27 de mayo 2013 , 05:58 p.m.

La maestra de la escuela de pobres de la vereda publica un pequeño periódico anual y me invita a escribir. Siempre me dejó elegir el tema. Pero este año, siguiendo el consejo del gobernador que según entendí le ayuda a financiarlo, me pidió una nota que versara sobre Antonio Nariño y la independencia de Cundinamarca. ¿Y qué tal si la enfoca sobre la educación relacionada con el Precursor?, me dijo. Me puse a refrescar mis memorias de Nariño. Y buscando complacerla acabé diciéndome que si fuera maestro me abstendría de narrarles a mis pupilos esa historia amarga y revuelta. Y descubrí que los héroes me resultan antipáticos.

El patriotismo, el espíritu de secta y separatividad me parecen bastante inadecuados en un planeta que se desbarata oprimido por las astucias técnicas del más astuto de los monos y que el nacionalismo solo hace más peligroso. La Tierra es más una nave común cuyo centro está en todas partes que una colcha de retazos para desgarrar entre todos. El mundo sería más grato si presidieran parques y aulas los retratos de los inventores, los científicos, y los poetas, y no unos sargentos levantiscos y unos abogaduchos llenos de ideas insensatas de apariencia tersa.

La vida de Nariño reconfirma contra el sórdido prejuicio de que la pobreza está en el origen de la violencia en la historia. Entre las inequidades se me hicieron evidentes sobre todo las diferencias materiales y culturales que separaban a Antonio Nariño de su zapatero. Y que todos los que conspiraron con él contra el rey remoto eran ricos ávidos como el marqués de San Jorge, burócratas que vivían casas sin goteras distintas a las de sus sastres, y tenían bibliotecas, y cebaban en periódicos de París la retórica que enardeció a los criados, sacrificados para que ellos pudieran traficar con Inglaterra y mandar aquí. Los pobres siguen igual después de cada revolución: trabajando y haciendo cola ante burocracias nuevas. Muchos problemas de este país informe debieron venirle de las mutilaciones de las guerras de independencia.

Eran tabacaleros prósperos los capitanes de los comunes de Galán educado por jesuitas. Los revolucionarios franceses no eran indigentes. Bolívar poseía una de las mayores fortunas de este lado del mundo. Sus oficiales fueron adiestrados en los ejércitos de España. Los bolcheviques eran una pandilla de eruditos y políglotas, funcionarios y profesionales acomodados. Junto a la razón marxiana de la economía hoy debemos apelar también a Freud y a Nietzsche, a los complejos síquicos, a la genética, para explicar la guerra. Ahora los terroristas siguen siendo a veces universitarios a quienes un arrevesado narcisismo lleva al desmán de creerse llamados a firmar tratados por nosotros: a ruego. Chávez en los últimos éxtasis se dijo llamado a salvar el planeta del calentamiento global del capitalismo mientras besaba Cristos ante la enfermedad, que es la peor herida de Narciso. Camilo Torres fue mimado por la sociedad bogotana. El Che, un médico indolente que a lo sumo ponía inyecciones y extirpaba muelas de urgencia. Fidel Castro, un abogado mediocre de buena familia. Si entre los salvadores se filtran ganapanes como ‘Jojoy’ o ‘Tirofijo’, que aprenden a matar antes de leer, son excepciones. La guerra es un recurso del orgullo y la hartura. Ante la opresión existe siempre la salida de la resistencia. O la retirada. Si entendí Guerra y paz. Y contra la revolución, según un poeta amigo mío la paciencia de la evolución.

El Chacal es ejemplar del redentor moderno convertido en playboy. Amante de las motocicletas y los hoteles de lujo, corría el mundo forrado en dólares, con un explosivo oculto en el equipaje de filipichín. ¿Los héroes sin la disculpa de la justicia habrían sido asaltantes de caminos, asesinos seriales? ¿Sin sus salvavidas neuróticos los pobres se habrían defendido mejor de la historia? Si es preciso narrarles una, en todo caso debería ser otra: la misma, dicha de otra manera. Eso pensé mientras escribía la nota para el anuario de la vereda.