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UP

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23 de mayo 2013 , 06:26 p.m.

Es un lugar común. Pero todo podría indicar que, educados para encogernos de hombros como los fatalistas y para olvidar y olvidar como los insensatos, estamos condenados a repetir la historia de la Unión Patriótica: de la trágica UP que las Farc crearon en plenas negociaciones de paz en 1985 y que luego abandonaron a su suerte para probar que la lucha armada sí era necesaria. Ha dicho el curtido ‘Iván Márquez’, en nombre de lo que queda del “ejército del pueblo” en las conversaciones de paz de hoy, que de llegar a un acuerdo con el Gobierno las armas no se entregarán sino que desaparecerán: por si acaso. Y ha venido a la cabeza entonces la pregunta de si en este país de Dios y del diablo, después de doscientos años de extirpar al enemigo en vano, después de ver cómo, por cuenta de las vilezas de lado y lado, en una década fue exterminado todo lo que sonara a izquierda, aún se sigue creyendo a diestra y siniestra en eso de “combinar todas las formas de lucha”.

Quizás sí. Quizás sólo se llegue a cierta paz el día en que nadie justifique ni una sola muerte.

Quizás digo que “estamos condenados”, no que “están”, porque ya es hora de que aquella Colombia cruel sea esta misma Colombia: aquel sitio en donde han sucedido genocidios y torturas queda aquí, y es en nuestro silencio en donde volverán a oírse los gritos.

Tal vez sea bueno abrir de nuevo Armas y urnas, el escalofriante libro de Steven Dudley, para que los fantasmas vuelvan a contar su historia: que los delirantes comandantes de las Farc se inventaron aquel “partido de guerra”, la Unión Patriótica, pues sabían que su segura aniquilación los obligaría a seguir buscando el poder por la fuerza; que los trágicos líderes de la UP, que supieron siempre que algún día los asesinarían, quisieron separarse de la guerrilla cuando fue claro que esta no entregaría las armas ni las drogas; que la peor derecha, mafiosa y trastornada, mientras tanto fue entrenando sus ejércitos de verdugos, y que el más visible de los vengadores, Carlos Castaño –no se me olvida la gente diciendo “pero tiene razón en lo que dice”–, confesó después que “la ignorancia era tanta que para nosotros todo lo que sonara a izquierda era el enemigo”.

Colombia ha sido, según la versión de Dudley, una nación ambigua, paranoica y anestesiada: una suma de “repúblicas independientes” hecha a puro pulso por padres de familia que de tanto en tanto mandan a matar. Sus peores dueños, de la izquierda a la derecha, no han gritado “armas o urnas” sino “armas y urnas” –todas las formas de lucha– porque no ha habido justicia ni educación que los contenga. Y es una prueba más de lo extraño que es el ser humano que haya habido tanta vida aquí al mismo tiempo. Y que hoy, que el exsenador César Pérez acaba de ser condenado por ordenar la masacre de Segovia, en Antioquia, en la que fueron ejecutados los líderes de la UP que habían ganado las elecciones (sucedió el viernes 11 de noviembre de 1988: los encapuchados llevaban una lista de sus víctimas e iban tachando sus nombres), todo pueda indicar que tenemos una nueva oportunidad para la justicia: para decirnos la verdad.

Podríamos pensar, de nuevo, que estamos condenados a fallar. Pero podríamos pensar que no. Que quizás la UP aún pueda ser enterrada dignamente con una frase de uno de sus mártires, Bernardo Jaramillo, como epitafio: “Ninguna idea, por importante que sea, merece matar a alguien”. Tal vez, si en verdad tienen en mente el futuro, las Farc aún puedan entregar tanto las armas como las drogas. Acaso la derecha y la izquierda aún puedan ser tenidas en cuenta, como aliados en la democracia, en este farragoso proceso de paz que ha empezado a dar la cara. Y Colombia aún esté a tiempo de ser, por qué no, un lugar común.

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