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Salvar un árbol... ¿o quemarlo?

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19 de mayo 2013 , 07:31 p.m.

A todos nos enseñan que hay que reciclar papel para salvar árboles. En nuestras casillas de ‘e-mail’ recibimos infinidad de veces esta advertencia: ‘Piense en el medio ambiente antes de imprimir este mensaje’. De hecho, el movimiento ecologista nació con un llamado a la preservación de los bosques.

Pero ahora, en nombre de salvar el planeta del cambio climático, los ambientalistas han lanzado una campaña global para la reducción del uso de combustibles fósiles, que supone la tala y quema a gran escala de bosques y matorrales. No pasaría de ser una simple ironía, si no fuera por los costos fenomenales que este plan traería aparejados, entre ellos una probable destrucción de biodiversidad, un aumento del uso de agua y una reducción de la producción global de alimentos. Y, encima, podría implicar un ‘aumento’ de las emisiones globales de CO2.

La mayoría de la gente, cuando piensa en fuentes renovables de energía, imagina paneles solares y turbinas eólicas. Sin embargo, el uso de energías solar y eólica en todo el mundo constituye solamente una pequeña parte del total de las fuentes renovables: en el 2010, supuso menos del 7 por ciento del total. La energía hidráulica es una fuente mucho mayor, aporta el 17 por ciento del total. Pero la más importante, y con diferencia, es la biomasa, el combustible más antiguo de la humanidad, que en la actualidad comprende el 76 por ciento de las fuentes renovables de energía y el 10 por ciento de la energía total. Cerca de un 60 por ciento de la biomasa se compone de leña, ramitas y estiércol, elementos usados por casi 3.000 millones de personas que no tienen acceso a combustibles modernos. El resultado: niveles terribles de contaminación del aire y millones de muertes.

Pero el otro 40 por ciento de la biomasa lo usa Occidente para producir calor. Y también usará cada vez más biomasa para producir electricidad, por la sencilla razón de que la energía solar y la eólica son por naturaleza imprevisibles, y la electricidad se necesita también en días nublados o cuando no hay viento. El empleo de biomasa (junto con la energía hidráulica) permite suavizar las fluctuaciones inherentes a la energía solar y eólica.

La biomasa está experimentando un resurgimiento, porque se la considera neutral en términos de emisión de CO2. La hipótesis generalmente aceptada es que la combustión de la madera libera el dióxido de carbono que el árbol absorbió durante su crecimiento, de modo que el efecto neto sobre el clima es nulo. Pero esta opinión despierta cada vez más críticas. El Comité Científico de la Agencia Europea de Medio Ambiente señaló que esta hipótesis parte de un “supuesto errado” basado en un “grave error de contabilidad”, ya que tras talar un bosque y quemar la leña, se necesitará mucho tiempo para que otros árboles nuevos al crecer absorban las emisiones de CO2. Y si se talan bosques para plantar en su lugar cultivos energéticos, el efecto sobre el clima puede ser un ‘aumento’ neto de las emisiones.

Según los miembros del comité, “de este error de cálculo de bioenergía pueden derivarse consecuencias enormes”. El plan de los ambientalistas de obtener entre 20 y 50 por ciento de toda la energía a partir de biomasa puede dar lugar a que se triplique el consumo actual de biomasa; que su producción entre en competencia directa con la producción de los alimentos que se necesitan para una población mundial en aumento; y que al mismo tiempo se agoten las reservas de agua y se reduzcan las superficies de bosque y la biodiversidad.

Un trabajo de investigación publicado el año pasado lo pone bien claro ya desde el título: ‘Aumentar la explotación de biomasa forestal para obtener bioenergía a gran escala es insostenible y no es neutral en cuanto a gases de efecto invernadero’. Los autores señalan que aunque de hecho la Revolución Industrial fue causa de cambio climático, su dependencia del carbón en realidad fue ‘beneficiosa’ para los bosques, porque hizo que nuestros antepasados dejaran de depredarlos en busca de leña. Esto fue uno de los factores principales de la recuperación de los bosques en Europa y Estados Unidos; y lo opuesto explica por qué muchos bosques de los países en vías de desarrollo están en peligro. Al mundo desarrollado tal vez le aguarde un futuro similar si se deja llevar por esta vuelta a la fascinación por la biomasa.

Pero el problema mayor con la producción de biomasa es que los cultivos que desplaza simplemente se trasladan a otra parte, algo de lo que recién ahora se están haciendo estudios de impacto. En Dinamarca, un grupo de investigadores estimó la reducción de emisiones de CO2 que puede esperarse de distintos tipos de cultivos. Por ejemplo, si una hectárea de cebada (el cultivo marginal típico en Dinamarca) se reemplaza con una plantación de sauce de la misma superficie y la leña obtenida se usa como sustituto del carbón, se evitará la emisión de 30 toneladas de CO2 al año. Esta es la cifra que exhiben con orgullo los productores de energía verde que se pasan al cultivo de biomasa.

Pero la combustión de la madera de los sauces liberará 22 toneladas de CO2. Es verdad que los sauces absorbieron todo ese CO2 de la atmósfera durante el año anterior; pero si se hubiera dejado el campo de cebada, esta también habría absorbido una cantidad considerable, de modo que la reducción relativa respecto del carbón disminuye a 20 toneladas. Y en una economía de mercado, la plantación de cebada se trasladará casi íntegra a otros campos antes no cultivados. Para hacerle lugar allí, habrá que desmontar la biomasa presente, con lo que se emitirán, término medio, otras 16 toneladas de CO2 (y es probable que este cálculo se quede corto).

Así que en vez de ahorrarnos 30 toneladas de emisiones, como mucho ahorramos cuatro. Y esto, en el mejor de los casos. Los investigadores citados analizaron doce modos de producción; con dos de ellos solamente se reducen dos toneladas de emisiones anuales de CO2, mientras que con los otros diez el total de emisiones ‘aumenta’, llegando incluso a un excedente de 14 toneladas anuales.

Mientras tanto, la biomasa nos está costando un ojo de la cara. Solo en Alemania se gastan más de tres mil millones de dólares al año (167 dólares por cada tonelada de CO2 que se ahorra), es decir, más de 37 veces el costo que supone la reducción de emisiones dentro del Sistema de Intercambio de Emisiones de la Unión Europea. Y el cálculo no tiene en cuenta los cambios indirectos en el uso de la tierra, de modo que es probable que el costo real sea al menos ocho veces mayor.

Hace diez años, la Unión Europea y Estados Unidos adoptaron los biocombustibles como un modo de combatir el calentamiento global. Hoy, el 40 por ciento de la producción de maíz de Estados Unidos se convierte en bioetanol para los autos. Esto ha provocado un alza de los precios de los alimentos y hambre para decenas de millones de personas, además de costar más de 17.000 millones de dólares al año en subsidios y provocar deforestación agrícola en otras partes del mundo, con lo que en total se terminan produciendo más emisiones de CO2 que las que se ahorran con el bioetanol. Los biocombustibles ya son un desastre absoluto y aparentemente imparable.

Con lo de la biomasa se está por cometer un despilfarro que puede ser mucho peor, y hay que oponerse. Sí, los residuos se tendrían que convertir en energía y los remanentes agrícolas se deberían usar mejor. Pero lo que estamos a punto de hacer es reducir la biodiversidad, sobreexplotar el agua, encarecer todavía más los alimentos y desperdiciar cifras de dinero astronómicas, todo mientras talamos árboles para quemar la leña, con el consiguiente posible aumento de las emisiones de CO2. ¿No nos enseñaron que hay que pensar y hacer mejor las cosas?

Traducción: Esteban Flamini

Bjørn Lomborg es profesor adjunto de la Escuela de Administración de Empresas de Copenhague, fundador y director del Centro de Consenso de Copenhague y autor de los libros El ecologista escéptico y En frío: la guía del ecologista escéptico para el cambio climático.

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