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¿Hora de partir cobijas?

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25 de mayo 2013 , 07:57 p.m.

Pero Nicolás Maduro, ‘nuevo mejor amigo II’, no debe estar contento. Esta alianza, al contrario de Unasur, no va a ocuparse de alcahuetear su declive político.

Descubrimos, a raíz de una grabación telefónica filtrada al aire en reciente incidente periodístico venezolano, que comenzó a suceder algo que imaginábamos, pero para más tarde: que a Maduro lo iba a acechar el peligro de una conspiración desde las propias huestes chavistas.

A Colombia definitivamente se le hizo tarde para partir cobijas con Maduro. Con ello no estoy queriendo decir volver a la era de las duras relaciones –a escupitajo limpio– del uribismo con el chavismo. No. Sencillamente, empezar a comportarnos con una digna independencia, para que en el difícil camino que le resta al proceso de paz de La Habana no sigan interfiriendo manos ajenas. Que los Castro se comporten simplemente como lo que son, anfitriones, y que Maduro se dedique a gobernar a su país y deje de gerenciar chárteres hacia La Habana.

Hace unos días tuve que rectificar la noticia de que se avecinaba el reemplazo de la canciller Holguín por el actual embajador ante la ONU, Néstor Osorio. No resultó cierta. Lo cual no significa que algo así no es conveniente que suceda.

No le profeso a la canciller Holguín algún tipo de antipatía. Por el contrario. Le reconozco que le ha tocado hacer malabares, con inteligencia y donaire, en medio de una de las peores coyunturas externas de Colombia. Primero, por el complicadísimo manejo del éxtasis chavista; y, luego, por el zarpazo de La Haya a las aguas de San Andrés. Pero son precisamente esos dos temas los que exigen que en la Cancillería colombiana haya más pronto que tarde un cambio de tercio.

Por los lados de Venezuela, porque la doctora Holguín es una canciller identificada, forjada y moldeada en la era del chavismo. No es su culpa: ese fue el papel que le tocó jugar. La incógnita que le espera a Venezuela le deja a ella poco margen de maniobra, si acaso Colombia llegara a asumir una actitud que no sea mil por ciento complaciente con Maduro. Y de pronto eso ya no va a poder ser. El avasallamiento de la oposición venezolana es un escándalo internacional. Colombia tiene que destetarse del chavismo, bien por convicción, que sería lo ético, bien por conveniencia, que sería lo práctico.

Ahora: tampoco es culpa de la Canciller que nos hayan despojado de medio mar Caribe. Pero comienza una nueva etapa en el manejo del fallo de La Haya, que incluye esgrimir jurídicamente un problema ético que no se alegó en su momento sobre incompatibilidades e inhabilidades de sus jueces. (Es que la tesis de Noemí Sanín y del exministro Ceballos no resultó tan “cuento chino”, por cierto). Al respecto, la canciller Holguín no ha logrado liderar al grupo de prestigiosos abogados consejeros del Gobierno para que exista una sola posición, en lugar de que imperen desacuerdos que nos empujen otra vez de cara contra el arrecife caribeño. Un relevo en la Cancillería facilitaría preparar con frescura, astucia y novedad una artillería legal y diplomática poderosa ante las implicaciones del dictamen de La Haya.

Pero, sobre todo, nos permitiría romper nuestra dependencia de Maduro. Corremos el riesgo de que al menor amago de Colombia por proteger la democracia venezolana, su Presidente nos chantajee con el proceso de paz. O que ante cualquier intento colombiano por defender nuestro mar territorial, Maduro salte a proteger a su gran aliado, el sátrapa nicaragüense, Daniel Ortega.

Quien, mientras tanto, se prepara para tener canal interoceánico propio, en sociedad con los chinos, a costa de las rutas marítimas y de las paredes coralinas que nos arrebataron a los colombianos.

Río suena… Magistradas: la próxima vez inviten a crucero. ¡No sean tacañas!

María Isabel Rueda