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Editorial: La barbarie en Siria

15 de mayo 2013 , 07:54 p.m.

Según cuentas extraoficiales, el número de muertos en la guerra civil siria llegó ya a 94.000. Esta, empero, no es la peor noticia de la semana en lo que se refiere al enfrentamiento entre el gobierno de Bashar al Asad y sus opositores. Si bien la cantidad de víctimas va en escandaloso aumento, lo aterrador es la degradación que ensucia la guerra. Más elocuente que las cifras, el reciente video de un jefe rebelde en actitud de morder el hígado de un soldado al que acaba de matar y destripar revela los niveles de barbarie que caracterizan lo que en enero del 2011 quiso ser una reproducción de la primavera árabe y se convirtió en un campeonato de atrocidades.

Porque si el jefe miliciano Abu Sakar hace gala de un odio canibalesco, las tropas del dictador alawita sirio dejan una estela diaria de sangre y pólvora. Su entrada a pueblos de mayoría religiosa suní es preámbulo de carnicerías en las que los soldados pasan por las armas a familias enteras y queman luego sus casas. Un canal de televisión partidario del Gobierno mostró hace pocos días el ataque a la pequeña villa de Bayda, donde el Ejército perpetró una nueva masacre. Antes de que esta empezara, un oficial declaró a las cámaras: “Dios mediante, hoy mismo liquidaremos Bayda”.

Si agregamos a todo lo anterior el posible empleo de armas químicas por ambos bandos, se ensombrece aún más el panorama. Ante el escalamiento de las barbaridades, la ONU pidió la semana pasada una reunión urgente “para detener el baño de sangre”, pero no encontró mayor acogida.

Hablar de posibilidades de paz en un escenario tan violento parece en realidad una utopía, entre otras razones porque la rivalidad entre Rusia y China, por un lado, y Estados Unidos y sus aliados, por otro, alimenta el enfrentamiento interno. Rusia sigue vendiendo armas a su cliente Al Asad, y cuenta con el apoyo chino para vetar cualquier resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que castigue al dictador. Mientras tanto, Estados Unidos estudia la posibilidad de rearmar directamente a los rebeldes, que ya recibieron elementos de defensa provistos por el Pentágono.

Una de las pocas noticias consoladoras sobre este tema fue el diálogo entre el presidente ruso, Vladimir Putin, y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que se reunieron el martes en Moscú y acordaron que Rusia no venderá a Damasco proyectiles S-300, cuya capacidad de atacar blancos distantes podría extender internacionalmente el conflicto. De todos modos, ya Israel bombardeó y destruyó el 5 de mayo arsenales sirios que contenían misiles iraníes de mediano rango. El diálogo con Putin incluyó la advertencia de que Netanyahu estaría dispuesto a obrar de idéntico modo con los S-300.

Washington, por su parte, puso en marcha al secretario de Estado, John Kerry, quien visitó Moscú, Roma y Suecia para promover un diálogo múltiple, al que asistirán, aparte de algunos mediadores internacionales, el gobierno sirio y los rebeldes. Aún no se ha confirmado si podría llevarse a buen término la iniciativa, programada en principio para junio, que enfrentó un inesperado y reciente tropiezo con la aparición de un estrafalario espía de la CIA en Moscú. Lo cierto es que escenas de espanto como las que se han visto en la televisión esta semana conspiran contra una transición pacífica de la dictadura a la democracia. Entre tanto, el reloj sigue corriendo y se multiplican las víctimas, miles de ellas niños y mujeres. Ante esta realidad, toda demora es una crueldad más.