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Historias de mensajeros y bicicletas a todo pedal

Deben luchar con el tráfico y soportar a las empleadas.

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24 de mayo 2013 , 06:58 p.m.

Tienda, panadería o restaurante que se respete tiene siempre un domiciliario que reparte sus productos en bicicleta. En los barrios pululan estos personajes que van de un lado para otro ‘midiendo calles’, entre el tráfico y la congestión, con tal de llegar a tiempo con los pedidos.

EL TIEMPO conversó con varios de ellos para saber cómo es el día a día en la vida de estas personas. Son jóvenes que utilizan estas ciclas trajinadas con canastas de colores que se pueden ver parqueadas en todos lados, frente a los negocios y edificios a todas horas del día.

Andrés Lucano es uno de esos ‘peladitos’ que llevan domicilios de un pequeño supermercado. Tiene 20 años y ha trabajado en esto más de un año, desde que salió de su colegio en Santander, su tierra natal.

Cuenta que lo más difícil de esta ciudad son los carros. “El otro día me cogió uno aquí en la esquina, es que como uno va en bicicleta no lo respetan”, afirma.

Como él, un repartidor, dependiendo del día, la hora y el negocio, puede hacerse entre 60 y 70 domicilios. Andrés gana por un turno de siete horas desde las 7 a.m. hasta las 2 p.m. 17.000 pesos, más lo que logra hacerse en propinas.

Conversar con ellos fue difícil, pues tenían que salir todo el tiempo a llevar pedidos. “Ni modos, es el trabajo”, decían. Para Freddy Ferrer, un joven de 23 años que trabaja en un puesto de verduras, su ‘bici’ no solo es su medio de trabajo sino su más grande ayuda. “Imagínese uno tener que irse a un edificio que queda a media hora con 5 o 6 bolsas pesadas en las manos. Sin bicicleta sería imposible –afirma–. Sin embargo, la cicla es peligrosa. Yo me he caído varia veces cuando los buses me cierran y hay que tener cuidado porque cuando hay que pasar debajo de los puentes oscuros muchos ladrones le están ‘echando ojo’ a uno para robarlo”, añade este barranquillero que llegó a la capital hace pocos meses buscando oportunidades y este ha sido el único empleo que ha conseguido.

Uno que ya no es tan joven es Néstor Tafur, que trabaja en una frutería y tiene 32 años. Comenta que la gente en general es amable, pero en ocasiones, complicada. “Toca ir y venir varias veces porque no les gustó la fruta que uno les llevó, porque está muy ‘magullada’ o muy ‘madura’. A veces las más groseras son las señoras del servicio, que le tiran a uno la puerta o no dan ni las gracias, pero bueno, seguramente ellas también viven estresadas con sus patrones’’, ríe el hombre.

REDACCIÓN BOGOTÁ