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Rifles en la mira

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16 de mayo 2013 , 05:00 p.m.

De poco o de nada han valido la indignación y el espanto provocados en los Estados Unidos por los cada vez más frecuentes episodios de tiroteos que loquitos armados con armas de fuego ultramodernas efectúan contra personas inermes (niños, mujeres, ancianos) bien sea en los campus universitarios, en los salones de los colegios o en las Avenidas, con saldos impresionantes de muertos y heridos.

El último de esos abaleos ocurrió el domingo pasado en Nueva Orleans durante un desfile con ocasión del Día de la Madre. Dos o más sujetos, hasta hoy no identificados, dispararon contra un grupo de cerca de 400 personas. Diecinueve resultaron heridas, entre ellas una niña de 10 años. Anteriormente, el 24 de abril, cinco personas fueron asesinadas en una balacera contra un edificio de apartamentos en Seattle.

En el curso de este año han ocurrido cerca de siete atentados del mismo tenor. Ninguno ha sido considerado por las autoridades como acto terrorista. Sí se calificó de tal, en cambio, el atentado con bombas caseras perpetrado en Boston el 15 de abril, por dos hermanos chechenos, que mató a tres personas y causó heridas a otras 282.

En lógica estricta, un acto que ocasione terror, no importa con qué medios, es un acto terrorista. Y un individuo que ejecute un acto que produce terror es un terrorista. ¿Por qué en Estados Unidos los hechos sangrientos efectuados con rifle no se consideran ‘terroristas’ y los realizados con bomba, sí? ¿Acaso una matanza con rifles genera menos terror y pánico que una masacre con bombas?

El problema consiste en que si en Estados Unidos de Norte América se expidiera una ley que defina como terrorista cualquier acto que genere terror en el público, ya sea ocasionado por armas de fuego o por bombas, el gobierno tendría facultades para restringir, y aun prohibir, la libre venta y el porte de armas. Lo cual provocaría la cólera temible de la cuasi todopoderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA), una de cuyas figuras emblemáticas es la bella y experta tiradora y excandidata vicepresidencial republicana Sara Palin.

De hecho, los intentos del presidente Barack Obama para meter en cintura el tráfico libre de armas se han frustrado una y otra vez gracias al poderoso ‘lobby’ de la NRA en el Congreso, donde la bancada republicana, y unos cuantos demócratas, que necesitan el jugoso apoyo financiero de los rifleros, anulan cualquier iniciativa que ponga en peligro la libertad de comprar, vender o portar armas de fuego. Sí, señores, Estados Unidos es un país de libertades.

La NRA, que tiene más de cinco millones de asociados, ha sugerido varias soluciones muy interesantes para proteger la vida de los ciudadanos amenazados por tiradores que hacen sus prácticas en los colegios o en las universidades. En una se recomienda que los niños vayan a clase vestidos con cómodos chalecos antibalas, especialmente fabricados para ellos. Detrás de esa idea brillante debe de estar alguna compañía que elabora dichos chalecos. En otra se sugiere contratar para la seguridad de los estudiantes en los colegios a hombres fuertemente armados y entrenados que puedan reaccionar con rapidez a la acción de los tiradores.

Nos ha horrorizado a todos el reciente caso del hombre que mantuvo secuestradas durante diez años a tres mujeres en una casa (“la casa del horror”), y que las sometió a infinidad de vejámenes e infamias, que la prensa ha descrito en detalle. ¿Por qué no nos horroriza también el hecho, todavía más horrible, de que exista una sociedad que permite el tráfico libre de armas de fuego, y en la que a los niños, desde temprana edad, se les enseña a utilizar, e incluso a amar, esos instrumentos de muerte y desdicha? En el primer caso se trata de un hombre mentalmente enfermo. En el segundo, de una sociedad espiritualmente enferma.