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¿Amigos y enemigos de la paz?

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25 de mayo 2013 , 07:55 p.m.

Polarizar la opinión entre amigos y enemigos de la paz es caer en una trampa peligrosa. Puede conducir a que, o bien fracasen los diálogos, o bien el Gobierno acepte compromisos que serían luego rechazados por la mayoría de los colombianos. Cualquiera de estos dos resultados sería altamente inconveniente para el país y no beneficiaría a nadie. Es lo que se conoce en teoría de juegos como el dilema del prisionero.

Calificar como enemigos de la paz a los uribistas, o a cualquiera que ponga objeciones a la forma como se está negociando, no solo constituye una falta a la verdad y una falta de respeto con el adversario. Es, ante todo, un grave error político. No coincido con la mayoría de las opiniones de Uribe y, con frecuencia, considero que sus actitudes son francamente antipatrióticas. Pero jamás lo calificaría como enemigo de la paz y mucho menos a sus seguidores. Los únicos enemigos de la paz en este país han sido los alzados en armas, guerrilleros y paramilitares, y los narcotraficantes.

Es comprensible –aunque no justificable– que líderes de movimientos contestatarios y minoritarios, como ocurre con Piedad Córdoba y con Gustavo Petro, recurran a este fácil y antiético procedimiento para generar una polarización de la opinión que los beneficie políticamente. Pero ni el Gobierno, ni partidos de centro, como el Liberal, pueden caer en este juego.

El Gobierno tiene el mandato constitucional de buscar la paz, pero no a cualquier precio. Debe negociar con las Farc a nombre de todos los colombianos y no solo de una fracción, por grande que sea. Las encuestas indican que la mayoría de los ciudadanos está de acuerdo con negociar con las Farc, pero que más de la mitad de la población no aceptaría la impunidad para quienes han cometido delitos atroces. Este es un punto innegociable, pues de lo contrario el referendo refrendatorio de los acuerdos podría fracasar o dejaría una honda división entre los colombianos. Y ello sin hablar de las posibles consecuencias frente a la Corte Penal Internacional.

Si el Gobierno y el Partido Liberal se dejan etiquetar, o se autodenominan, como los amigos de la paz, pueden acabar forzados a aceptar peticiones inaceptables de las Farc. Porque, si fracasara el proceso por no hacerlo, dejarían de ser los ‘amigos de la paz’. ¿Acaso no se dan cuenta de la enormidad de la cáscara que están a punto de pisar?

El presidente Santos fue enfático en que la negociación no debería durar más de unos meses y en que, de no haber progreso, el Gobierno se levantaría de la mesa. Los voceros de las Farc han hecho desde el principio todo lo posible para que corra el tiempo. Dicen que no puede haber una negociación exprés y con enorme cinismo afirman que no se pueden resolver en unos meses problemas nacionales que llevan décadas sin resolver. ¿Acaso estamos negociando con ellos la solución de los problemas nacionales? ¿O los cinco puntos de la agenda de negociación que suscribieron? Están arrastrando los pies para que la negociación se extienda al periodo electoral y se convierta en el tema central de la campaña, dividiendo así a los colombianos para pescar en río revuelto.

Esa estrategia puede tener éxito por culpa de la bendita reelección, que a mala hora se restableció mediante la compra de las conciencias y los votos de algunos congresistas. La reelección puede meter al Gobierno en una sinsalida. Pienso que el Presidente debería anunciar irrevocablemente que no va a la reelección, precisamente porque se encuentra negociando la paz a nombre de todos los colombianos. Esa decisión pondría a las Farc en el predicamento de que es mejor negociar ya, pues podría ser que su sucesor resulte un hueso más difícil de roer.

Guillermo Perry