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'Me asombra que alguien cite algo que he escrito'

La argentina Leila Guerriero publica 'Plano americano', con perfiles de veintiún artistas.

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23 de mayo 2013 , 08:07 p.m.

El piso alfombrado de papeles con anotaciones en los bordes, con frases resaltadas, con numeritos. Es el estudio de Leila Guerriero cuando está en proceso de escritura de uno de sus relatos periodísticos. Resulta fácil imaginarla, obsesiva por el más pequeño detalle, alejada de distracciones virtuales –llámense Twitter, Facebook o similares–, atenta no solo al fondo, sino a la forma de cada frase que escribe. El primero de sus libros, Los suicidas del fin del mundo, ya dejaba ver a una periodista con sello particular. Lo confirmó con Frutos extraños y ahora su tercer libro, Plano americano –que reúne perfiles de 21 artistas–, no deja espacio a la duda: esta argentina es una de las mejores plumas actuales del periodismo narrativo.

Nicanor Parra, Ricardo Piglia, Idea Vilariño, entre otros, aparecen retratados en su libro. ¿Qué le interesó de estas personas en particular?

Tengo una especie de obsesión personal por entender cómo las personas que hacen algo relacionado con lo artístico, con lo creativo, lidian con su talento. Siempre me ha parecido que ese talento trae aparejado algún tipo de distorsión. Es como si encajaran en la cotidianidad de una forma distinta a la persona que se dedica a otra cosa; a un ingeniero químico, por ejemplo. Son otras cabezas. Y hay algunos con una vida particularmente atractiva, misteriosa. Aurora Venturini, que se conoció en la literatura argentina a sus 87 años y no ha parado de publicar cada año, me producía curiosidad. Quería saber quién era esta persona capaz de hacer esos libros revulsivos a una edad que no se asocia con esa sensación tan oscura. Pero he escrito sobre matarifes o deportistas caídos en desgracia o asesinas de sus maridos. Hay todo otro mundo que también me interesa muchísimo.

Ha usado una palabra que es clave: curiosidad.

Lo que me mueve a hacer un perfil o una crónica es la curiosidad. Puede que haya alguna excusa periodística para el tema, pero se trata de algo que, a priori, me ha interesado. En realidad no soy una gran “encontradora” de temas o personajes de esos que nadie conoce. La gente sobre la que escribo ya ha sido pasada antes por la prensa. Sin embargo, suelo sentir que me falta algo para ver la película completa, que hay cosas que no entiendo. Desde esa curiosidad, empiezo.

¿A partir de ahí sigue un trabajo de reportería intensa?

Es un trabajo muy complicado. Agotador. No se pueden hacer más de uno o dos temas así por año. Porque es casi como la tarea que emprenden los biógrafos. O los arqueólogos. Tenés que hacerte un mapa, transformarte en un sabueso, poner los pasos en las huellas, ir buscando con lupa los datos en la persona y en su obra.

Algunos personajes del libro ya están muertos, como Roberto Arlt. ¿Cómo es el proceso en ese caso?

Un quebradero de cabeza. En el caso de Arlt fueron muchos meses de trabajo infructuoso. Me costó mucho entender qué fuentes iba a tener, cómo lo iba a hacer. Ni siquiera había claridad en su fecha de nacimiento. Esa es la diferencia entre lo que hace un biógrafo y lo que yo hago. Un biógrafo busca realmente cuál fue la fecha en que nació; yo sentí que esa especie de intento maniaco de Arlt por mezclar los rasgos básicos de su vida debía ser un rasgo del perfil. Después de encontrarme con todo el material, noté que Arlt había trabajado para construir una leyenda del escritor incomprendido en vida, cuando fue todo lo contrario.

¿Ese comienzo tortuoso no la llevó a pensar en parar y no escribirlo?

Alcancé a preguntarme si me estaba empecinando o en realidad había algo ahí y yo no lo había visto. Pero o yo soy muy tozuda y me cuesta mucho dar el brazo a torcer, o siempre encuentro la manera de que la realidad esté a la altura de las expectativas, que quiero decirte que son pocas, ¿eh?, no pongo mucha expectativa. Siempre voy a descubrir, como a ver qué pasa. Solo ha habido una vez en que el tema se me fue diluyendo de a poco. Hubo algo que no fluyó demasiado. Fue un error mío sin duda. Pero si ya he avanzado en un perfil es porque siento que hay algo ahí, aunque sea difícil o escurridizo.

El trabajo implicará, también, convencer al personaje de lo que se quiere hacer...

Hay que insistir hasta que la persona entienda lo que vos querés hacer; que se trata de una cosa más larga, de mayor exigencia. Muchos te preguntan “¿y por qué no viene una vez y le cuento todo de una y listo?” Luego, cuando vas y pasan cinco horas y llegaste nada más a cuando el tipo tenía 10 años, entienden que la cosa así es imposible. Es una tarea de escucha muy grata. Siento que cuanto más tiempo paso al lado de una persona, voy a poder acercarme más –no a la verdad, porque uno no está ahí para contar la verdad definitiva– a una versión más honesta. Si paso solo tres horas con el personaje, bueno, también puede suceder. Pasó con el perfil de Juan José Millás, por ejemplo, pero en esos casos debo definir muy bien los límites que va a tener el texto.

¿Siente que el entrevistado recibe algo de usted?

No tengo idea. Lo que uno le da es una escucha atentísima; la certeza de que estás profundamente preocupado y curioso por su vida y de que vas a hacer el intento de contarla en una versión definitiva, casi canónica, por la que estén obligados a pasar quienes vayan a escribir sobre ellos más adelante. Me imagino que, para ellos, funciona como la idea de ver reflejada la esencia de su vida. Pero no lo entiendo en esos términos. Mi oficio es como el del que hace muebles.

¿Cómo maneja lo que le dicen ‘off the record’?

Cuando se trata de cosas que me dicen sin ninguna solicitud de protección, yo no me mido. Por ejemplo, en el caso de Aurora Venturini algunos podrán pensar que he debido haberla cuidado cuando hablo de su papá. O cuando escribo del consumo de droga de Guillermo Kuitca. O la escena que describo cuando Nicanor Parra hace un saludo nazi en un restaurante. Yo no pienso “esto no lo voy a poner porque son figuras que hay que cuidar”. No. Si uno confía en su capacidad para lograr que el texto tenga equilibrio, y que gestos como esos no terminen tragándose el resto, puede decirlo todo. Ahora, sí me pasa que me dicen: “Te pido, por favor, que esto no lo pongas” y yo trato siempre de responderles: “Te pido, por favor, que no me lo cuentes”. Porque eso me pone en una situación con la que prefiero no cargar, casi como una especie de sofá de analista. Cada uno, en esas circunstancias, resuelve el asunto de forma diferente. Uno reacciona como es. Uno no es distinto como periodista que como amigo, hermano, esposo o lo que fuere de alguien. Uno se lleva puesto todo el tiempo.

¿Cómo escribe? No sé por qué usted me hace pensar en las cartulinas de Gay Talese pegadas en la pared…

¡No! Nada de eso. Antes de sentarme a escribir vuelvo a leer todo lo que he reunido en la reportería. Por lo general, durante esa lectura aparece la frase que usaré como principio. No me siento a escribir si no tengo el principio y una idea vaga del primer párrafo. Si no hay eso, no hago absolutamente nada. A partir de ahí, la estructura va saliendo sola. Hago una primera versión que necesito para entender la historia, para explicármela a mí misma. Una vez que la entendí, que supe por dónde pasan sus arterias más importantes, sus ejes, qué cosas van, qué cosas salen, voy modificando esa versión. El arranque casi nunca cambia. En ese proceso, el piso de mi estudio queda lleno de papeles. Tienes que caminar por encima de ellos.

¿Nunca pensó en un trabajo de nota diaria en un periódico?

No sé trabajar rápido. Supongo que uno termina siendo la suma de alguna pequeña habilidad que puede tener por ahí perdida más la lista de sus inhabilidades. Siento que soy el resultado de mi imposibilidad de trabajar en un periódico. Además, no podría explorar las formas del idioma, cierta sensualidad que encuentro al escribir. Si no tuviera la opción de hacer el periodismo de la forma en que me gusta, dejaría de ser atractivo para mí y preferiría poner una verdulería. Ahora, tampoco es que crea que toda escritura rápida esté mal hecha. Uno puedo hacerlo rápido y bien. Claro que también puede hacerlo rápido y pésimo.

Sus textos se han vuelto referencia para los interesados en el periodismo narrativo. ¿Cómo es la relación con sus lectores?

La mayor parte de mis lectores es gente que se dedica al oficio del periodismo. Suelo encontrármelos en conferencias, talleres o presentaciones de libros. No tengo Twitter, ni Facebook, ni nada de eso. Tampoco estoy enganchada con los comentarios que hace la gente. Y nunca deja de asombrarme que alguien se me acerque y me cite un texto o un libro que he escrito. Digo ¿de verdad hay gente que me lee? Lo digo con un deslumbramiento increíble y genuino. No logro –y espero que no lo logre nunca– que eso me parezca normal. Es como un milagro raro. Como yo siempre tengo la sensación de que estoy empezando, la respuesta del lector me deslumbra casi de manera infantil. Siento que encuentran una conexión con lo que escribo. Una comunión muy fuerte, no conmigo, sino con las palabras.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACCIÓN EL TIEMPO