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El octavo día de la creación

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26 de mayo 2013 , 12:12 a.m.

¿Quién no recuerda la historia de cómo Dios hizo el universo, narrada por el Génesis? Dios creó en seis días todo el cosmos, lo que conocemos y lo que aún nos queda por descubrir, y el día séptimo descansó. Este descanso no concluyó su tarea, sino que se trató de una pausa, pues aún faltaba el octavo día. Dios continuó con una obra más maravillosa que las anteriores: nuestra Redención (CIC 349). El octavo día, Dios realizó la Redención del género humano a través de la muerte y la Resurrección de Cristo.

La Redención, obrada por Cristo, realiza una nueva creación aún más maravillosa que la del mundo material, ya que se trata de una nueva vida en Cristo a la cual todos estamos llamados. Cristo resucitado nos muestra con su cuerpo glorioso la vida que nos aguarda en el cielo. En él vemos cumplidas nuestras más profundas aspiraciones de dicha y felicidad.

La Creación ha llevado un orden ascendente: todo comenzó por los cielos y la Tierra, donde reinaba un caos total, lleno de oscuridad y confusión; continuó con la aparición de la luz, de las plantas y de los animales, hasta culminar con el hombre y la mujer, los únicos seres creados a imagen y semejanza de Dios.

Dios es glorificado cuando el hombre rige al mundo con responsabilidad social, personal y ecológica, ya que todo lo que existe adquiere sentido solo a través del hombre y por el hombre.

La gloria de Dios es opacada cuando el hombre se apropia de la Creación, incluyéndose a sí mismo, y se olvida de que nos fue confiada para cuidarla responsablemente, no para manipularla a nuestro antojo o mutilarla en nombre de ninguna ideología o interés económico.

La Creación, la Redención y la santificación son tres caminos elegidos por Dios para revelarnos el misterio insondable de su amor. Este domingo, solemnidad de la Santísima Trinidad, celebramos el infinito amor que Dios nos ha tenido. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (I Jn. 3,1).

Concluyamos con una oración: “Padre Santo, que has querido crearme y adoptarme como hijo para que te ame e invoque con la más filial confianza: te bendigo por el amor que me has tenido al elegirme en Cristo, antes de la Creación del mundo, para ser santo en tu presencia. Tú conoces mi miseria y sabes cuánto necesito de tu gracia para vivir en gracia y caridad. Acrecienta en mí la fe y aumenta la fortaleza para evitar todo pecado e imperfección y no me dejes caer en las asechanzas y tentaciones del demonio”. Amén.

José Manuel Otaolaurruchi, L.C.
twitter.com/jmotaolaurruchi